3. EL JARDÍN DE SINUHÉ #3
El museo arqueológico se encuentra en la orilla este, en la ciudad.
Es un edificio moderno, de comienzos de los años setenta, sencillo, funcional pero muy elegante, algo nada común en Egipto.
Igual que desde el principio nuestro sueño era acabar abriendo las tumbas de Djehuty y de Hery al público, por soñar, también soñábamos con tener algún día un descubrimiento nuestro en las vitrinas del Museo de Luxor.
Por fortuna, eso ocurrió antes de lo esperado.
En la segunda campaña del proyecto, en 2003, al excavar a la entrada de la tumba de Djehuty, fueron saliendo a la luz pequeños trozos de una tablilla de madera, estucada por ambos lados.
Cuando la restauradora, Montse, pudo retirar la capa de tierra adherida a la superficie, comprobamos que la tablilla estaba dibujada y escrita.
Algunos de los fragmentos pegaban entre sí, y resultó que componían parte de una especie de pizarrín de escuela, que se había usado para aprender a manejar el pincel con destreza.
Para ello, el alumno había copiado dos veces un breve texto que antes había escrito su maestro en el extremo derecho de la tablilla.
Se trata del comienzo de una composición que se conocía en el antiguo Egipto como « Kemit », la cual se usó regularmente en las escuelas de escribas durante muchos años para aprender a escribir.
En el extremo izquierdo de la tablilla, como complemento del ejercicio de escritura, el alumno copió un dibujo previamente trazado por el maestro, siguiendo la dirección de derecha a izquierda, pues, a diferencia de nosotros, así escribían y dibujaban los egipcios, de derecha a izquierda, como también lo hace la escritura árabe.
El dibujo, este sí, tiene detalles que lo hacen muy especial.
En primer lugar, es un retrato frontal de un faraón, algo verdaderamente inusual, porque los egipcios, por convención artística, representaban al ser humano con la cabeza y el rostro de perfil.
Hay muy pocas excepciones, como la diosa Hathor o el dios Bes, o algunos de los extranjeros sometidos a los pies del faraón…
pero nunca el rey. Solo había una circunstancia en la que el artista se veía obligado a ejecutar un retrato frontal: al tallar una escultura.
En esa ocasión, el escultor bosquejaba con tinta roja la figura frontal del individuo a inmortalizar, hombre o mujer, noble o rey.
En este caso, sabemos que se trata del monarca porque lleva en la cabeza un pañuelo nemes , uno de los tocados característicos de los reyes egipcios.
La figura está de pie, con los brazos caídos, paralelos al cuerpo, y las piernas juntas.
Para dibujarla según el canon convencional de proporciones, se trazó previamente una cuadrícula.
La convención artística establece que el cuerpo humano, tanto de hombres como de mujeres, se divide verticalmente en dieciocho cuadrículas, desde la parte superior de las cejas hasta la planta de los pies.
Y es desde arriba de las cejas porque la peluca o la corona, según cada caso, puede ser más o menos alta.
La anchura del cuerpo, en concreto la de los hombros, sin embargo, varía entre hombres y mujeres.
Mientras el hombre ocupa seis cuadrados de ancho, la figura femenina, para hacerla más estilizada, se la representa con cinco cuadrados de ancho.
La gran sorpresa es que los hombros de nuestro faraón miden cinco cuadrados de anchura.
Habiéndose encontrado los trozos de la tabla dispersos por delante de la entrada de la tumba de Djehuty, todo parece indicar que nuestra «Tabla del aprendiz» ensaya el dibujo con el bosquejo previo a la ejecución de una escultura de la mismísima Hatshepsut.
La pena es que los artistas egipcios solían escribir el nombre del rey en el cinturón del faldellín, pero justo ese fragmento de la tablilla no ha aparecido, al menos por ahora, así que no podemos confirmar la identidad de la figura.
Lo interesante de la composición es que refleja la complejidad de la situación, pues si bien la anchura de hombros puede considerarse femenina, el torso desnudo es indudablemente masculino.
Y es que, cuando Hatshepsut pasó de ser reina consorte a coronarse rey del Alto y Bajo Egipto, su figura se masculinizó, al igual que la fraseología oficial, pues los lenguajes visual y escrito se establecieron para servir a un rey siempre varón.
Bautizamos a la pieza como la «Tabla del aprendiz» porque parece razonable pensar que el maestro no hubiera guardado el ejercicio escolar de un alumno, y menos se lo hubiera llevado a la tumba.
No así el aprendiz, quien, deseando renacer en el más allá después de ser debidamente enterrado, quiso llevarse su pizarrín de escuela por si acaso renacía siendo adolescente.
Y es que a los antiguos egipcios les gustaba jugar con sus propias creencias, llevarlas al límite siguiendo un razonamiento lógico.
¿Pudo este niño haber sido el propio Djehuty?
Sin duda, claro que sí. Todo parece apuntar a que la tabla le perteneció a él y fue arrojada fuera de su tumba por los saqueadores.
Si este fuera el caso, lo bueno es que tendríamos su huella dactilar, pues el dibujo trazado por el alumno, el de más a la izquierda, aparte de mostrar un manejo del pincel algo más torpe e inseguro, tiene en el hombro derecho del monarca un borrón de tinta, el cual, examinado con atención, conserva las líneas de la yema del dedo gordo de la mano izquierda del aprendiz, de Djehuty.
Se han hallado muy pocos ejemplares de este tipo de tablillas de aprendiz de escriba.
La más parecida se encuentra hoy en Londres, en el Museo Británico.
Un detalle que tienen en común las dos es que el dibujo presenta una calidad muy superior al ejercicio de escritura.
En ambos casos, el dibujo está a la izquierda y se nota que el estuco de la mitad derecha, donde se escribía, ha sido frotado muchas más veces.
Este detalle parece indicar que el dibujo se conservaba más tiempo sin borrar, que actuaba como si fuera la tapa del cuaderno.
De hecho, si se le da la vuelta a la «Tabla del aprendiz», en el reverso se conserva el dibujo en la mitad izquierda, mientras que la mitad derecha está en blanco y se nota que ha sido frotada más veces.
El dibujo del reverso muestra a un rey, con la cabeza y rostro de perfil, tocado con la corona roja del Bajo Egipto, arrojando un palo tipo búmeran, mientras que en la otra mano sujeta a un pato que, con sus graznidos, provocaría que otras aves salieran de los cañaverales y levantaran el vuelo.
Los hombros de esta figura son más anchos que los de la frontal del anverso, por lo que este sería un rey varón, probablemente Tutmosis III, con quien Hatshepsut compartió el trono de Egipto unos quince años.
De nuevo, la «Tabla del aprendiz» refleja la realidad política del momento, en este caso la corregencia entre Hatshepsut y su hijastro Tutmosis.
Al margen de los aspectos políticos, la «Tabla del aprendiz» es una pieza excepcional porque documenta el proceso de aprendizaje en la escuela, al combinar escritura y dibujo.
Justo por esta razón, el que fuera ministro de Cultura de Egipto, Farouk Hosny, que había sido artista de joven, cuando visitó el yacimiento en 2004, y vio los fragmentos de la tabla, nos insistió a que la restauráramos para que pudiera ser expuesta en la ampliación del Museo de Luxor, que ya estaba en marcha.
Yo le respondí que todavía podíamos encontrar más fragmentos, que merecería la pena esperar a excavar un poco más en la zona, a lo que él me replicó que las oportunidades solo pasan una vez, así, sin más.
Y de esta manera, como se dice vulgarmente, «nos liamos la manta a la cabeza»: uno de los objetivos de la siguiente campaña fue restaurar la tabla para su exposición en el museo.
Teníamos un tiempo limitado, el de la campaña.
Se tendría que hacer en el propio yacimiento y sin tener ni idea de cómo estaba prevista su exposición.
Todo un reto. Y lo conseguimos. Nuestra «Tabla del aprendiz» lució preciosa en la inauguración, dentro de una vitrina reservada solo para ella.
Sí, sin duda habríamos preferido encontrar la tabla completa, en perfecto estado.
Pero el hecho de descubrirla rota en pedazos no solo permitió demostrar la calidad de nuestros restauradores, sino que, además, dio la posibilidad de ver detalles de su composición que de otra manera hubieran quedado ocultos.
Por ejemplo, al poder examinar la tabla en sección, pudimos identificar la madera como acacia y descubrir que, entre esta y la capa de estuco, se colocó una fina tela de lino, para amortiguar las irregularidades de la madera o, tal vez, para que se fijara mejor el estuco a este soporte.
Un nubio en la corte de Tebas