5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE #4
—Las hemos encontrado en varios sitios, pero donde más hemos hallado, con diferencia, ha sido al fondo del pozo funerario de Hery, el que está iluminado en esa esquina del fondo.
Mide siete metros de profundidad y tiene dos cámaras, una en cada extremo.
El suelo de la que se abre hacia el este estaba enteramente cubierto de miles y miles de huesecillos quemados.
La cámara oeste, sin embargo, estaba llena casi hasta el techo de paquetes amontonados.
Estaban hechos con vendas de lino, ahora amarillentas o de color marrón claro, y miden unos cuarenta o cincuenta centímetros por unos treinta de ancho y veinte de grosor.
Las vendas envolvían huesos, la mayoría quemados, de varias aves juntas y revueltas.
Salvo excepciones, en las que la radiografía mostraba el cuerpo de un solo animal más o menos en posición anatómica, cada paquete contenía un amasijo de huesos diversos sin relación alguna.
»La interpretación de Salima y Cisco —quienes se encargan de la excavación y del estudio de las galerías y del culto animal en época ptolemaica— es que las momias debieron haber sido depositadas como ofrenda en algún santuario cercano.
Allí debió de haber un gran incendio, tras el cual los sacerdotes recogieron los huesos quemados, los envolvieron en hatillos de vendas de lino y los trajeron hasta aquí para guardarlos en un lugar seguro y sagrado.
Es decir, que esta es su segunda ubicación, y por eso los paquetes son tan heterogéneos, están amontonados de cualquier forma y los huesos están calcinados.
De todas formas, lo increíble es la cantidad de animales que se momificaron.
Calculamos que en el pozo de Hery debía haber decenas de miles de aves.
—Lo de las momias de animales debía tener detrás un montaje bastante sofisticado, ¿no? Tuvo que ser un gran negocio, y todo lo gestionaban los sacerdotes —observa un señor mayor del grupo con expresión pensativa y, a la vez, sarcástica.
—Bien visto. Pues todo parece apuntar a que sí, a que debió ser un negocio lucrativo.
Quizá existía algún tipo de granja donde se criarían estas aves, que luego se sacrificarían, se momificarían y se venderían a los peregrinos para que las ofrecieran a la divinidad.
Las cantidades son tan grandes que cuesta imaginárselo.
Cuando hicieron la estimación, extrapolando la cantidad de huesos contabilizados en un metro cúbico, le dije a Salima que ese número no lo podíamos decir, aunque fuera cierto, pues nadie nos creería, nos tomarían por exagerados, por locos.
—La fe puede llegar a ser un gran negocio, efectivamente, antes igual que ahora —interrumpe Campbell, tratando de provocar entre el grupo una breve reflexión sobre nuestras propias creencias y comportamientos.
—La organización de viajes o peregrinaciones a lugares santos, la venta de souvenirs religiosos, ¿no es eso un negocio?
—trato de apoyar la intervención del profesor escocés, consciente de que el comentario puede herir sensibilidades, y hago una pausa para retomar el tema—.
Otra de las incógnitas es el porqué, en el siglo II a.
C., se elige esta zona de Dra Abu el-Naga para ubicar la catacumba.
¿Por estar enfrente del templo de Karnak?
¿Por encontrarse al comienzo de la vía procesional en la orilla oeste?
¿Por ser un área asociada a enterramientos de los primeros monarcas tebanos?
También podría ser que esta zona no fuera tan especial y que hubiera catacumbas en otras partes de la necrópolis que aún no se han descubierto, con momias de otras especies.
Por ejemplo, un poco más al norte, la excavación que lleva un equipo egipcio ha sacado a la luz recientemente numerosas momias de gato.
Junto al Valle de los Reyes, en el siglo XIX , se hallaron tantas momias de monos que acabaron nombrando el valle por ellos.
Nosotros, dicho sea de paso, también hemos hallado tres monos momificados.
Y en esta última campaña, Ana, la más joven del equipo, excavando en una de las habitaciones de la tumba ramésida donde se representan telares, descubrió una mandíbula de hipopótamo y dos cabezas de cocodrilo, las cuales tenían restos de lino y dos amuletos, lo que parece indicar que fueron momificados y depositados como ofrenda.
Esto sí que es un hallazgo excepcional en la necrópolis tebana; pero, de nuevo, difícil de interpretar.
Todavía nos faltan muchos datos para elaborar una argumentación sólida sobre el culto animal en la necrópolis de la antigua Tebas.
»Bueno, me he enrollado con lo de las momias de animales, la catacumba, Champollion y Rosellini, y todavía no hemos hablado casi nada de Hery. ¿Queréis que hagamos un descanso antes de seguir?
Ladrones de tumbas
El grupo asiente, pero Campbell no parece dispuesto a darles un respiro.
Los egiptólogos vivimos todo esto con mucha intensidad, tal vez demasiada, y pensamos que los demás también están igual de obsesionados.
Creemos que todos quieren más y más, que descansar es perder el tiempo y que hay que aprovechar cada segundo de cada día en Egipto.
—Todo lo que has contado es muy interesante —apunta Campbell, atrapando la atención de su grupo—.
No se ve en otras tumbas. Es fascinante caer en la cuenta de que tumba tiene más «vidas» que la de su primer propietario, que es un espacio vivo, que permanecía abierto, que la gente entraba y salía, se hacían ofrendas o se pronunciaban oraciones en voz alta; un tiempo después se podía abrir una nueva habitación u otro pozo para alojar a otro difunto, quizás de la misma familia; pero también podría ocurrir cientos de años más tarde, sin que el nuevo difunto tuviera ninguna relación de parentesco con el primer propietario.
Las tumbas se podían reutilizar, además, con otros propósitos: para depositar momias de animales, o incluso como vivienda, como ocurrió frecuentemente en época bizantina.
»En cuanto a lo que has relatado de Champollion y Rosellini, me interesa que os deis cuenta de que el trabajo del arqueólogo no es solo excavar.
La excavación debe ir acompañada de un proceso de documentación y de investigación en museos, bibliotecas y archivos.
Para datar y entender bien el hallazgo de un objeto o el descubrimiento de una estructura, de una tumba, es fundamental buscar paralelos, construcciones o escenas similares, e indagar en la documentación de quienes han pasado por allí antes: qué vieron, qué hicieron.
En los archivos podemos localizar fotografías antiguas o dibujos que nos ayuden a entender el estado en el que nosotros encontramos las cosas.
El paso del tiempo puede haber deteriorado una inscripción o una escena y, acudiendo a la documentación antigua, podemos, en muchos casos, reconstruir las partes que faltan o que se han erosionado.
La tumba de Hery es un caso paradigmático del valor de los archivos en la investigación arqueológica, ¿verdad?
—Sí, tenemos mucha suerte de poder completar la investigación arqueológica con la documentación en archivos —asiento—.
Para este proyecto, y en concreto para la tumba de Hery, la información que hemos recabado en los archivos ha resultado fundamental para entender lo que nos encontramos.
Aparte de los cuadernos de Champollion y Rosellini, se han conservado los cuadernos de Wilhelm Spiegelberg y de Percy Newberry, quienes excavaron tres meses en esta zona, en el invierno de 1899.
Y a esto se añade que en el archivo del Griffith Institute de la Universidad de Oxford se conservan los calcos que Spiegelberg hizo unos años antes, en 1896, precisamente de esta pared que tenemos ahora delante.
Todos miran fijamente a la pared y hago una pausa. A pesar de todos los que estamos en el estrecho pasillo, el silencio se impone. Nadie se mueve de su sitio, atentos a cómo seguirá la historia.
—Spiegelberg tenía entonces unos veinticinco años —prosigo—.
Estaba excavando al otro lado de la carretera, en lo que podría haber sido el templo funerario del rey Amenhotep I y la reina Ahmes Nefertari.
La tumba de Hery debía de seguir siendo accesible por el mismo sitio por el que entraron Champollion y Rosellini, casi sesenta años antes.
Algo debió llamar la atención a Spiegelberg; se coló dentro a inspeccionar y se percató de que estaban robando fragmentos de las paredes —las caras o las figuras pequeñas talladas en relieve, que se podían vender bien a los turistas occidentales que pasaban parte del invierno en Luxor—.
Así que volvió con un montón de papeles gruesos y porosos, de los que se usan para pintar con acuarela, entró en la tumba y se dispuso a hacer un calco de la pared izquierda, la que mejor se conservaba y que ya había comenzado a ser expoliada.
De uno en uno, fue colocando los lienzos de papel sobre la pared de tal forma que luego se solaparan ligeramente unos con otros, para cubrir así toda la superficie, que mide unos siete metros de largo.
El método era el siguiente: apoyaba un papel en el muro, lo humedecía con una esponja para reblandecerlo y luego lo presionaba ligeramente para que quedara marcado el relieve en el papel.
Una vez conseguida la impronta, retiraba el papel y, al dejarlo secar, recobraba su firmeza, ahora con el relieve grabado en él.