5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE #2
El restaurador egipcio que trabajaba con nosotros en esa campaña asentía con la cabeza y con un monosílabo a todas y cada una de las frases del capataz, pero, inesperadamente, la joven inspectora de Antigüedades, Hekmat, se pronunció en contra con serenidad, pero con contundencia.
Argumentó que así no se podía seguir, que las cosas no iban en buena dirección y que merecía la pena asumir el riesgo que suponía intentar un cambio que continuar de la misma manera, como si nada, resignados a la pobreza y al olvido. Hubo un silencio tras sus palabras.
Ya antes, Hekmat había mostrado su personalidad valiente e independiente, pues había sido nuestra inspectora el año anterior.
Para bajar los doce metros de profundidad del pozo de Djehuty se compró sus primeros pantalones vaqueros y, a diferencia de otros inspectores hombres que la sucedieron, ella no tuvo nunca ningún reparo en descender a la cámara sepulcral si creía que debía supervisar alguna tarea que se estuviera realizando allí abajo.
La revolución fue yendo a más y los disturbios en El Cairo se convirtieron en una auténtica batalla campal.
Esa misma tarde, se interrumpió la televisión y se cortó la conexión a internet.
Estábamos incomunicados. El puesto de policía del principal cruce de caminos de la zona, a mitad de camino de la carretera que va hacia el Nilo, había sido incendiado y, al parecer, otro más en New Qurna había ardido hasta los cimientos.
A medida que avanzaba la noche, los rumores eran más y más alarmantes.
Se decía que los presos de la cárcel de Kom Ombo habían logrado tomar el control y que todos se habían fugado.
A lo que se añadía que venían marchando hacia el norte, por la orilla oeste, arrasándolo todo, y que pronto llegarían aquí.
El relato sonaba a las inscripciones de época ramésida, cuando relatan las incursiones en el valle de las tribus procedentes del desierto líbico, las cuales llegaron a asediar las murallas del templo de Medinet Habu.
Esa noche fue cuando Natasha me dijo que estábamos en peligro y que escondiera el dinero que tuviera conmigo, que, dicho sea de paso, era bastante, ya que todavía estábamos a mitad de campaña.
Como algunas de nuestras habitaciones en el hotel quedaban un poco alejadas del edificio principal, varios se llevaron los colchones arriba, a la Harwa, y durmieron en el suelo de la sala común para estar juntos, con el grupo.
Al día siguiente, en el yacimiento, recibimos la orden de suspender temporalmente las excavaciones.
Todo era confuso, porque las autoridades egipcias se debatían entre dar prioridad a la seguridad y tratar de aparentar plena normalidad y que todo estaba bajo control.
Pero la verdad era que esa noche hasta hubo disparos en Karnak: habían intentado asaltar el almacén de antigüedades ubicado en un extremo apartado del recinto del templo.
El hermano del rais Alí, Mahmoud, que era el jefe de los guardias, fue uno de los que consiguieron poner en fuga a los ladrones.
Cada vez estaba más claro que la cosa iba en serio y que iba a más.
De hecho, Alí se planteó comprar una escopeta. Por suerte, solo quedó en eso: un plan.
Regresamos al hotel y, en el patio, completamente vacío y tomado por el piar de decenas de gorriones alborotados, comenzamos a deliberar qué hacer, si quedarnos a ver cómo evolucionaba la situación o dar por finalizada la campaña y volvernos a España.
Intercambiamos información, pensamientos y sensaciones con el equipo belga, con quienes compartíamos el hotel desde el principio y nos llevábamos especialmente bien.
La conclusión fue que debíamos primar la seguridad por encima de cualquier otro interés y que no merecía la pena arriesgarnos a sufrir un disgusto.
Claro que el problema ahora era cómo salir de Luxor, pues no teníamos internet para cambiar o comprar billetes de avión y llegaban noticias de que solo podían entrar en el aeropuerto los que mostraran un billete en la mano.
Esa noche, para protegernos de las bandas de saqueadores, uno de los chicos que trabajaba en el hotel se colocó en la puerta de entrada con un hacha en la mano.
El inusual sistema de seguridad nos pareció tan llamativo que, para no ser menos, medio en broma, medio en serio, el restaurador Miguel Ángel y Carlos se hicieron con palos, los tallaron y los prepararon para usarlos como armas de defensa personal.
Y como el humor es lo último que debe perderse, Miguel Ángel se subió a la azotea del hotel para vigilar el cruce que quedaba más cerca y, atisbando a un par de personas de pie, como si estuvieran esperando a alguien, les gritó, agitando un palo en la mano:
—¡Aquí el capitán España! ¿Sois de los buenos o de los malos?
Lo de los billetes de avión fue un lío muy grande, pero poco a poco los fuimos consiguiendo, gracias, sobre todo, a la ayuda que nos prestó la jefa de prensa del CSIC.
Ainhoa me llamó por teléfono asumiendo que la embajada tenía ya todo previsto para la evacuación, pero, al conocer que la realidad era bien distinta, se puso manos a la obra, y no recuerdo bien cómo logró comprarnos y enviarnos varios billetes de avión.
Otros nos los pasó Betsy Bryan, que estaba excavando con un grupo de estudiantes universitarios en la otra orilla, en el templo de la diosa Mut.
Ella recibió la orden desde Estados Unidos de salir del país como fuera, sin perder ni un solo día.
No sé muy bien cómo lo hicieron, pero consiguieron comprar pasajes y creo que se fueron vía Dubái, y nosotros les compramos sus primeros billetes.
Aquí la memoria hace de filtro y me falla.
De una forma o de otra, unos del equipo volvieron vía Estambul, otros vía Roma, y los últimos lo hicimos vía Londres.
De camino al aeropuerto, vimos perplejos cómo la calle principal de Luxor y la corniche , junto al templo de Karnak, estaban tomadas por carros de combate y soldados de camuflaje con la metralleta en ristre.
En Londres, hicimos noche en un Bed & Breakfast llamado The White Swan.
Llegamos cuando la cocina ya estaba cerrada, pero el pakistaní a cargo nos indicó que, si no armábamos mucho jaleo, podíamos usar el grifo de cerveza y sacar la comida que lleváramos.
Así que desenfundamos el chorizo y el salchichón que nos quedaban de la campaña, nos servimos unas pintas y, riéndonos y contándonos anécdotas de los últimos días, brindamos por la gran evasión y la agitada décima campaña del Proyecto Djehuty.
En la cafetería había un chico turco hablando por Skype con su novia, y se vio obligado a levantar y mover el portátil de un lado a otro para enseñarle cómo los españoles superaban sus crisis.
¿Quién lo hubiera dicho hacía tan solo un par de días?
Tras los pasos de Rosellini y Champollion
Sheikh Alí fue nuestro centro de operaciones durante veintidós años, desde el primer día del proyecto.
El último año allí fue el broche de oro, cuando celebramos la apertura al público de las tumbas de Djehuty y Hery y de parte del yacimiento.
Tras la inauguración, organizamos una comida en el patio para unas cien personas, y el segundo día montamos un almuerzo campestre delante del hotel, con dos fuegos para cocinar dos grandes paellas a la vez, además de brasas para las famosas cebollas con aceite y anchoa. Fueron dos días memorables.
La tumba de Djehuty es la más grande y la más espectacular, por la fachada decorada, las estatuas al fondo y la iluminación.
Por eso, es la primera que visitamos en la inauguración y a la que dedicamos más tiempo en las explicaciones.
Sin embargo, la tumba de Hery es para los egiptólogos tan importante como la de Djehuty.
Así lo dije en esa ocasión y así se lo cuento a los que se acercan a verlas.
Hoy viene de visita un grupo guiado por Campbell, el conservador del Museo de Manchester, un buen amigo y colega egiptólogo.
Tutu saluda al pequeño grupo de visitantes, ladrando y moviendo el rabo.
Al acercárseles, desacelera el paso, agacha la cabeza y echa para atrás las orejas, mostrando así su aspecto más cándido, lo que ayuda a que los recién llegados lo reciban sin asustarse.
Ahora se va moviendo con ellos como uno más, pero tiene aprendido que no debe pasar al interior de las tumbas.
El grupo entra de uno en uno y se dispone en fila a lo largo del pasillo central.
La mayoría son mayores y varios se ayudan de bastones telescópicos, de los que se han puesto de moda para andar.
A diferencia de la de Djehuty, la tumba de Hery no necesita iluminación, pues, al no tener una sala transversal, la luz del sol ilumina las paredes del pasillo de principio a fin.
Se apartan todos a la derecha para contemplar la pared izquierda sin sombras.
—Muchas gracias a todos por estar aquí —saludo con mi mejor sonrisa, a la vez que trato de forzar algo de acento británico, sin éxito aparente—.
Es un placer enseñaros la tumba y hablaros un poco de Hery y de su tiempo.
Debéis saber que es un lujo llevar como guía a Campbell, ¿quién mejor que él para mostraros Tebas y sus tumbas?
Campbell corresponde a mis cumplidos, totalmente sinceros, con halagos al proyecto y al esfuerzo de haber acondicionado las tumbas para abrirlas al público. En seguida, me vuelve a ceder la palabra.