Al otro lado del Nilo 3. EL JARDÍN DE SINUHÉ #5
47%

3. EL JARDÍN DE SINUHÉ #5

De la misma época que la del nubio Iqer, dentro de nuestra concesión descubrimos otras cuatro tumbas grandes talladas en la roca de la colina.

Todas ellas quedaron sin decorar, pero sus dimensiones son colosales, con largos pasillos de dos metros de anchura y tres de altura.

A diferencia del enterramiento de Iqer, que encontramos intacto, todos los demás fueron saqueados en época antigua, y también en época moderna.

Una de estas tumbas, milagrosamente, conservaba delante de la entrada una joya del todo inesperada: un pequeño huerto o jardín.

Recreación de cómo pudo haber sido el mantenimiento y los rituales asociados al jardín funerario (dibujo de Ignacio Forcadell).

Cuando empezamos a excavar en la zona, esperábamos encontrar algún bloque de piedra inscrito que nos aportara el nombre del propietario de la tumba, cuya entrada acabábamos de sacar a la luz.

Es curiosa la importancia que le damos los egiptólogos al nombre, muy parecida a la que le daban los antiguos egipcios, que pensaban que en él residía la esencia del individuo, su personalidad.

Sin embargo, como ocurre tantas veces en la vida, no hallamos lo que buscábamos y pensábamos que podríamos encontrar, sino que descubrimos otra cosa, esta sin palabras, pero, paradójicamente, mucho más elocuente que cualquier objeto escrito. Sí, un huerto.

Lo primero que salió a la luz fue el tronco vertical de un árbol todavía erguido.

Acabó teniendo unos treinta centímetros de altura y de su base nacía una raíz que creció en horizontal un metro, buscando desesperadamente algo de humedad.

Todo era muy anormal, difícil de entender, pues estábamos en la necrópolis, en un terreno desértico, inhóspito para las plantas, con piedra caliza por todos lados y ausencia total de agua.

Poco después, apareció una hilera de adobes.

Supusimos que se trataría del brocal de un pozo funerario, pues estábamos rodeados de tumbas-pozo, todas ellas con la parte superior de la boca rectangular rematada con adobes.

Pero la estructura se fue complicando y descartamos esta posibilidad.

Esa noche, colgamos en el diario de excavación de la página web del proyecto —www.proyectodjehuty.com— una fotografía de la emergente y enigmática estructura de adobe.

Al día siguiente, en el hotel Marsam, antes llamado Sheikh Alí, en la sala grande de la que disponíamos para trabajar por las tardes, conocida como la Harwa, pero rebautizada por nosotros como el Chiringuito, surgió la discusión sobre la estructura que estábamos desenterrando.

Fue Curro, una biblioteca andante, quien, echando mano de representaciones en tumbas de épocas posteriores, argumentó que podría tratarse de un jardín reticulado.

En una de las paredes de la tumba de un tal Reneni, en el cementerio de Elkab, al sur de Tebas, se representaron los dioses Osiris y Anubis en sus respectivas capillas y, delante de ellos, un cuadrado dividido en una cuadrícula.

«Tal vez —apuntó Curro—, tengamos algo similar a lo que se representa en el “recinto sagrado”, a la entrada del más allá».

Las dudas eran razonables, pues nunca se había encontrado nada igual en la necrópolis tebana.

Esa misma noche, Eva Hofmann, desde la Universidad de Heidelberg, me escribió un email para decirme que estaba siguiendo el diario online y que creía que lo que estábamos excavando era un jardín.

Me sorprendió, casi más que su interpretación, el hecho de que una colega alemana estuviera siguiendo nuestro diario de excavación, escrito en castellano y pensado como una forma de divulgar la egiptología y la arqueología entre los hispanoparlantes.

Pero sí, efectivamente, parecía que teníamos entre manos un jardín funerario.

Su estructura estaba hecha de barro y adobes y medía 3 por 2,25 metros.

El murete exterior estaba reforzado por arriba con mortero de cal, y el interior estaba dividido en cuadrados, la mayoría de treinta centímetros de lado, con los tabiques redondeados y moldeados en el mismo barro que rellenaba cada parcela.

Para construir un jardín en la necrópolis, cuyo suelo no podía ser más árido, lo primero que se hizo fue traer un montón de tierra negra de la llanura cultivada.

Tras moldear la estructura y darle firmeza, cada cuadrado acabó conteniendo unos cuarenta centímetros de tierra fértil.

Para regar las plantas se recurrió al sistema que llevaba utilizándose desde hacía más de cuatrocientos años.

Los aguadores traían el agua de algún canal cercano en dos cántaros que colgaban de los extremos de un palo dispuesto sobre los hombros, por detrás del cuello, como un yugo.

El tamaño de las vasijas correspondía a la cantidad de agua que necesitaba cada cuadrado.

Era un trabajo laborioso, sí, pero eficaz.

Aunque la estructura del jardín se elevaba menos de medio metro, en uno de los lados se construyó una escalera de tres peldaños para hacer más fácil el acceso a los cuadrados de en medio.

Resultó que el árbol crecía justo en una de las esquinas del jardín, y que la raíz avanzaba hacia el centro, donde probablemente la humedad se mantuvo por más tiempo.

Mónica, especialista en la identificación de maderas antiguas, nos informó de que se trataba de un tamarisco y que, por los anillos de crecimiento visibles en la sección del tronco, debió de vivir algo menos de treinta años.

El tamarisco es un árbol que crece con facilidad en ambientes semiáridos y, de hecho, cerca de la entrada del hotel Marsam hay dos enormes ejemplares de esta especie.

El nuestro debió de ser más bien un arbusto.

A pesar de la fragilidad del árbol y de la estructura del jardín, todo se había conservado admirablemente bien gracias a que el patio de entrada a la tumba, donde se construyó el jardín, era como una hondonada, una especie de bañera, en la que se fue acumulando arena fina por acción del viento.

El jardín, tras dejar de regarse y abandonarse, acabó totalmente cubierto por la arena, y eso fue lo que lo protegió, no solo de los agentes naturales, como el sol, el viento y la lluvia, sino también de la gente que siguió pasando por allí y reutilizando las tumbas de alrededor.

Doscientos años después, en la dinastía XIII , el jardín ya estaba tapado por completo, y cuando la tumba a la que está asociado fue reutilizada para enterrar a un grupo de sacerdotes de Amón en torno al año 900 a.

C., en la dinastía XXII , se podía pisar por encima sin darse uno cuenta de que estaba allí debajo y sin dañarlo.

La arena que cubrió el jardín se convirtió en el medio perfecto para que las semillas y los restos botánicos de las plantas, que crecieron en él hace cuatro mil años, quedaran desecados y se conservaran en perfecto estado hasta hoy.

Según nos contaba Leonor, la arqueobotánica encargada del estudio de todos los restos vegetales hallados en el yacimiento, ellos normalmente analizan los restos vegetales carbonizados, como en los jardines de Pompeya, pero en Egipto, donde las cosas más insospechadas pueden ocurrir y ocurren, se pueden hallar y estudiar las semillas desecadas: todo un lujo.

Excavamos cuadrado a cuadrado; fuimos recogiendo con pinzas las semillas y partes de plantas que se veían a simple vista.

Luego embolsamos la tierra procedente de cada cuadrado, identificando bien la procedencia.

De ello se ocupó el tándem de arqueólogos David y Gamal.

Dejaban la mitad de cada cuadrado sin excavar para que quedara como testigo para futuros investigadores.

De la tierra recogida de cada cuadrado se encargaban Leonor y Guillem, su ayudante, quienes la pasaban por un tamiz y la miraban con lupa para detectar y analizar el mínimo resto botánico.

Gracias a ellos, sabemos que en el jardín se cultivaban tanto vegetales como flores.

Recogimos semillas de cilantro, una planta que se sigue usando mucho como condimento en la cocina egipcia, y semillas de una cucurbitaceae , una especie entre el pepino y el melón, que aparece con frecuencia representada en las mesas de ofrendas.

Sorprendente también era que todavía se conservara el color morado del receptáculo de una flor de la familia de las asteraceae .

Puede que «huerto» se acerque más a la realidad, a su función de mantener vivo, en cuerpo y alma, al difunto.

En la otra vida, claro. Pero la palabra «jardín» es, sin duda, más evocadora e íntima, y encaja mejor en el contexto de un cementerio.

La combinación de vegetales comestibles y de flores se corresponde perfectamente con las mesas de ofrendas que se representan delante de los difuntos en las paredes de las tumbas, pues en ellas aparecen ramos de flores, como el loto o el papiro, coronando pilas de alimentos que mezclan carne y panes de varios tipos, con frutas y verduras.

Las flores se incluyen por su carácter simbólico y la posibilidad de que transmitieran al difunto su capacidad de renacer de forma cíclica.