5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE #5
»La tarea le ocupó al menos una mañana y entrañó cierto riesgo, pues los ladrones que se estaban llevando la tumba a cachos debían de vivir por ahí cerca y seguro que tenían controlados los movimientos del joven alemán.
Casi seguro que, por esta razón, Spiegelberg sabía que no estaba en condiciones de detener a los ladrones ni de truncar sus planes.
Solo estaba en sus manos documentar con rapidez y de la mejor manera posible lo que aún quedaba en la pared y que pronto desaparecería.
Uno de los papeles muestra cómo los ladrones ya habían comenzado a picar la piedra alrededor de uno de los retratos del propio Hery para arrancarlo, y habían dejado la tarea sin acabar, planeando volver en otro momento. Y volvieron.
»Los ladrones se llevaron no solo la cabeza de Hery, con su peluca rizada, nariz algo rechoncha y labios carnosos bien perfilados, sino también la de su madre, «la señora de la casa, Ahmose», que estaba sentada junto a él, presidiendo el banquete familiar.
Al extraer de la pared la pareja formada por dos de sus hijas, Baketamón y Nesnebu, representadas a menor escala que el resto de las figuras, de pie, sosteniendo una flor de loto cerrada y una bolsita de tela, probablemente con natrón, los ladrones dañaron el retrato y el nombre de su esposa, que en la composición fue ubicada junto al resto de los comensales, sentada en una banqueta frente a Hery y su madre, sosteniendo una flor de loto bien abierta que da a oler a su esposo.
—Lo del loto, ¿por qué es? ¿Por qué aparece tantas veces representada la gente oliendo una flor de loto?
—me pregunta una señora con tono dulce, aprovechando una pausa en mi descripción.
Tiene un gorrito de flores que no llega a tapar sus grandes ojos azules, y sus mejillas sonrosadas acogen con gracia pequeñas perlitas de sudor.
Me viene a la mente, sin querer, que deberíamos hacer abanicos con el logo del proyecto y repartirlos a las visitas.
—Porque el loto es una flor que, al anochecer, se cierra —le aclaro, tratando de adoptar mi tono más cariñoso—, como si muriera, y a la mañana siguiente, con los primeros rayos de luz, se vuelve a abrir, como si renaciera.
Y eso era justo lo que los egipcios deseaban: no vivir eternamente, sino renacer después de la muerte.
Ellos esperaban que, al olerla, adquirirían esa cualidad.
Y los artistas, en las escenas de banquete o en otras, como la caza y pesca en los pantanos, incluyen flores abiertas y cerradas como una forma de aludir sutilmente al ciclo de vida, muerte y vuelta a la vida.
»Otro detalle curioso e interesante es que los egipcios sabían que la vida entra por la nariz, al inhalar el aire.
Por eso, ellos se besaban como los esquimales, juntando la nariz, para compartir e intercambiar el aire y, de este modo, la esencia de cada uno.
Y si una divinidad se acercaba al monarca, lo abrazaba y lo besaba, como aparece en algunos relieves de los templos, la composición trataba de mostrar que el rey había adquirido así la esencia divina de ese dios o diosa.
Otras veces, para representar esto mismo, una divinidad le acercaba el signo de la vida, ankh , a la nariz del faraón.
—Qué bonito es lo del beso con la nariz, ¿verdad? Y su simbolismo me encanta, me parece de lo más romántico —apunta la señora del gorrito, visiblemente conmovida.
—Lo del beso con la nariz es muy elocuente, sí; ¿no os parece?
Aunque a lo mejor luego se besaban con los labios y esto era más bien un recurso artístico, parte del lenguaje de las imágenes.
Pero volvamos a la escena de la pared; en una posición privilegiada y sentada en sillas altas, se representó a otra pareja, esta vez «su hermana Senet-nefer», cuyo nombre significa «la hermana guapa o buena», junto a «su madre, la señora de la casa, Sheri».
Llama la atención que, siendo «su hermana», tuviera una madre distinta a Hery, y es que en el antiguo Egipto el término «hermano» o «hermana», casi como hoy en día, no significaba necesariamente que tuvieran entre sí una relación sanguínea.
A las amigas y a las amantes se les llamaba «hermana» y a los amigos del alma, «hermano».
Así, Senet-nefer debía de ser la favorita de Hery, y cada quien que lo entienda como quiera.
»Lo que a mí me parece relevante es percatarse de cómo el artista, siguiendo de cerca las directrices de Hery, compuso la escena con sumo cuidado, atendiendo a los detalles pequeños, como las bolsitas de natrón que evocan la momificación y, por tanto, la resurrección después de la muerte, pero también pensando bien la colocación de cada personaje en el banquete.
Nada es arbitrario o meramente estético, nada se deja al azar, todo tiene significado y está muy meditado y calculado.
Eso es lo atractivo del arte egipcio, que constituye un lenguaje, con su morfología —cada figura con su atrezo y complementos— y su sintaxis —la composición de las figuras en un espacio y un momento bien definidos.
»La tumba de Hery es la tumba de las mujeres y, más concretamente, de las madres.
Hery lo organiza todo a conciencia y a su gusto.
Primero coloca a su madre a su lado, no a su esposa, como era lo común en las escenas de banquete; no, él quiso darle a su madre el papel de actriz principal.
Curiosamente, al padre no se le representa, ni en el banquete ni en ninguna otra escena en la tumba, ni siquiera se le menciona una sola vez.
Se le ignora. Hery es «hijo de la señora de la casa Ahmose», y ya.
—¡Bien hecho! Esta tumba me gusta. Hery me cae bien —dice otra de las mujeres, sin poder reprimirse, y provoca una risotada entre el grupo.
—Ya os dije que esta era la tumba de las madres.
Este detalle concuerda muy bien con el hecho de que Hery inscribió en las paredes de su tumba, al menos en tres ocasiones, que él fue «el supervisor del doble granero de la madre del rey y esposa real, Ahhotep».
Al rey del momento ni se le menciona, solo a su madre.
Y eso que el rey Ahmose desempeñó un papel político crucial, pues fue quien expulsó a los reyes hicsos de su capital, Avaris, en el delta oriental, y los persiguió hasta el norte de la península del Sinaí.
Ahmose fue quien, por segunda vez, convirtió a Tebas en capital del Alto y Bajo Egipto unificados bajo un solo monarca.
Ni por esas: el rey es eclipsado por su madre.
Incluso podemos deducir que uno de los hermanos de Hery representados en el banquete, este de aquí —señalo—, luchó al lado del rey contra los hicsos y, de ahí adquirió el seudónimo de Aamu , que aparece escrito aquí —muestro con el dedo la pequeña inscripción junto a la figura sedente del hermano—, que es la palabra con la que los egipcios denominaban a los hicsos y a las gentes de Palestina y Siria.
Aun así, la reina madre, Ahhotep, es la única recordada e inmortalizada en la tumba de Hery. Peculiar, ¿no?
—¡Bravo! Esto es todavía mejor. ¡Una tumba feminista! —De nuevo, la mujer provoca la carcajada general y hasta Campbell se troncha de risa y comenta con los de al lado.
—Tienes toda la razón. En esta época, la reina madre era, a decir verdad, quien llevaba las riendas del país, mientras su hijo guerreaba en el norte y después en el sur.
Ahhotep es el precedente más próximo a la reina Hatshepsut.
Esa es una de las cosas más interesantes de nuestro proyecto: contamos con las tumbas de dos altos dignatarios de la antigua Tebas, en torno al año 1500 a.
C., que sirvieron bajo el gobierno de dos mujeres, y ambos estaban orgullosos de ello.
No solo no lo ocultaron ni lo camuflaron, ni lo minimizaron, sino que lo convirtieron en titulares de sus respectivos monumentos para la eternidad.
—Sí, José, ¡es fantástico! —exclama Campbell—.
La tumba de Djehuty es sensacional, pero la de Hery ya muestra el camino hacia donde avanzaba la élite y la política egipcia.
La combinación de las dos tumbas, estando tan juntas una de la otra, es sencillamente extraordinaria.
Las mujeres siempre habían tenido el resorte del poder dentro de la unidad familiar, ya fuera la familia real, la familia de un terrateniente o la de un panadero, pues la línea materna marcaba los derechos sobre la herencia.
Pero ahora, lo que antes estaba implícito en la práctica, se hace explícito, bien patente y sin disimulos.
Las madres avanzan al primer plano de la escena y ejercen el poder de forma ostensible.
Mujeres protagonistas
Campbell aprovecha para hablar al grupo del papel relevante que desempeñaron las mujeres en la sociedad y en la política de Egipto, a través de su vínculo con los templos, ejerciendo cargos sacerdotales que implicaban el control de ciertos recursos económicos.
Primero fueron las cantantes y las bailarinas de la diosa Hathor, luego las cantantes de Amón, las divinas adoratrices, etc.
Aunque tampoco hay que pasar por alto que la sociedad egipcia era esencialmente machista.