3. EL JARDÍN DE SINUHÉ #2
En dos horas vimos pasar a mucha gente, y nuestra mente pudo volar a lugares y épocas muy dispares.
Descubrimos entonces que el sheikh y su familia también se ocupaban de sufragar los gastos de quienes necesitaban ir a El Cairo a ver a un médico especialista, al hospital o cosas así.
Y cuando el cansancio empezaba a hacer mella y costaba mantener los ojos abiertos, nos sacaron de la sala para llevarnos a una casa aparte, a la residencia personal del sheikh Attayeb.
A la entrada había un recibidor amplio, sin adornos en las paredes, solo un jarrón en cada esquina y poco más.
Trajeron sillas para todos y nos ofrecieron limonada.
En ese momento entró el sheikh , con la mascarilla puesta, pues la amenaza del covid persistía y se recomendaba mantener la prudencia.
Tendría unos setenta años, de mediana estatura, algo corpulento, barba blanca recortada, gafas y gesto serio.
Nos presentaron y nos sentamos todos en círculo.
Después de unas breves palabras de bienvenida, el sheikh se volvió hacia mí, que estaba sentado a su lado, y me preguntó: «¿Por qué habéis venido?
¿Por qué estáis aquí?». En ese instante, me vino a la cabeza el momento clave de un cuento antiguo conocido como «El n áufrago» , en el que el protagonista es interrogado por una serpiente gigante, dueña y señora de la isla a la que había ido a parar, después de que su barco naufragara y el resto de la tripulación se ahogara: «Me cogió, entonces, en su boca y me llevó a su guarida.
Me posó sin golpearme. Estaba sano y sin herida.
Me habló, mientras yo estaba postrado, y me dijo: “¿Qué te ha traído, hombre, qué te ha traído hasta esta isla del mar, a cuyos dos lados hay agua?”».
Yo le respondí la verdad, que Karim me había hablado de él, de cómo la gente humilde que necesitaba ayuda acudía a su casa, para comer, para obtener justicia, para lo que fuera.
Cómo, por su sabiduría y bondad, todos le consideraban un hombre de Dios, un santo, un hombre de amor, humilde y bueno.
En ese momento, el sheikh se levantó, se acercó a Karim y le abrazó.
Karim, paralizado en su silla, no pudo evitar que las lágrimas desbordaran sus ojos rasgados y resbalaran por sus pómulos brillantes, mientras esbozaba una temblorosa sonrisa de esa felicidad que reside agazapada muy dentro de uno y solo se deja ver muy de vez en cuando.
El resto de lo sucedido en nuestro encuentro tiene menos importancia: hablamos de la arqueología en Egipto, de cuáles eran los países extranjeros con mayor tradición egiptológica, de nuestra excavación, de cómo tratábamos los restos humanos que hallábamos, de quién se quedaba con las piezas que descubríamos y cosas así.
Nos terminamos la limonada y nos despedimos.
Volvimos a pasar por los comedores, y esta vez ya sí que estaban abarrotados de gente sentada y deambulando de un sitio a otro al olor de las grandes ollas de comida calentándose.
Salimos de la casa y nos fuimos alejando del bullicio, caminando durante un tiempo casi en silencio, tratando de digerir y asimilar el encuentro.
Solo se nos escapaban expresiones sueltas de incredulidad, de excitación, de alegría.
Eran muchas cosas, muchos detalles. Todos salimos tocados, un poco aturdidos, pero solo después fuimos verdaderamente conscientes de lo que habíamos vivido, de nuestra inmensa fortuna, cuando se lo contamos al rais Alí y al inspector de Antigüedades que nos acompañaba en esa campaña y que, por casualidad, se llama igual que el sheikh y también ha nacido en Dra Abu el-Naga.
Ellos nunca le habían visto y les parecía increíble que hubiéramos estado con él tomando una limonada y charlando con toda tranquilidad.
Para ellos era como si hubiéramos estado en audiencia con el papa.
Buscamos luego en internet y leímos sobre su papel en la diplomacia internacional, y sus entrevistas y discursos en defensa de la paz y en contra de cualquier uso de la violencia o de cualquier forma de terrorismo.
A partir de ese momento, mi amistad con Karim quedó sellada para siempre.
Hasta hoy. Solo se ha visto amenazada por la presencia de Tutu y su afán por encariñarse y perseguir a aquellos que muestran menos interés y hasta rechazo por los perros.
Le encanta llevar la contraria, se lo toma como un juego.
Karim, efectivamente, no es cocinero, pero es una suerte tenerle en el equipo.
Cruzar el Nilo
En esta última campaña repetimos el plan que más le gusta a Karim: irnos todos después de comer a pasar la tarde en su faluca, navegar río arriba hasta Banana Island, ver la puesta de sol y brindar juntos por la campaña en plan exaltación de la amistad.
El viento suele levantarse a primera hora de la tarde y caer al anochecer, por lo que conviene quedar a favor de la corriente para regresar.
El plan, en realidad, no es nada original.
En el camino nos cruzamos con otras falucas que llevan de paseo a parejas o grupos reducidos de turistas, y con barcas a motor pintadas de colores, adornadas con banderas de cualquier país, con familias enteras o grupos numerosos de jóvenes egipcios que se desahogan cantando a voz en grito, dando palmas y tarareando canciones populares que el barquero pone a todo volumen, convencido de sus dotes de DJ, mientras maneja el motor fueraborda sin prestar demasiada atención a la navegación.
Al atardecer, también se puede contemplar a algunos pescadores en barquichuelas de madera, que apenas levantan dos palmos del agua y en las que solo caben dos personas: el que maneja los remos, sentado; y, de pie, en el extremo opuesto, el que va lanzando la red junto a las cañas de la orilla.
Aunque los egipcios adoran la carne, de lo que sea, consideran el pescado un plato exquisito, incluso la tilapia del Nilo, que inevitablemente conserva un suave saborcillo a barro.
Un poco más al norte del yacimiento, junto al cementerio del pueblo de el-Tarif, los martes se monta un mercado local, en el que se vende un poco de todo, pero principalmente verduras y fruta.
Suele haber también un par de tenderetes de pescado.
Colocan los peces sobre grandes hojas verdes y, a falta de hielo, los van mojando regularmente con agua.
Este es un buen lugar para hacerse una idea de los peces del Nilo.
La tilapia es la de mayor tamaño, pero el que más llama la atención es un pez narigudo, con cara de simpático, el mormyrus .
Según la mitología, este es el pez que engulló el falo de Osiris después de que fuera asesinado y descuartizado por su hermano Seth, quien pretendía ocupar el trono de Egipto en su lugar.
Por esta razón, fue considerado un pez sagrado y especialmente venerado en la ciudad de Oxirrinco, en el Egipto Medio, donde desde hace muchos años excava una misión arqueológica de Barcelona y del Museo Arqueológico Nacional.
Allí, el equipo liderado por Maite Mascort y Esther Pons ha descubierto y documentado un templo y una enorme catacumba dedicada al dios Osiris, y en la necrópolis de época romana han hallado recientemente un área donde se depositaron como ofrenda unos cincuenta mil peces narigudos momificados.
Si bien el Nilo conecta el sur con el norte y, con ayuda del viento, el norte con el sur, su cauce separa las dos orillas tanto en la Antigüedad como hoy en día.
No es lo mismo quedarse en el West Bank, con casitas dispersas entre campos de cultivo, que en la orilla este, en la ciudad, donde se levantan los grandes hoteles turísticos y atracan los cruceros.
En Luxor, la anchura del río es de unos quinientos metros, lo que parece suficiente para separar dos mundos.
En el antiguo Egipto, el núcleo de población principal se agrupaba en la orilla este, alrededor de los templos de Luxor y de Karnak, los cuales, como si fueran catedrales románicas, góticas o barrocas, desempeñaban una función económica además de religiosa, pues el recinto sagrado estaba rodeado de almacenes y talleres de todo tipo de manufacturas.
Los templos tenían su embarcadero, construido en piedra, para que durara.
En la orilla opuesta, al contrario, todo parecía —y parece— efímero.
Da la impresión de que cruzar de oeste a este tiene todo el sentido, no necesitas explicarte, es como ir de las tinieblas a la luz, de la escasez a la abundancia, del silencio al bullicio.
Pero para cruzar en barca de este a oeste has de tener una razón muy concreta, una necesidad: que vives allí o que trabajas en esa orilla.
De otra forma, no se entendería del todo, como no lo entendía la serpiente de la isla: «¿Qué te ha traído, hombre, qué te ha traído hasta…
aquí?». La sensación de soledad y de paz en época antigua debía de ser todavía mayor que ahora.
Hoy se puede cruzar el Nilo como lo hace la gente de aquí, en el ferri, una barcaza de dos pisos abiertos, de bancos de madera y el casco de metal ennegrecido por el humo del gasoil.
Se mueve con lentitud, y llama la atención cómo los capitanes calculan la corriente para atracar de lado justo en su sitio, sin maniobrar.
La proa tiene una flor de loto hacia arriba, emulando, aunque solo sea en eso, a los frágiles esquifes de época faraónica.
También se puede realizar ese trayecto en una barca privada, que es más rápida y no hace perder el tiempo esperando la salida.
De la forma que sea, de día o de noche, cruzar el Nilo en barca es de los momentos más mágicos de Luxor.
La huella del aprendiz