Al otro lado del Nilo 5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE
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5. NO DEJES TU MOMIA AQUÍ, SIGUE ADELANTE

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La casa estaba muy bien ubicada en el West Bank, detrás de los colosos de Memnón, en el camino que conducía al ferri y a tan solo ochocientos metros de la entrada al templo de Medinet Habu.

Sin embargo, pronto se comprobó que estaba demasiado cerca de los campos de cultivo, periódicamente inundados y constantemente húmedos, lo que perjudicaba sensiblemente los dibujos epigráficos en papel, así como la documentación fotográfica.

Siete años después, el equipo de Chicago, que iba creciendo en número año tras año, se mudó a la orilla este, a la ciudad de Luxor, a una casa mucho más amplia y debidamente acondicionada para llevar a cabo el ambicioso proyecto de documentación, investigación y conservación que Breasted y Rockefeller concibieron y planearon juntos.

Los Abdel Rassul recuperaron entonces el uso de su hacienda, ampliada y mejorada.

Por aquel entonces, usábamos por las tardes el vestíbulo entre las habitaciones del piso de arriba como lugar de trabajo del equipo.

Juntábamos varias mesas y había sitio para casi todos.

En un principio, mantuvimos el nombre de Harwa, que le había puesto el equipo italiano, pero al final lo rebautizamos como el Chiringuito.

Para ser justos, hay que mencionar que en la sala común teníamos una nevera llena de embutido, queso y chocolate que traíamos de España, y también botellas de cerveza Stella.

En un rincón, una pequeña mesa con licores más fuertes completaba nuestro toque personal al lugar.

Todo habría sido perfecto si el wifi hubiera funcionado algo mejor; con solo un poco, habría bastado.

Pero Natasha murió, de cáncer, y Sheikh Alí se fue transformando poco a poco en el Marsam Hotel.

El jardín sin diseño y despeinado, donde gatos de todos los colores jugaban al escondite, se compartimentó en espacios bien definidos, limpios y ordenados.

Las habitaciones de arriba se convirtieron en suites , y la Harwa, nuestro Chiringuito, desapareció, absorbido por el look ecolodge que había ido adquiriendo el lugar.

Ese fue el momento en el que hubo que tomar la decisión de buscar otro lugar al que llamar «casa», uno imperfecto que pudiéramos adoptar como «nuestro».

Después de veintidós años, hicimos las maletas y nos despedimos, sin más.

Fue duro, sí, pero no traumático. Aprendimos, sin buscarlo, que es mejor no tener excesivo apego a las cosas ni a los lugares, y que, como creo que dice una película, o tal vez una canción, «casa» es cualquier lugar en el que estés con los que quieres estar, con los tuyos, donde te sientes a gusto, donde te sientes tú mismo.

«Casa» no son los ladrillos, sino las personas que habitan un lugar, los que entran y salen, y el espíritu que van esparciendo a su paso y que se respira sin apenas sentirlo.

No recuerdo bien cuándo exactamente murió Natasha.

La última campaña en la que convivimos con ella tenía la cara amarillenta y ojeras muy marcadas; se iba apagando poco a poco y hablaba de que su hija, que vivía en Australia, iba a venir a cuidar de ella.

Debió de ser en 2012, porque el año anterior vivimos juntos la revolución contra el presidente Mubarak, y ella estaba entonces en plenas facultades.

Recuerdo perfectamente la noche en que me llamó a su pequeña oficina y, con tono solemne, me dijo:

—José, ¿tienes dinero cash contigo, en tu habitación? ¿Tienes dónde esconderlo bien? ¿Quieres que te lo guarde yo? Corre peligro. No sé qué puede pasar. Muy probablemente lleguen hasta aquí y entren en el hotel. Hay que estar preparados.

La revolución

Todo comenzó el 28 de enero de 2011. Era viernes, nuestro día libre, y varios del equipo nos fuimos a primera hora de la mañana a visitar el templo de Karnak.

Llegamos hasta allí en barca, le pedí el número de teléfono al capitán por si acaso, y quedamos en que nos viniera a buscar entre las doce y las doce y media.

Hacía una mañana magnífica y nos dimos una buena vuelta.

No importa cuántas veces hayas estado antes en Karnak, nunca decepciona.

Empezamos a andar hacia la salida a la vez que comenzaba la llamada a la oración.

Esta vez, el volumen de los altavoces parecía más alto que de costumbre.

Los sermones de los imanes sonaban excesivamente apasionados, todos ellos, adoptando un tono casi agresivo.

Llamaba la atención, y lo comentábamos entre nosotros, mientras caminábamos hacia la orilla, donde supuestamente tenía que estar esperando nuestro barquero.

No estaba. Le llamé por teléfono. No lo cogía.

Y las voces iban subiendo de tono, hasta convertirse en gritos desaforados.

Dejamos de hacer comentarios y pasamos a mirarnos unos a otros y a hacernos gestos de extrañeza.

Sonó el teléfono, era Hamdaka, uno de los chicos del hotel, pero la voz que habló era de Hourig, la directora del equipo alemán que trabaja en los colosos de Memnón:

—José, ¿dónde estáis? Es mejor que volváis ya, parece que se está organizando un lío. Dicen que en El Cairo hay revueltas. La gente se está empezando a poner nerviosa. Es mejor que regreséis al hotel.

Hourig nunca me había llamado por teléfono antes, a pesar de que llevábamos ya años compartiendo el hotel con su equipo.

Por fin vimos una barca en la lejanía que se aproximaba hacia nosotros.

El capitán se disculpó por el retraso y todos resoplamos con alivio sin protestar lo más mínimo.

Cuando llegamos al hotel, los demás miembros del equipo ya estaban preparando la comida.

Era un día especial, sí, el Proyecto Djehuty cumplía diez años y habíamos organizado una pequeña celebración.

Carlos estaba en plena faena elaborando sus famosas cebollas a la brasa, con un chorrito de aceite de oliva y una anchoa en el cuenquito que se forma al retirar el corazón.

Un verdadero manjar. Teníamos, además, tortilla de patata y salmorejo, y yo me apresuré a preparar sangría.

El rais Alí había venido muy elegante y Hekmat, la inspectora de Antigüedades que teníamos asignada ese año en la excavación, también se había vestido para la ocasión y había traído un pastel de chocolate.

Montamos la mesa a lo largo de la terraza, con vistas a los campos de cultivo, y la sobremesa se alargó hasta el atardecer.

El rais Alí es conocido entre nosotros por hablar por el móvil sin parar.

A veces es capaz de mantener dos conversaciones con dos teléfonos a la vez, uno en cada una oreja.

Pero, a medida que pasaba el tiempo, las llamadas se sucedían casi sin interrupción y su gesto fue mudando de seriedad a preocupación.

Efectivamente, algo estaba sucediendo en El Cairo, y Alí y Hekmat decidieron despedirse antes de que se hiciera de noche.

Las noticias que llegaban eran alarmantes.

Parecía imposible que una revuelta de esta envergadura pudiera estar sucediendo en un país tan militarizado y con presencia policial en cada esquina, donde todo está controlado y reprimido, especialmente cualquier opinión mínimamente divergente.

Pero las escenas que se veían por televisión de la plaza de Tahrir eran inesperadamente violentas, con cargas policiales, chicos enmascarados corriendo de un lado a otro, lanzando piedras y todo tipo de objetos, y prendiendo fuego a todo lo que hubiera en la calle.

Al día siguiente, fuimos al yacimiento a la misma hora que de costumbre.

Los trabajadores formaban corrillos comentando la situación y se respiraba nerviosismo e incluso miedo.

Intentamos hacer que el ambiente fuera lo más normal posible, aferrarnos a la rutina, pero era difícil evadirse de la realidad.

El rais Alí estaba furioso con sus compatriotas, no entendía nada: «¿Por qué lo hacen, si todo marcha razonablemente bien?

». Pero la cuestión era: «¿Bien para quién?

». Los precios habían estado subiendo sin parar en los últimos años, mientras que los salarios se mantenían estancados.

Incluso el coste de los productos básicos, que estaban controlados y subvencionados por el Estado, como el pan, el azúcar, el gas, la gasolina y la electricidad, había experimentado una subida drástica.

Se habían encarecido hasta los tomates, y la carne se había convertido en un artículo de lujo.

Y todo ello, mientras los síntomas de corrupción en el Gobierno se hacían cada día más patentes.

Lo último había sido hacer públicas las pretensiones del hijo de Mubarak para suceder a su padre en la presidencia.

El Gobierno, al parecer, había desatendido los servicios mínimos de las gentes más humildes, como la sanidad y la educación, y era el grupo religioso de los Hermanos Musulmanes quien, mal que bien, había estado asistiendo a las personas más desfavorecidas y ayudándolas a sobrevivir.

Aunque el candidato afín a los Hermanos Musulmanes acabaría ganando las elecciones presidenciales, la plaza de Tahrir en realidad se había llenado de jóvenes «modernos», proclives a un cambio hacia la democracia y una mayor libertad, en contra de la corrupción de la élite y por un gobierno con mayor conciencia social.

El rais Alí argumentaba que lo que necesitaba el país era estabilidad, orden y seguridad para que los negocios pudieran prosperar y siguieran llegando más y más turistas.

Lo de la corrupción era, al fin y al cabo, algo inevitable y anecdótico.

¿Y la democracia? Según él, en los países pobres, y en gran medida analfabetos, la democracia no podía funcionar; eso era cosa de los países ricos, de Europa y América.

Egipto necesitaba un líder fuerte para que las cosas fueran bien.

Pero, de nuevo, era inevitable la misma pregunta: «¿Bien para quién? ».