3. EL JARDÍN DE SINUHÉ
EL JARDÍN DE SINUHÉ
Karim, en realidad, no es cocinero. Él es barquero.
Lo que él hace y lo que le gusta hacer es navegar con su faluca por el Nilo, llevar a un pequeño grupo de turistas hasta Asuán o, mejor aún, de Asuán a Luxor, a favor de la corriente, por si el viento falla.
Atracar en la orilla y pararse a dormir en cualquier lado, a cielo abierto sobre la cubierta, cocinar algo sencillo en la barca y preparar un té al atardecer.
Ha acabado siendo nuestro cocinero porque me empeñé yo.
Cuando nos conocimos, hace ya unos cuatro años, preparó para mí, por casualidad; un pollo buenísimo, con pimientos rojos, tipo al chilindrón, y de ahí viene que le pidiera que fuera el cocinero de la misión este año.
Él, de primeras, rechazó el trabajo, porque decía que no estaba preparado, que nunca había guisado para tantas personas ni tantos días seguidos.
Pero al final aceptó al saber que no iba a estar solo, que trabajaría con un cocinero profesional.
Lo conocí una primavera que fui a Luxor.
El hotel Marsam, donde nos habíamos quedado siempre, desde la primerísima campaña, estaba cerrado y uno de sus dueños, Klaus, me ofreció una casa que él alquilaba junto al templo Rameseum.
Era como una masía, de tres alturas, color tierra y la escalera por fuera.
El interior era bonito, de techos muy altos, y con luces y espejos de cierto estilo oriental decadente.
Pero era todo menos funcional: de largos pasillos, espacios amplios inútiles y dormitorios innecesariamente grandes y desangelados.
Lo normal en una casa vieja en Egipto. Delante tenía un jardín algo salvaje, con arbustos frondosos y palmeras muy altas.
Karim era el encargado de cuidar ese jardín descuidado.
Necesitaba poca atención, aparte de regarlo un poco cada día y, gracias a eso, empezó a cocinar para mí al disponer de tiempo.
Comíamos juntos y las charlas de la sobremesa se fueron alargando.
Hablábamos de todo, de la vida, de la familia, del trabajo y de la religión.
Karim es extremadamente delgado, de hombros estrechos y piernas y brazos alargados.
Tiene los ojos pequeños, rasgados, y los pómulos muy marcados.
Más que egipcio, parece un corredor de maratón etíope.
Se mueve y habla muy despacio, con parsimonia, como si el tiempo para él avanzara a otra velocidad.
Sus palabras salen suaves y eso les otorga solemnidad; las escuchas con más atención y cariño.
Para mí, era como hablar con un sabio del pasado.
Un día me habló del sheikh Ahmed Attayeb.
Resulta que la figura más importante del islam sunita en Egipto, y fuera de Egipto también, el gran imán de la mezquita y la madrasa de al-Azhar en El Cairo, es de Luxor.
No solo era de Luxor, sino del West Bank, de Qurna y, según nos dijeron luego, nacido en el mismo poblado de Dra Abu el-Naga.
Karim me contó que era como un santo, que la gente le adoraba y veneraba, hasta el punto de que los viernes muchas personas iban a su casa en peregrinación, y él y su familia daban de comer a todos los que allí se reunían, y que también impartía justicia.
Esto último me llamó la atención y le pregunté por más detalles.
Era tal la multitud que acudía a su casa cada viernes que tuvieron que construir comedores enormes.
Y como la gente más humilde no se puede permitir los costes de la justicia ordinaria, pagar un abogado, ir a un juzgado en El Cairo y todas esas cosas, recurren al sheikh Ahmed Attayeb para que, oído el caso, dicte una sentencia, la cual será acatada por todos sin discusión, ya que todos tienen fe en él y saben que el sheikh será objetivo y que buscará la justicia y hará prevalecer el bien.
Según me lo iba contando Karim, me imaginé una escena del Nuevo Testamento, con Jesús y sus apóstoles dando de comer a los congregados y la gente acercándose a Jesús para pedirle ayuda de todo tipo.
En ese momento se me pasó por la mente lo imposible, y le dije a Karim que me encantaría conocer en persona al sheikh , que quería estar cara a cara con alguien tan bondadoso y querido por su gente, y que teníamos que ir un viernes a visitarlo.
Karim me enseñó todos sus dientes con una sonrisa reprimida y exclamó, « en-sha-alá» , si Dios quiere.
Él sabía que los sueños son solo sueños.
La siguiente campaña fue en 2021, en los últimos coletazos del covid.
Ese año era el veinte aniversario del Proyecto Djehuty y me negué a resignarme, no me daba la gana, ¡no!
Me resistí a dejar pasar justo ese año sin campaña arqueológica, así que nos vinimos a Luxor en mayo y junio.
Y transcurrió la campaña sin rastro del covid.
Eso sí, el calor fue exagerado. Trabajábamos desde las cinco de la mañana hasta las doce del mediodía, y todo quemaba, hasta tu propia ropa; casi no podías agarrarte a la escalera para bajar a un pozo, y las cámaras de fotos y los ordenadores dejaban de funcionar por culpa del calor.
Sin embargo, muchos del equipo la recuerdan como una de las mejores campañas que hemos tenido, muy distinta a las anteriores, y en verdad nos lo pasamos muy bien.
Llamé a Karim varias veces para saber qué viernes sería mejor para visitar al sheikh .
El problema era que entre semana estaba en El Cairo y no todos los viernes bajaba a Luxor.
Era difícil saber de antemano si estaría en su casa o no, y las semanas iban pasando.
Cuando el fin de campaña estaba ya cerca, le pedí a Karim que hiciera los trámites para ir el siguiente viernes, estuviera él o no.
Mientras Karim hacía unas llamadas, y puesto que el resultado de estas era incierto, un grupo salió temprano de excursión para visitar las tumbas de la dinastía XI , que hoy se encuentran medio enterradas en mitad del pueblo de el-Tarif, un poco más lejos de nuestra excavación, pasado Dra Abu el-Naga.
Según Petrie, el padre de la arqueología científica en Egipto y también en Palestina, en la transición del siglo XIX al XX , los habitantes de el-Tarif eran peligrosos, malencarados y agresivos.
Nosotros, sin embargo, estuvimos deambulando un buen rato por el poblado sin ningún problema.
Cuando el sol ya apretaba, y estábamos sudorosos y polvorientos, Karim me llamó para avisarme de que nos estaban esperando, que no había tiempo que perder, y que el sheikh Ahmed Attayeb se encontraba en la casa dispuesto a recibirnos.
Nuestras pintas, desde luego, no podían ser más indecentes y menos protocolarias, pero allá que fuimos.
Karim nos recogió en la carretera con un coche y nos dirigimos hacia New Qurna, todavía un poco más al norte, donde realojaron a los habitantes del poblado de Dra Abu el-Naga cuando en el invierno de 2006/07 las casas fueron desalojadas y derruidas, como parte de un plan gubernamental para preservar la necrópolis.
Una persona puede hacer mucho
Supe que habíamos llegado a nuestro destino cuando vi un montón de gente caminando en nuestra dirección y apiñándose a la entrada de una cancela de metal.
Pasamos por los comedores, todavía vacíos, con bancos corridos dispuestos a ambos lados de larguísimas y estrechas mesas de madera.
Nos guiaron de la mano hasta una gran sala abarrotada de gente sentada y de pie en la parte de atrás.
Sin darnos opción ni explicaciones, nos ubicaron en primera fila.
Luego supimos que la persona sentada frente a nosotros, al otro lado de la única mesa, era uno de los hijos del sheikh , quien, al parecer, había heredado en vida la sabiduría y ecuanimidad de su padre.
Algunas mujeres, combinando gimoteos con alaridos, se le acercaban de rodillas y le besaban la mano.
Él no les prestaba ninguna atención e incluso manifestaba disgusto, apartándolas bruscamente, tratando de hacer patente que no estaba dispuesto a dejarse manipular por expresiones melodramáticas.
También le besaban la mano después de comunicar su sentencia y, en ese caso, sí lo permitía e intercambiaba palabras cariñosas y muestras de afecto con los litigantes.
La escena no debió de ser muy diferente en el antiguo Egipto.
Según las referencias que nos han llegado, una regla básica de la justicia era que debía impartirse entre iguales.
El término en egipcio antiguo para «juzgar», que debía pronunciarse algo así como /wepi/ , significaba literalmente «separar»; es decir, la función del juez era separar a dos contendientes para escuchar la versión de cada uno y dirimir quién de ellos tenía razón.
Ese mismo verbo, /wepi/ , se utilizaba para referirse a las peleas de toros, en las que un pastor, alzando un palo y protegiéndose con una especie de capote, enfrentaba a dos toros para que lucharan entre sí y así saber cuál de ellos era el macho alfa, el toro victorioso.