3. EL JARDÍN DE SINUHÉ #4
El plan para hoy no es ir al yacimiento, sino cruzar el Nilo para visitar al director del museo.
A media mañana, salgo a la carretera del canal y cojo el primer tuk-tuk que se detiene a mi lado, que resulta estar tuneado de arriba abajo y por los cuatro costados: con casi una docena de espejos, otras tantas luces de colores, el techo forrado por dentro de plástico imitando piel de leopardo y el salpicadero inundado de muñequitos de todo tipo moviéndose sin parar al ritmo de reguetón egipcio a todo volumen.
En el embarcadero, me subo a una lanch , como las llaman los de aquí.
Ondea en la proa una bandera grande de Jamaica, con la cara de Bob Marley en el centro.
Para tranquilizarme, la barca se llama Titanic y el capitán no debe de haber cumplido aún los quince años.
En contra de todas las señales, que eran clarísimas, atracamos delante del museo en veinte minutos.
Me recibe el director en su despacho y charlamos una hora larga, que es más o menos lo que tarda el té en poderse beber sin quemarte la lengua.
Luego, subimos juntos a la segunda planta del museo, donde está la vitrina con las piezas descubiertas por el Proyecto Djehuty.
La vitrina ocupa casi todo el piso, algo más de veinte metros de largo, y nuestras piezas se extienden a lo largo de la mitad de uno de los lados.
Hemos pasado de tener expuesta la «Tabla del aprendiz» en solitario a llenar unos doce metros de vitrina.
Ni en nuestros mejores sueños habríamos podido imaginar esto.
El director quiere ahora cambiar las cartelas de los objetos y se trata de ver juntos dónde ubicarlas sin obstaculizar la vista y qué texto poner para acompañar cada pieza o cada conjunto.
Nada más coronar la rampa, lo primero que se ve en la gran vitrina es el colorido ataúd de Iqer.
Es uno de los pocos pintados de rojo, o más bien granate, con una banda blanca que recorre los cuatro lados y la tapa, sobre la que se escribió un texto en jeroglíficos polícromos, de un estilo naif característico de la época, la dinastía XI , en torno al año 2000 a.
C. Solo hay otros dos ataúdes similares de color rojo, los dos en Estados Unidos; uno en Boston y el otro en Richmond.
Sobre la tapa colocamos los dos bastones de mando que se habían depositado dentro del ataúd, sobre el cuerpo momificado del propietario.
Se trata de una caja rectangular y estrecha, porque en esta época los cuerpos se depositaban de costado, y el ataúd se orientaba de modo que el difunto quedara mirando hacia el este, hacia la salida del sol.
Por esta razón, siguiendo la lógica egipcia de ser consecuentes con las creencias religiosas, a la altura de la cabeza, en el lado este del ataúd, se pintaba por fuera un par de ojos, para que su ocupante pudiera ver el sol al amanecer.
Uno de los detalles más llamativos de este ataúd es la forma en que han sido dibujados y coloreados los signos jeroglíficos, especialmente la letra / f /, que se escribe con la figura de una víbora cornuda, la serpiente más peligrosa de Egipto.
Como el texto escrito tenía la capacidad de hacerse realidad al pronunciarse en voz alta, siguiendo la lógica egipcia se corría el riesgo de que, con el conjunto del texto, la letra / f / cobrara vida también, es decir, que la víbora se convirtiera en una de verdad, lo que pondría en peligro la existencia del difunto en el más allá.
Por esta razón, el escriba decidió ser precavido y le cortó el cuello a la serpiente, para hacerla inofensiva.
Lógica aplastante. Y por esta misma razón, cuando se depositó el ataúd en su tumba y quisieron dejar un puñado de cinco flechas a su lado, las partieron por la mitad, no fuera a ocurrir que acabaran empleándose contra el propio difunto.
Ya se sabe: «las armas las carga el diablo».
La inscripción que aparece en este ataúd le desea a su propietario que reciba en el más allá todo tipo de ofrendas de comida y bebida, además de incienso, ungüentos, telas y todo lo necesario para vivir como un dios, así, literalmente.
Su nombre está escrito a los pies, Iqer, que en egipcio antiguo significa «excelente».
¿Era ese su verdadero nombre? Aparte de los bastones de mando, se depositaron dentro del ataúd dos arcos, uno hecho de acacia y el otro de tamarisco, ambos de algo más de un metro y medio de longitud, es decir, casi su estatura, pues Iqer debía medir 1,60 metros.
Los dos conservaban todavía la cuerda bien anudada a uno de los extremos, que era como se guardaban los arcos para que no se destensaran.
El sudario de Iqer, sin embargo, estaba muy deteriorado por la cantidad de agua que corrió por dentro del ataúd.
Si bien el clima de Egipto era generalmente seco, aunque no tanto como ahora, sufría con relativa frecuencia lluvias torrenciales que inundaban las tumbas.
De hecho, los geólogos observan un cambio climático significativo en la época de Iqer, en torno al año 2000 a.
C., pasando de un clima seco con lluvias torrenciales periódicas a un clima con precipitaciones algo más frecuentes, pero no tan fuertes.
Al cuerpo momificado y amortajado de Iqer le colocaron una máscara en la cabeza, hecha de cartonaje y pintada, con los ojos bien abiertos, la piel amarillenta y una incipiente barbita de puntitos recorriendo la mandíbula.
No obstante, los antropólogos físicos confirmaron que Iqer muy probablemente era de origen nubio, por una serie de rasgos de su cráneo característicos de poblaciones más al sur de Egipto.
Es posible que muriese poco antes de cumplir los cuarenta, por causas que no han dejado rastro, pero lo que sí es evidente es que sufrió un fuerte golpe en el pómulo izquierdo, hasta el punto de deformar su hueso malar.
Así, teniendo en cuenta todos estos datos —los arcos y las flechas, que sea nubio y que hubiera recibido un fuerte golpe en la cara— cabe la posibilidad de que Iqer hubiera sido un mercenario nubio enrolado en el ejército del sur al servicio de Montuhotep II, rey de Tebas, en su lucha contra el norte, allá por el año 2000 a. C.
Montuhotep era un gobernante de la región de Tebas que, percibiendo cierta debilidad en los monarcas que residían en Menfis, levantó un ejército entre las provincias del sur, reclutó mercenarios nubios y se lanzó a la conquista del norte.
El choque de los dos ejércitos tuvo lugar en el Egipto Medio, al sur del oasis del Fayum, en la zona hoy conocida como Ihnasya el-Medina, antigua Heracleópolis Magna.
Curiosamente, una misión española del Museo Arqueológico Nacional, liderada por Mari Carmen Pérez Díe, lleva excavando allí muchos años.
Esta concesión arqueológica se remonta a finales de los años sesenta y la consiguió el entonces director del museo, Martín Almagro Basch, en compensación por la participación española en la documentación arqueológica de la zona que quedó inundada en Nubia como consecuencia de la ampliación de la presa de Asuán.
Y, como cabría esperar, la necrópolis de esta época muestra claros signos de violencia y destrucción.
La guerra civil la ganaron los del sur, y Montuhotep trasladó la corte y la administración central a su ciudad, convirtiendo a Tebas, por primera vez, en la capital del reino.
Él se coronó rey del Alto y Bajo Egipto, adoptando como uno de sus nombres oficiales «el unificador de las Dos Tierras».
En los años siguientes, Tebas experimentó un aumento de población importante, tanto de escribas que trabajarían en la administración como de artesanos, artistas y peones que se emplearían en la ampliación y adorno de los templos locales.
También debió de aumentar el número de jornaleros trabajando en los campos de cultivo para dar de comer a los nuevos residentes, y de barqueros que cruzarían a la gente de una orilla a otra…
En el registro arqueológico, el aumento de población, de recursos económicos y de mano de obra cualificada se refleja en un incremento significativo y rápido de tumbas en la necrópolis.
Estos enterramientos se hacen más grandes, algunos se decoran, y también crece la cantidad y la calidad del equipamiento funerario.
La tumba de Iqer es un tanto peculiar. Cuando se estaba construyendo, debió de desencadenarse una enorme tormenta que provocó que se rompiera la roca del dintel de entrada y se llenara casi por completo de tierra arrastrada por la fuerte escorrentía.
Los familiares de Iqer, en lugar de limpiarla y reconstruirla, decidieron empujar el ataúd dentro del único hueco que quedaba libre de tierra y tapar la entrada con bloques de piedra.
Su suerte, y la nuestra, claro, fue que cuando, cuatrocientos años después, Djehuty construyó allí cerca su tumba-capilla y decidió ampliar su patio de entrada, el nuevo suelo ocultó mejor todavía la improvisada tumba de Iqer y uno de los muros laterales del patio, de tres metros de altura y construido con adobes, terminó por sellar su enterramiento.
Tanto es así que, cuando vimos parte del ataúd rojo de Iqer entre las rocas que lo ocultaban, Nacho, uno de los arquitectos, tuvo que diseñar y construir un puente con vigas de hierro para sujetar en volandas el muro de adobe y poder excavar por debajo sin tener que desmontarlo.
Un jardín en el desierto