4. EL PASO DEL TIEMPO
EL PASO DEL TIEMPO
Las conservadoras del Museo de Luxor son todas mujeres; la mayoría cristianas coptas.
Van vestidas a la occidental, con el pelo a la vista y bien arreglado; unas con blusa y pantalón y otras con falda recta por debajo de la rodilla.
La más joven sí lleva el pelo y el cuello tapados con un hiyab.
Es muy despierta y eficiente, siempre acompañada de su móvil, con el que toma notas y saca fotos de todo.
Se ve que se llevan bien entre ellas, que forman una piña, y siempre están de charla.
Saludan con una amplia sonrisa y enseguida te ofrecen té, aun sabiendo que te acabas de beber uno.
El director nos acompaña hasta la gran vitrina del piso de arriba, pero luego se excusa diciendo que tiene una visita importante que atender y nos deja solos.
Discutimos entre nosotros sobre dónde ubicar las cartelas y cada uno acaba teniendo una opinión distinta.
Para explicar mejor mi preferencia, les pido que me dejen pasar dentro de la vitrina.
La jefa frunce el ceño, me mira con cara de circunstancia y hace una mueca.
No le apetece nada, pero yo insisto. «Es que hay que traer la llave para abrirla; no la tengo aquí, conmigo», me indica.
A lo que respondo: «Pues venga, todavía es pronto, tenemos tiempo».
Cede y le da instrucciones a Mohamed para que vaya a buscar la llave, y luego me mira como si me hubiera hecho el gran favor.
«¡Gracias, mil gracias!», le digo al instante, y ella ríe.
Después de los ataúdes, paso de puntillas junto a un despliegue de figurillas momiformes de fayenza azul, en egipcio antiguo « shabtis », todas bien alineadas como en un desfile; y luego, junto a unos vasos de cerámica de época predinástica, rojizos y con el borde negro, colocados de pie sobre el mismo suelo.
Ya solo este pequeño recorrido es como si te sujetaran del brazo y te llevaran en un viaje relámpago al pasado.
Pero en unos segundos lo más excepcional se convierte en algo normal y la importancia y el valor de las cosas se diluyen; una estrategia de la mente para no entrar en pánico al andar entre piezas tan frágiles.
Giro la vista a la izquierda y, paralelo al cristal opuesto de la vitrina, veo el ataúd granate de Iqer y los vasos de cerámica que hallamos junto a él dispuestos en línea.
Me dan ganas de acariciarlo, como quien acaricia a su mascota al regresar de un largo viaje, tratando de transmitir a través de la yema de los dedos el amor que no has podido expresar durante tu ausencia.
Reprimo el impulso, a la vez que me reafirmo en la importancia del tacto como fuente de conocimiento y como transmisor de sentimientos.
En ese momento, me viene a la mente José Miguel en el yacimiento y su irrefrenable costumbre de tocar las cosas para mostrar con exactitud a su interlocutor aquello de lo que está hablando, pequeñas manías de buen profesor que provocan sonrisas entre los excavadores.
Al girar la vista a la derecha, me reencuentro con el ataúd de Neb.
Casi no hay espacio entre este y el cristal de la vitrina, así que me muevo a pasitos cortos.
Desde fuera, las conservadoras me hacen señas de dónde convendría colocar exactamente la cartela.
Les llevo la contraria y señalo otra opción, que no parece convencerlas del todo.
Hago aspavientos con los brazos y muecas con la cara y ellas se parten de risa.
El humor y la camaradería son fundamentales para que las cosas acaben saliendo, y salgan bien.
Las cosas no son tan sencillas
El ataúd de Neb es tan impresionante, se conserva tan bien y los ojos del rostro tallado en la tapa tienen tal viveza, que la pregunta más frecuente que la gente suele hacer al verlo es qué se siente al descubrir algo así.
Mi respuesta se repite ya casi de forma automática: «Cuando descubres algo así, importante o imponente, no se disfruta tanto como puede parecer.
La responsabilidad pesa mucho. Ten en cuenta que en ese momento no sabes en qué estado se encuentra.
No sabes si la madera está carcomida por dentro y el ataúd se te va a deshacer en pedazos al manipularlo.
Por otra parte, la excavación es una actividad destructiva; a medida que excavas, vas destruyendo evidencias, información, y luego no puedes dar marcha atrás , de tal forma que lo que no hayas documentado bien en su momento quedará perdido para siempre.
Hay mucha tensión por tratar de hacerlo lo mejor posible, para que todo salga perfecto.
Intervienen arqueólogos, restauradores, el capataz y uno o más trabajadores egipcios, al tiempo que se toman fotos y se filma.
Cuando verdaderamente se disfruta de un hallazgo así, es cuando lo cuentas luego, después de que haya salido todo razonablemente bien, claro, y te puedes entretener relatando anécdotas, bromear sobre cómo cada uno vivió la tensión del momento, e incluso comentar los pequeños errores».
El enterramiento de Neb es un caso peculiar en muchos sentidos.
Desde el principio nos dimos cuenta de que la tierra que rellenaba el pozo era distinta a la de otros pozos que habíamos excavado antes.
Estaba más apelmazada, era de tono amarillento y no grisáceo, y prácticamente no contenía nada; desde luego, nada que pudiera considerarse moderno.
Yuma, el trabajador egipcio que excavaba el pozo, dejaba que se le fueran escapando miradas pícaras y tímidas sonrisas de complicidad.
Por suerte, resultó ser menos profundo que los demás, tan solo tres metros.
La pequeña entrada a la cámara sepulcral, que se abría en uno de los extremos, estaba cerrada hasta arriba con adobes.
Cuando el estuvo excavado por completo, el rais Alí, con un pequeño paletín, procedió a retirar el adobe de arriba.
Se abrió un pequeño hueco, por el que nos asomamos al interior y pudimos ver parte de la tapa de un ataúd antropomorfo, con el rostro pintado de amarillo, sobre el que se habían caído pequeñas piedrecillas del techo.
Por lo que podía vislumbrarse, parecía que se conservaba completo y en buen estado.
Fuimos retirando uno a uno los adobes que cerraban la entrada y, antes de llegar hasta abajo del todo, pudimos contemplar bien el interior.
La cámara era pequeña y el ataúd la llenaba casi por completo, quedando poco espacio libre tanto arriba como a los lados.
Como bien advirtió Angie, que fue quien documentó la excavación, el ataúd no se había colocado en el suelo tallado en la roca, sino que reposaba, casi horizontal, sobre medio metro de tierra suelta.
Este pequeño detalle sería clave para entender por qué no encontramos nada del ajuar ni del equipamiento funerario, como hubiera sido de esperar.
Y es que, al parecer, el ataúd no estaba en su lugar original, sino que había sido extraído de dondequiera que hubiera sido enterrado y, luego, introducido en este pozo previamente vaciado.
Quienes lo metieron en el pozo, donde lo encontramos nosotros, no se preocuparon de retirar la tierra que había quedado dentro.
Así, mientras el ajuar y el equipamiento de Neb fueron sustraídos, su ataúd fue respetado y reintroducido con cierto cuidado.
Sacarlo de la cámara sepulcral fue relativamente fácil, y de ello se encargaron el rais Alí y Sayed, el trabajador más hábil y cuidadoso que teníamos por entonces.
Pero izarlo en horizontal y sacarlo del pozo sin el mínimo roce era algo ya más complejo.
En el exterior, alrededor de la boca, se asomaban las cabezas de un montón de gente, y sus voces retumbaban dentro como si el pozo fuera la caja de una guitarra.
La tarde se nos echó encima, la luz empezaba a disminuir y las baterías de muchas de las cámaras se fueron agotando.
Los restauradores habían estado dándole vueltas al tema y habían diseñado un sistema que garantizaba la seguridad del ataúd y, a la vez, la de las personas dentro y fuera del pozo.
Pero, de repente, sin avisar, como ya había ocurrido alguna otra vez, Alí metió la directa y, con ayuda de Sayed, ató la cuerda de la polea a las cinchas que abrazaban por debajo el tablón sobre el que ahora descansaba el ataúd, y dio instrucciones al que manipulaba la polea desde arriba para que empezara a tirar.
Ya no había nada que hacer; la suerte estaba echada.
Mientras se alzaba el ataúd, Alí y Sayed estaban justo debajo de él, que era lo primero que los restauradores querían haber evitado.
Y para sacarlo fuera del pozo, Alí volvió a ponerse en riesgo colocándose de pie sobre un tablón de madera innecesariamente delgado, que atravesaba la boca.
Al final, como suele ser habitual en Egipto, no pasó nada, todo salió bien y resoplamos con alivio.
Alá volvió a estar de nuestro lado y el ataúd de Neb fue llevado en volandas hasta el interior de la tumba de Djehuty.
Allí, primero se limpió con cuidado y, posteriormente, fue consolidada la madera y la policromía en las zonas más frágiles.
La identidad de su propietario, Neb, aparece indicada al final de la inscripción vertical escrita sobre el abdomen y las piernas del cuerpo tallado en la tapa.
Los signos jeroglíficos fueron pintados de color azul claro, los cuales no resaltan demasiado, o casi nada, sobre el fondo amarillo.
Pero los colores fueron elegidos por el artista y escriba teniendo en cuenta su simbolismo, por su asociación con el sol.
El amarillo representa el rayo del sol que llega hasta el fondo de la tumba e ilumina al difunto, y el azul claro pretende imitar el color de la turquesa, piedra preciosa asociada con la diosa Hathor, hija del dios solar Ra.