Al otro lado del Nilo 4. EL PASO DEL TIEMPO #4
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4. EL PASO DEL TIEMPO #4

El sol de la mañana hace brillar la vía procesional que, durante la crecida, comunicaba el río con el templo.

Ahora comienza en la carretera que separa el valle fértil del desierto y, a pesar del aparcamiento de autobuses y del asfalto, mantiene su esplendor original.

Es fácil imaginarse una procesión avanzando hacia el templo, envuelta en una nube de incienso, al ritmo de tambores, sistros y cánticos monótonos.

Desde la cima del farallón se ve perfectamente la tercera terraza del templo de Hatshepsut y, a la derecha, lo que queda del templo de Montuhotep II, el primer rey tebano que reinó sobre el Alto y Bajo Egipto, unos quinientos años antes que ella.

En el centro de este último, se percibe un cuadrado sobreelevado que podría haber estado coronado por un montículo —emulando la colina primordial de la que surgió la vida en el origen de los tiempos—, o más probablemente por una pirámide.

Entre los dos templos, se ubica el santuario rupestre de la diosa Hathor, patrona de la necrópolis de la antigua Tebas.

Montuhotep convirtió la cueva en el destino final de la procesión religiosa que salía del templo de Amón en Karnak, al norte de Tebas.

Por eso, él levantó aquí su templo funerario, para beneficiarse indirectamente del incienso y las ofrendas de la procesión anual, conocida como la Bella Fiesta del Valle.

Hatshepsut, quinientos años después, repitió la jugada: impulsó la procesión, construyendo capillas en el camino para que la barca sagrada de Amón descansara en su interior, y levantó su templo funerario al otro lado de la cueva.

Así, astutamente, asociaba su nombre al del primer rey tebano, Montuhotep, y al de la diosa Hathor, beneficiándose también ella de la procesión anual.

De esta manera, este fondo de saco, rocoso y áspero, sirve de escenario operístico para una de las expresiones más antiguas y, a la vez, más contundentes de cómo la política utiliza sutilmente la religión en su beneficio, de cómo se aprovecha de la capacidad que tienen las celebraciones religiosas de unir y vertebrar a la sociedad y de controlar y organizar el territorio.

El camino continúa junto al borde del farallón rocoso hacia el sur, ofreciendo una vista espectacular del valle.

Al poco tiempo, comienza la subida del segundo repecho de la montaña y tienes que ir mirando con más atención dónde pisas.

Si tienes buena vista y algo de suerte, incluso puedes descubrir algún fósil marino semienterrado.

Por raro que parezca, es arriba de la montaña donde abundan las almejas gigantes petrificadas que dejan bien claro que todo lo que vemos fue, hace millones de años, un fondo marino.

Todo era agua. Y el Nilo, que desde arriba se ve como un tímido hilito azul, es lo que queda de ese universo acuático que un día existió.

Si las pirámides, el templo de Karnak o las tumbas del Valle de los Reyes te hacen pensar sobre la relatividad del tiempo, coger en tu mano una almeja gigante petrificada en lo alto de la montaña de la antigua Tebas te grita a la cara lo insignificante de nuestra existencia en la vida del planeta.

Una escena que me gustaría presenciar es la de un antiguo egipcio, uno de los que formó parte de la cuadrilla que construyó la tumba de Hatshepsut en el Valle de los Reyes, agacharse y coger del suelo un fósil de almeja.

¿Qué pensaría? ¿Se daría cuenta de que el tiempo había convertido al bivalvo en piedra y que, por tanto, lo que sostenía en la mano tenía muchos, muchos años?

Hay varios casos que demuestran que los egipcios sí que apreciaban los fósiles como algo singular, exótico, sobre todo los de los erizos de mar, y se los llevaban a la tumba como parte del ajuar.

Por su forma, probablemente les otorgarían algún tipo de simbolismo, y en algunos de ellos incluso se escribió un breve texto.

En el último tramo de la subida hay que trepar un poco, pero, como ya vislumbras la cima, aquí ya nadie se echa atrás.

Al alcanzar la cumbre, la sensación es brutal.

Es como estar en la cima del mundo. Realmente, la montaña no es tan alta, hasta puede considerarse más bien bajita, una colina —mide poco más de cuatrocientos metros de altura—, pero el contraste con la amplia llanura del valle hace que te sientas como si estuvieras en lo más alto.

Y cuando empiezas a andar por la cima, junto al borde, es como si caminaras por las nubes; te sobreviene una sensación de dominio, como si fueras el amo del mundo, pero, a la vez, te sientes pequeño, como una hormiga que no deja huella al pasar.

La última vez subimos con Tutu, y se notaba que iba encantado, trotando erguido, con las orejas apuntadas hacia arriba, el rabo enroscado y dando quiebros de un lado a otro para no perderse nada.

Al rato, agachaba la cabeza e iba olisqueando el suelo, como si siguiera el rastro de algún animalillo que nunca apareció en escena.

De vez en cuando corría hacia adelante para marchar el primero, liderando el grupo, pretendiendo ser el jefe de la manada, para luego volver la vista atrás y correr hasta alcanzar al más rezagado y comprobar que estaba bien.

Además de formar parte del grupo, que es lo que más le puede gustar del mundo, se daba cuenta de que estábamos en un lugar especial.

En la cima, se arrimaba al precipicio y contemplaba inmóvil el horizonte, como Simba en El rey león .

A lo mejor de ahí viene que le gusten las alturas y mirar desde lo alto hacia abajo, controlando todo lo que se mueve a su alrededor.

Aunque desde abajo se ve picuda la montaña, arriba es como una gran meseta, con amplias zonas cubiertas de sílex rojizos y negruzcos.

Si caminas un poco en la otra dirección, hacia el oeste, te asomas al Valle de los Reyes y se percibe muy bien la relación con el valle fértil y habitable.

Efectivamente, el Valle de los Reyes es lo que está más allá del mundo de los vivos, es el más allá, donde se sumerge el sol dentro de la tierra para renacer a la mañana siguiente en la orilla opuesta.

Es el lugar perfecto para enterrarse, según las creencias religiosas egipcias y su simbolismo.

Los reyes excavaron aquí sus profundísimas tumbas, en el más allá, mientras construyeron sus templos funerarios al otro lado, en el mundo de los vivos, esperando que estos les hicieran ofrendas periódicamente, en las fiestas de guardar, y así mantener vivo el nombre del faraón.

Sin embargo, los nobles, como Djehuty, combinan tumba y templo en una sola construcción, y la ubican en el lado de los vivos, pues las ofrendas y el recuerdo eran lo que mantendrían vivas las aspiraciones de vida eterna.

Si había que elegir, mejor estar del lado de los vivos.

Si el día está despejado, desde la cumbre se puede ver la curva que hace el Nilo al norte de Luxor y, a lo lejos, las montañas de la otra orilla, las montañas del este, que separan el valle del mar Rojo, las que nadie visita y a las que nadie presta atención, como si no existieran.

Pero allí están y, desde arriba de el-Qurn, uno se pregunta: ¿cómo serán esas montañas?

, ¿qué habrá?, ¿esconderán algo?, ¿iremos algún día?

Camino del ferri me asaltan varios grupos de niños tratando de venderme marcapáginas con dibujos egipcios, diez por un euro, y una tras otra las calesas se me acercan para ofrecerme insistentemente un paseo que, de tan barato, resulta casi imposible negarse.

Pero los voy rechazando uno a uno, y cada vez con un tono menos paciente.

Al llegar al embarcadero, el barco acaba de zarpar, y el siguiente saldrá en veinte minutos.

Me da pereza esperar y acepto una oferta de cruzar en lanch .

El barquero se empeña en amenizarme el viaje con una música estridente que está convencidísimo de que me gustará y, por si fuera poco, me ametralla con preguntas de todo tipo: de dónde soy, mi número de teléfono, en qué hotel me alojo, si quiero dar un paseo más largo por la tarde.

A pesar de sus esfuerzos, no consigue hartarme del todo y me bajo en la otra orilla todavía sonriente.

El viaje en tuk-tuk mejora aún más mi humor, y, luego, el breve paseo por los campos de cultivo me reconcilia con el mundo.

Al abrir el portón de hierro, Tutu ladra un par de veces y viene corriendo hacia mí, moviendo el rabo como la hélice de helicóptero y con las orejas peinadas hacia atrás; me pone las patas delanteras encima y me saca la lengua varias veces como para lamerme.

Solo le falta decirme «Bienvenido a casa», como si hubiera estado fuera durante un mes.