4. EL PASO DEL TIEMPO #3
Cuando, en noviembre de 1924, Howard Carter vino a Madrid invitado por el duque de Alba y pronunció dos conferencias sobre la tumba de Tutankhamon, descubierta justo dos años antes, la primera en la Residencia de Estudiantes y la segunda en el teatro Fontalba de la Gran Vía, terminó su segunda intervención, de dos horas de duración, con estas sentidas palabras:
… Sobre la frente del joven rey hay dos emblemas delicadamente labrados en plata (…) y quizás lo más hermoso y conmovedor de todo fuese que alrededor de aquellos emblemas había una diminuta guirnalda de flores de loto, que no valdría sino unas cuantas piastras, pero que representaba el último adiós (…) Puedo aseguraros que, entre todo aquel esplendor regio, aquella magnificencia real, brillando el oro por todas partes, no había nada tan hermoso como aquellas pocas flores marchitas, conservando todavía su tono de color, el azul y el amarillo del loto; y nos decían que era realmente muy corto un período de tres mil trescientos años, no más que el ayer y el mañana.
Verdaderamente aquel pequeño rasgo de ternura hacía hermanar a aquella antigua con nuestra moderna civilización.
No sabemos a quién despidieron nuestros ramos de flores, tal vez a alguien que reutilizó una tumba más antigua y abandonada.
Pudo haber sido perfectamente la del propio Djehuty, pues por entonces estaría muy deteriorada y algunas de sus paredes ya tendrían abiertos agujeros que conectarían con otras tumbas vecinas.
Entre el año 1000 y el 900 a. C. era frecuente que, en lugar de construirse una tumba, incluso los más pudientes reutilizaran una más antigua.
Los recursos se destinaban a la adquisición de un ataúd profusamente decorado y al equipamiento funerario.
Se puso de moda en esa época emplear varios ataúdes de distintos tamaños para una sola persona, metiendo unos dentro de otros como si fueran muñecas rusas.
Salgo de la vitrina, me calzo de nuevo las botas y me reúno con el grupo de conservadoras.
Acordamos que no nos ponemos de acuerdo sobre la ubicación de las cartelas y posponemos la decisión a otro día, cuando esté presente el director.
Para celebrar el no acuerdo, me invitan a unirme a su desayuno de media mañana.
Acepto por educación, pero con pocas ganas, pues tengo mil cosas que hacer; luego lo agradecí enormemente.
En el taller de restauración, en el estrecho hueco que queda sobre la mesa ocupada por un precioso ataúd de madera en proceso de limpieza y consolidación, colocan bolsitas de plástico y platitos con falafel, tahina, berenjenas baby en escabeche, queso gibnah , patatas fritas y tortilla.
Si el ataúd aún hubiera tenido la momia dentro, seguro que se habría levantado de un salto al olor de la comida.
Con un trozo de pan de pita abierto, vamos pellizcando las distintas delicatessen y, cuando ya estamos más que saciados, nos servimos un té y lo vamos bebiendo a sorbos mientras recogemos.
Quedamos en que yo redactaría e imprimiría en papel un modelo de cartela y la traería al día siguiente.
A la salida, decido tomarme unos minutos de disfrute e ir caminando, sin prisas, desde el museo hasta el ferri.
Ando por la corniche para empaparme de la vista del Nilo, de su intenso azul, salpicado de barquitas blancas y espigadas velas triangulares.
Los plataneros, junto a la orilla, añaden una delgada franja verde, mientras que alguna que otra palmera despeinada contribuye a romper la horizontalidad de la composición.
Al fondo, la montaña, combinando con solemnidad el gris y el rosa, despierta la imaginación y seduce a la aventura de explorar un terreno agreste y deshabitado.
Durante la campaña tenemos muy pocas ocasiones de ver el río así, de día, y darnos un paseo contemplando el paisaje.
Los secretos de la montaña
La montaña tiene algo especial que te atrae.
Prácticamente todos los años, desde la primera campaña, hemos subido al menos una vez al pico el-Qurn y paseado por las alturas, divisando desde arriba el valle y los templos reales que se suceden a lo largo de la línea que separa, —o, mejor dicho, une— el desierto más áspero e inhóspito con la tierra más húmeda y fértil.
Al principio, subíamos sin problema, como lo más normal, pero, a partir de la revolución de 2011, todo se volvió más complicado, se hizo más difícil salirse del camino marcado para los turistas.
Pero eso no nos ha detenido y hemos ido buscando formas de subir: unas veces pidiendo permiso a la policía local y otras por nuestra cuenta, dando un rodeo.
Uno de esos rodeos es, en realidad, un camino espectacular.
Comenzamos a andar desde el grandioso templo funerario de Ramsés III, en Medinet Habu, rodeado de imponentes murallas de adobe.
Pasamos por los restos del que fuera en su día el lujoso palacio de Amenhotep III, Malqata, y del que ahora no queda apenas nada visible.
Fue construido también en adobe y pintado con vivos colores, desde las paredes hasta los suelos, combinando temas acuáticos y florales con cautivos extranjeros maniatados a los que ir pisando al caminar: nubios, libios, palestinos, sirios e isleños del Mediterráneo oriental.
Sorteamos un cementerio copto que hay cerca, donde está enterrado el egiptólogo egipcio Ahmed Fakhry y, desde allí, seguimos por el wadi Gabbanat hacia la montaña.
Enseguida, el camino se estrecha y discurre serpenteando entre colinas rocosas.
En realidad, la senda es el cauce seco y arenoso de un río esporádico en medio de un barranco tomado por rocas de todos los tamaños.
Ascendemos por el lateral menos escarpado y seguimos caminando por una terraza a media altura, contemplando cómo el lado opuesto del barranco se transforma en una sucesión de paredes verticales, como si fueran láminas cortadas con una enorme motosierra.
En una de ellas, se distingue desde la distancia un agujero justo encima de un saliente.
Esa es la tumba que se construyó para Hatshepsut cuando era reina consorte, casada con el faraón Tutmosis II.
Llegamos al final del wadi , conocido como Sikket Taqa el-Zeide, y la terraza por la que caminamos gira para continuar por la otra ladera hasta alcanzar una pequeña explanada justo debajo de la tumba.
Ciertamente, es un lugar sobrecogedor. La entrada a la tumba está casi en medio de la pared, a treinta metros del suelo en el que nos encontramos y a unos cuarenta metros de la cima.
Para entrar, había que descolgarse con cuerdas desde arriba, pues desde abajo resultaba aún más arriesgado.
Eso fue lo que hizo Howard Carter en 1916, seis años antes de descubrir la tumba de Tutankhamon.
Según él mismo relató, llegó al lugar a medianoche y sorprendió a unos ladrones en plena acción.
Luego a él le llevaría veinte días vaciar de tierra y piedras el pasillo descendente de la tumba.
En la primera sala halló un sarcófago de cuarcita, inscrito para la hija, hermana y esposa del rey, señora de las Dos Tierras, Hatshepsut.
¿Y cómo es que Hatshepsut eligió, o cómo es que eligieron para ella, este lugar tan recóndito para enterrarse?
Es probable que lo que se buscara fuera, precisamente, adentrarse lo más posible en el occidente, como si así hubiera más opciones de unirse al sol en el ocaso y renacer con él al amanecer.
Esa misma creencia sería lo que luego llevaría a excavar las tumbas cada vez más profundas, buscando alcanzar el disco solar en su viaje nocturno por el subsuelo.
Y la combinación de ambas estrategias es lo que haría Hatshepsut tras coronarse rey del Alto y Bajo Egipto.
Decidió abandonar el plan de su tumba de consorte para construirse una nueva en un valle ubicado detrás de la primera línea montañosa, es decir, en lo que, simbólicamente, podría considerarse el más allá, el occidente.
Este sería luego conocido como el Valle de los Reyes, paradójicamente inaugurado por una mujer.
Y para estar bien segura de que alcanzaría el disco solar en su viaje nocturno, el pasillo descendente de su nueva tumba acabó midiendo doscientos diez metros de longitud dentro de la roca de la montaña.
Desde la primera tumba de Hatshepsut, desandando un poco el camino, se puede tomar un estrecho sendero y llegar hasta la cima de la montaña.
Pero la opción más común para ascender, la que hemos usado la mayoría de las veces, comienza subiendo la colina que delimita por el norte el valle de Deir el-Bahari, y que constituye, a su vez, el extremo sur de la colina de Dra Abu el-Naga.
Desde el comienzo de la marcha, las vistas del templo son impresionantes y, a cada paso que das, más bonitas.
Cuando por fin coronas el farallón, te encuentras con una superficie ancha y plana, como una meseta, y un camino te conduce hasta justo detrás del templo.
Si no tienes mucho vértigo y te asomas con cuidado, mirando bien dónde pones el pie, la vista cenital del templo es espectacular; es como si estuvieras viendo un plano dibujado sobre papel.