Al otro lado del Nilo 5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE #6
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5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE #6

—Volviendo a la escena del banquete, otras dos hermanas de Hery fueron también extraídas de la pared de mala manera y después vendidas.

Por suerte, hemos localizado a una de ellas, llamada Mesu, que significa «la que ha nacido», variante femenina del nombre Mose o Moisés, «el que ha nacido» —de ahí viene el nombre de Ramose o Ramsés, que significa «el nacido de Ra»—.

El fragmento con la cara de Mesu estaba colgado en la pared de una vitrina de una de las salas secundarias del Museo Metropolitano de Nueva York.

Cuando me crucé con él por casualidad, me dio un vuelco el corazón, no podía creerlo, pero estaba seguro: tenía que ser de la tumba de Hery.

Si no llega a ser por los dibujos que habíamos hecho a partir de los calcos de Spiegelberg, me habría costado convencer a los conservadores del museo, pero la prueba era irrefutable.

La chica tallada en el pequeño fragmento de caliza, grisáceo por delante y rosáceo por detrás, era, sin duda, una hermana de Hery.

La ficha del museo tan solo sugería que el fragmento podría proceder de Tebas, con interrogación.

»La jefa del departamento de arte egipcio me pasó otro documento que informaba de que había sido donado al museo en 1950 por Allene Hostetter, quien residía entonces en Greenwich, Connecticut, una zona de gente acaudalada al norte de Manhattan.

Hago una pausa, doy un trago a mi botella de agua y recorro con la mirada al grupo de lado a lado, para generar más interés en la historia que me dispongo a relatar.

—¿Qué os parece si hacemos un paréntesis, nos salimos del camino y os cuento una historieta contemporánea?

En realidad, tiene que ver con mujeres, con mujeres especiales, de carácter, pero de nuestro tiempo.

No os creáis que solo había historias interesantes y culebrones en el Egipto antiguo, también las hay en nuestra época, por si no os habíais dado cuenta.

—Sonrío, le doy un par de vueltas a las mangas de la camisa y, sin esperar a que me respondan, adopto el tono de contador de cuentos—.

Su nombre no me era familiar en absoluto, pero, al buscarlo en Google, me di de bruces con una trama de película.

Allene Tew Hostetter es considerada una auténtica American princess , a pesar de haber nacido en un pueblo de Wisconsin y de haberse quedado embarazada antes de casarse, a los dieciocho años.

Su primer marido fue Theodore Rickey Hostetter, uno de los hombres más ricos de Pittsburgh en aquel entonces, de quien adoptó su primer apellido.

Dos años después de que él muriera, contrajo de nuevo matrimonio, a los treinta y dos, con el banquero Morton Colton Nichols, en la iglesia de Saint Thomas, una de las más bonitas y emblemáticas de Manhattan.

La noticia salió publicada al día siguiente, el 28 de diciembre, en The New York Times .

Su nuevo y flamante marido había sido compañero de clase en la Universidad de Harvard del egiptólogo Albert Lythgoe, quien, a partir de 1906, fue conservador del Museo Metropolitano de Nueva York y dirigió desde entonces excavaciones en Luxor para el museo. ¿Me seguís?

Asienten y noto cómo la historia les va intrigando. La expresión de sus rostros me anima a reanudar mi relato:

—De ahí pudo venirle a la pareja su afición por Egipto y su estrecha relación con el museo.

Aunque la cosa no duró mucho, pues se divorciaron al año siguiente de casarse.

Morton Colton Nichols acabó teniendo un final trágico, pues a los sesenta y dos años se ahorcó en el cuarto de baño de una suite del Hotel Pierre.

Por lo visto, llevaba dos años sufriendo dolores intensos en las sienes.

Allene, por su parte, se casó por tercera vez a los cuarenta años, en Londres, con quien llegaría a ser vicepresidente de la multinacional General Electric.

A los cincuenta y seis contrajo de nuevo matrimonio en París con el príncipe Heinrich, perteneciente a una de las familias de más alcurnia de Alemania; y a los sesenta y tres años se casó por quinta vez, en Suiza, con un miembro de la nobleza rusa.

¡No está mal! Falleció a los ochenta y dos años, en su casa de la Riviera francesa, dejando una inmensa fortuna.

Los tres hijos que tuvo de su primer matrimonio no pudieron disfrutarla, pues habían fallecido antes que ella.

Tuvo que ser una mujer muy especial, de mucho empuje y de mucho encanto, además de muy guapa.

Desde luego tenía el poder de encandilar a los hombres, a los más ricos e influyentes, tanto de joven como de mayor.

Debió de ser una auténtica Cleopatra del siglo XX .

»Cinco años antes de morir, Allene Tew Hostetter había donado veinte piezas egipcias al Museo Metropolitano de Nueva York, entre ellas nuestra querida Mesu.

Se sabe que ella se había embarcado en un crucero por el Nilo, río arriba, de hiperlujo, por supuesto, en enero de 1929, pero no se tiene la certeza de que fuera entonces cuando compró el relieve de la tumba de Hery; pudo haberlo hecho antes.

La pieza que veis ahora pegada en la pared, por desgracia, no es la original, sino una réplica en escayola del fragmento que sigue en Nueva York. Pero algo es algo.

—¿Qué? ¿Entonces no quisieron devolver la pieza? —intervino casi ofendida la admiradora de las mujeres presentes en la tumba de Hery.

—No. Es una pena, pero el tema es más complicado de lo que puede parecer.

Hay que ponerse del lado del museo. Creas un precedente.

¿Y luego qué? ¿Y luego cuál? Y hay que tener en cuenta que la pieza había llegado al museo de forma legal.

Todo lo que salió del país antes de la Convención de la UNESCO de 1970 se considera lícito; es decir, no hay razón legal para devolverlo al país de origen.

Otra cosa es la cuestión moral o, si me apuras, la mera lógica.

Pero luego está el cómo devolverlo, cómo hacerlo llegar a Luxor…

Eso ya es más bien un asunto diplomático; es decir, un lío con pocas probabilidades de éxito.

Yo, personalmente, estoy encantado con la réplica, que convierte los robos y el tráfico de antigüedades en parte de la historia de la tumba.

—¿Y habéis encontrado alguna pieza más de los trozos arrancados? ¿Los habéis buscado? —pregunta un hombre, atraído por el aspecto detectivesco de la investigación.

—Sí, tenemos más trozos de pared identificados y recuperados.

Mira este de aquí: el torso de este hombrecillo, que forma parte del cortejo fúnebre, va caminando hacia la tumba y arrastra un trineo con un cofre encima, probablemente la caja que guarda los vasos canopos.

Es una réplica. El original se encuentra en la colección que reunió para sí el pionero de la arqueología, el famoso Flinders Petrie, la cual pertenece al University College de Londres.

Petrie excavó en Luxor en los primeros años del siglo XX y debió de comprar el fragmento a algún vendedor de antigüedades, sin poder averiguar de dónde provenía.

En el pequeño museo se exhibía en una vitrina, entre piezas del Reino Antiguo, y la cartela que lo acompañaba lo fechaba como « Old/Middle Kingdom ».

De nuevo, gracias a los calcos de Spiegelberg pude convencer al egiptólogo y conservador de que el relieve formaba parte de la pared izquierda del pasillo de la tumba de Hery.

Yo había ido a Londres para asistir a un congreso sobre el Libro de los muertos en el Museo Británico, y me acerqué al Museo Petrie para saludar a Stephen.

¿Quién me iba a decir que iba a salir de allí con un fragmento de la tumba de Hery localizado?

Busco la mirada cómplice de Campbell; el levanta las cejas y no puede ocultar una leve sonrisa.

—Este año, hace tan solo unos días, el restaurador Miguel Ángel ha colocado un tercer fragmento, esta vez en la pared derecha.

Se trata, ni más ni menos, del único retrato de Hery que se conserva en su tumba, muy parecido al de la escena de banquete de la pared opuesta que se estaba robando en 1896 cuando Spiegelberg hizo los calcos.

Como este no documentó la pared derecha, resultaba más difícil demostrar su procedencia.

Estamos seguros de que es de aquí; vosotros mismos podéis apreciar lo bien que encaja en la escena, no solo por su semejanza con el del calco, sino también porque al fragmento le falta un trocito de la peluca rizada que se conserva todavía en el muro.

Y la mancha rojiza que aún se aprecia en el fragmento corresponde al trazo de tinta roja del último signo del grafiti demótico que se escribió en esta parte de la pared.

El original lo descubrió Andrés, que fue epigrafista del proyecto durante las once primeras campañas, al consultar en internet la base de datos del museo de Glasgow, donde ni siquiera lo tenían expuesto.

Devolver el rostro a Hery en su tumba, aunque sea una réplica, ha sido el mejor regalo que se le podía hacer al proyecto en su veinticinco aniversario.

Hay que decir aquí que el profesor Campbell fue crucial en las gestiones y le estamos muy agradecidos.

Nos ayudó mucho a conseguir que el museo de Glasgow hiciera una fotogrametría de la pieza y nos enviara el archivo digital para imprimirlo en 3D y poder hacer luego la réplica en escayola.

Todos se vuelven hacia Campbell y le dedican un caluroso aplauso, lo que provoca su sonrojo y una tímida sonrisa, acompañada por gestos que pretenden minimizar su papel.