4. EL PASO DEL TIEMPO #2
El nombre de Neb no es muy común así, por sí solo, pues significa «poseedor», «dueño de», o «señor de» y, lógicamente, debería ir seguido de otro sustantivo.
Al final de la columna, debajo del signo neb , que se escribe con una semicircunferencia, como una cesta, queda un espacio libre para uno o dos signos más.
Pero el escriba ni siquiera ha rematado el nombre personal del dueño con un signo que indique si es masculino o femenino, como suele hacerse en el sistema de escritura egipcio.
Tampoco aparece el epíteto «justo de voz» o «justa de voz», que seguía siempre al nombre del difunto o difunta para indicar que había superado con éxito su juicio final y era declarado «inocente».
Todo esto nos hace pensar y dudar de si el nombre del individuo que descansaba dentro del ataúd era en verdad Neb, «señor», o si este nombre se lo inventó el escriba para rellenar el hueco al final de la inscripción.
El caso recuerda al del ataúd granate de Iqer, que significa «excelente», y que tampoco lleva un determinante semántico de nombre masculino, ni el epíteto de «justo de voz».
Entre uno y otro debieron de pasar unos cuatrocientos años, pero son dos casos aparentemente similares.
El trasfondo de la cuestión es peculiar y muestra cómo los antiguos egipcios se comportaban de manera parecida a como lo hacemos hoy.
En numerosas ocasiones, los ataúdes, igual que los papiros con textos funerarios o las estatuillas, se confeccionaban y decoraban en talleres sin conocer la identidad de las personas que los iban a adquirir después.
Se solía dejar el espacio en blanco para personalizarlos posteriormente según las indicaciones del comprador.
Otras veces, en el lugar donde iría el nombre del propietario se escribía la palabra men , equivalente a nuestro «menganito», para indicar que ahí debía ir un nombre de persona.
Tal vez, Iqer y Neb sean nombres ficticios, fáciles y amables, que servirían para cualquiera, pues ¿quién no iba a querer ser excelente o señor?
Si bien el sexo de Iqer no generó dudas, igual que sus facciones nubias, el caso de Neb no era tan evidente.
La primera sesión de radiografías que le hicimos, todavía medio de costado dentro del ataúd, cubierto con el sudario y envuelto en vendas de lino, fue con una máquina de rayos X muy antigua.
Neb medía 1,65 metros de altura y, por la dentadura, se podía deducir que tenía cuarenta y tantos años.
El cráneo, que era lo que mejor se veía en las radiografías, indicaba claramente que se trataba de un hombre; no había duda.
Pero varias campañas después, cuando ya dispusimos de una máquina de rayos X moderna, digital, volvimos a radiografiar el cuerpo, y resultó que la pelvis era más bien de mujer.
Al comparar la cadera de Neb con la de Iqer, la diferencia era clara.
Jesús, el antropólogo físico del equipo, esa misma tarde nos hizo una breve master class en la sala común de la casa donde nos hospedábamos.
Efectivamente, el cráneo tenía todas las características típicas de un varón, pero el ángulo de apertura de la pelvis era y es habitual en mujeres.
«Lo siento, José Manuel —concluyó Jesús—.
Siento echar este jarro de agua fría y contradecir lo que se ha venido diciendo hasta ahora.
Ya sé que has publicado que Neb era un hombre, pero no parece que sea así, pues, entre el cráneo y la pelvis, tiene mayor peso argumentativo este último dato para determinar el sexo de un individuo».
«De jarro de agua fría nada —repliqué—. Aquí estamos para aprender y saber cada vez un poco más.
Lo que nos interesa es buscar y conocer la verdad, o lo más próximo a ella.
En la investigación científica es normal cometer imprecisiones o errores, y lo que toca es aceptar con deportividad que otros te corrijan y corregirse uno mismo.
La duda es fundamental; revisar los datos y las interpretaciones derivadas de estos es como se avanza en la investigación.
En la ciencia es básico ser humilde. No pasa nada.
Al contrario, me has dado una gran alegría; ahora conocemos mejor a Neb, o como quiera que se llamara esta mujer».
El equipo entero se había quedado pasmado con la presentación de Jesús y se deshizo en elogios.
En ese momento se me ocurrió repetirla desde el principio, tal cual estábamos, pero ahora la filmaría Javier, no solo para que quedara constancia, sino también como una posible escena del documental que estábamos realizando.
En esa campaña, en 2024, habíamos comenzado a grabar escenas para un posible documental para Televisión Española sobre las mujeres que, de una u otra forma, estaban presentes en nuestro yacimiento.
Desde la reina faraón Hatshepsut y la reina madre Ahhotep hasta Tanedjemi, para quien se redactó un papiro del Libro de los muertos hace tres mil años y en el que ella aparece segando los campos de trigo y de cebada en el más allá.
Hemos rescatado igualmente del anonimato a mujeres cuyos ataúdes se dejaron sobre el suelo, sin más, como la apodada Dama Blanca, por el color de su ataúd, o la rebautizada Valentina, por haber sido hallada un 14 de febrero, o la chica de quince años que fue depositada en su ataúd y luego alguien colocó cuatro collares amontonados sobre su pecho hace tres mil seiscientos años.
Sería interesante incorporar el caso de Neb al documental como ejemplo de que las cosas no siempre son tan sencillas, de que no todo es blanco o negro y de que la evidencia, en contra de lo que se ve en la televisión, a veces es más compleja, como lo es la realidad.
La caja del ataúd de Neb, de dos metros de largo, se había tallado a partir de un solo tronco de sicomoro.
Se pintó por fuera de negro, color que los antiguos egipcios asociaban a la tierra fértil y, saltando del mundo vegetal al humano, era el de la resurrección.
El borde superior de la caja todavía conservaba restos de pintura roja, que servía de protección y, por tanto, evitaba que nada malo entrara y dañara al cuerpo que descansaba dentro.
La tapa estaba tallada de tal forma que reproducía la imagen, sumamente idealizada, del cuerpo momificado que contenía.
El amarillo de la cara se había pintado con oropimente, para darle a la piel un aspecto divino, como se solía hacer con las estatuas de los dioses.
Con esta misma intención, se colorearon las cejas de verde azulado.
El pecho estaba cubierto con un amplio collar usekh , como si estuviera hecho de cuentas de fayenza.
El resto del cuerpo estaba decorado con plumas de colores que formaban dos grandes alas que caían a ambos lados.
Supuestamente, estas le iban a permitir al difunto o, mejor dicho, a la difunta, salir volando de la tumba al exterior como si fuera una golondrina, para disfrutar al amanecer de las ofrendas que se depositaran sobre un altar o se pronunciaran en voz alta.
Al anochecer, volvería volando a la tumba y allí descansaría hasta el nuevo día.
En árabe, la palabra para «pluma» es rishi y por eso este tipo de ataúdes, característico del denominado Segundo Periodo Intermedio, entre el 1600 y el 1500 a.
C., se conocen como ataúdes tipo rishi .
El lenguaje de las flores
El ataúd de Neb descansa ahora sobre un pequeño pedestal hecho a medida que le proporcionamos nosotros al museo, a juego con el pedestal de al lado, sobre el que colocamos ocho de los ramos de flores que encontramos dentro de un agujero abierto en el suelo del patio de entrada a la tumba de Djehuty.
En realidad, hallamos cincuenta ramos, todos ellos todavía bien anudados con fibra de palmera.
La mayoría estaban formados por ramas de persea, cuyo nombre científico es Mimusops laurifolia .
Los antiguos egipcios llamaban a este arbusto o pequeño árbol ished , y lo asociaban a la vida eterna.
El arqueobotánico que estudió los ramos, Ahmed Fahmy, identificó igualmente ramas de olivo, vid, rosaceae y una especie llamada ciruelo asirio.
Los cincuenta ramos fueron arrojados dentro del agujero junto con cincuenta vasijas de cerámica, que acabaron todas rotas menos una.
Gracias a la cerámica, pudimos datar con cierta seguridad el conjunto, que presumiblemente se habría utilizado en un funeral hace unos tres mil años, es decir, unos quinientos después de que fuera enterrado Djehuty.
Los antiguos egipcios eran, por lo general, grandes amantes de las flores y de los adornos florales.
Les encantaban los jardines y los huertos, los estanques con plantas acuáticas y los árboles frutales.
El mundo vegetal y su ciclo de regeneración periódica evocaban su deseo de renacer tras la muerte.
Los templos se decoraban con flores, como hoy las iglesias, y las estatuas de dioses, reyes y gente pudiente se adornaban con guirnaldas, como también era costumbre entre los comensales que participaban en los banquetes de las familias más prósperas.
Sobre los cuerpos momificados de los difuntos también se colocaban guirnaldas, sobre todo de persea, y en los funerales se acompañaba y despedía al difunto con ramos de flores.
¿Por qué? Pues muy probablemente por un juego de palabras.
La palabra para «vida» en antiguo egipcio era ankh , que era la misma que se usaba para referirse a una «flor» o a un «ramo de flores», de tal forma que el gesto de ofrecer flores a alguien era una manera de expresar el deseo de que viviera; y, si se trataba de un difunto, era una forma de desearle que volviera a la vida en el más allá.
De ahí podría venir nuestra costumbre de llevar flores a los muertos, de despedirlos con una corona floral.