Al otro lado del Nilo 2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #9
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2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #9

»Este año, incorporamos al equipo a otro restaurador egipcio y, con una máquina portátil de fluorescencia de rayos X, conocimos la composición química de las piezas halladas en la tumba de Djehuty.

Además de la conchita del cinturón, cinco de los pendientes, los más elaborados, están realizados mitad en oro y mitad en plata, aproximadamente; es lo que se denomina «electro».

La plata hace que el oro se moldee con más facilidad.

Los otros dos pendientes, que consisten en una espiral, están hechos de oro casi puro.

¿Os acordáis de que, en la estela grabada en la fachada de la tumba, cuando Djehuty enumera los monumentos en los que ha participado como supervisor de los trabajos, menciona oro y electro?

Pues, curiosamente, lo que nos ha llegado de este personaje es, ante todo, oro y electro.

¿Casualidad? ¿Se llevaba Djehuty al bolsillo de su faldellín el tres por ciento de las operaciones que realizaba para la reina Hatshepsut?

—Como era de esperar, también había corrupción en Egipto, hasta eso tenemos en común.

Al final, lo que nos hace más humanos y nos distingue de las máquinas de inteligencia artificial va a ser precisamente eso, las imperfecciones, los errores, los vicios, la corrupción—se ríe Alfredo.

Perdona, no quería interrumpir, sigue, por favor.

—El cinturoncillo de conchitas no debió de pertenecer a Djehuty, sino a una mujer —conjeturo—.

Tal vez a alguna de sus «hermanas», que no necesariamente eran hermanas de sangre, de las que aparecen representadas en la escena de banquete de la sala transversal, y que pudo haberse enterrado en su tumba.

En cuanto a los pendientes, es todavía más difícil saber quién fue su propietario, pues hacía más de cincuenta años, quizás por influencia nubia, que los hombres egipcios llevaban pendientes.

Este conjunto bien pudo ser del propio Djehuty, pero unos exactamente iguales, incluso con la forma de flor de loto para incrustar una piedra preciosa, los llevaban las princesas sirias con las que unos pocos años después se desposaría el rey Tutmosis III.

—Bueno, no está mal. Al final sí que habéis recuperado algo de Djehuty —exclama Alfredo, con cierto alivio.

—Cualquier objeto, brille o no, es interesante, porque nos habla de la sociedad del momento, los gustos, la accesibilidad a recursos escasos, la técnica empleada por los artesanos…

Pero, sin duda, el Libro de la salida al día de Djehuty es lo más importante que hemos descubierto…

¿Os he contado el momento en que descubrimos la cámara sepulcral?

—¡No! Justo se te ha pasado lo más emocionante. A ver, ¡cuenta! —Berta se frota las manos como si esperara un festín.

—Después de excavar los ocho metros del primer pozo, el rais Alí y yo decidimos retirar la capa superior de tierra que taponaba la entrada a la cámara.

No había cierre de adobes, solo tierra apelmazada que caía del pozo hacia la cámara, lo que dejaba claro que alguien había entrado antes que nosotros.

Alumbramos con una linterna y vimos que la cámara era de dimensiones mayores de lo normal, y que estaba llena de tierra y piedras.

Nos colamos dentro y nos arrastramos por el interior hasta llegar al fondo.

Para nuestra sorpresa, descubrimos que, junto a la pared del fondo, se abría un segundo pozo en el suelo.

Estaba rodeado de grandes bloques de piedra que, en su día, debieron rellenar el pozo, y alguien seguramente los retiró para poder bajar.

Ahora, estos bloques nos complicaban el descenso, porque estaban muy inestables y no queríamos modificar su posición antes de documentarlos bien.

El rais Alí se remangó la galabeya y se deslizó como un felino.

Yo le seguí con más torpeza y por poco causé un estropicio, pero Alí, siempre atento, salvó la situación.

Al fondo del pozo, nos tomamos unos segundos, respiramos y tragamos saliva antes de iluminar el interior.

En primer término, estaban los bloques caídos del techo y, al fondo de la cámara, había una acumulación de piedras de mediano tamaño que llegaba casi hasta el techo.

Entramos despacio, procurando no pisar nada delicado, y buscamos un sitio donde colocarnos en cuclillas para mirar a nuestro alrededor con detenimiento.

Iluminamos aquí y allá con la luz tenue que habíamos bajado.

El rais Alí rompió el silencio mascullando unas palabras en árabe, y luego cambió a su peculiar pero efectivo inglés: «¡Malditos!

Los egipcios son terribles. Todos son unos ladrones.

No respetan nada. ¡Ladrones! ¡Es terrible!

». A pesar de que los indicios eran más que elocuentes desde el principio, no pudo reprimir su malestar al comprobar que la tumba había sido robada y que no quedaba en la superficie nada del equipamiento funerario, ni rastro del ataúd. Solo bloques de piedra y tierra.

»En ese momento, iluminé las paredes, descubriendo que conservaban mucho texto escrito y que incluso el techo estaba decorado, con la figura de la diosa Nut, rodeada de letras y más letras.

«¡Mira, Alí! Todo está escrito, la cámara está enteramente escrita.

Mira el techo, es increíble. Esto es un gran descubrimiento».

Alí comprendió rápidamente que sí merecía la pena, que sí era algo excepcional, y se le humedecieron los ojos.

Yo le expliqué como pude, también con los ojos llorosos y el sudor cayéndome a borbotones por la cara, que se conocían muy pocas cámaras escritas así, en Luxor, en las tumbas de los nobles.

Y que, para los egiptólogos, esto era importante, muy importante.

Al ver mi cara de asombro y felicidad, se le fue transformando el gesto, se le iluminaron sus ojillos rasgados y la sonrisa ya no se le quitó hasta que regresamos al exterior.

Hay una foto, no me acuerdo quién la sacó, que capta la expresión de Alí cuando subimos y nos reunimos con el grupo.

No cabe en sí mismo. En los ojos y en la sonrisa lo cuenta todo.

Como por arte de magia, como si de un espíritu del más allá se tratara, en ese preciso instante, el rais Alí entra sigilosamente en la tumba.

Viene acompañado de sus fieles ayudantes, Hassín y Basam, para ver cómo estoy y si necesito algo.

Me traen algo de almuerzo y agua, por si no tengo.

Los tres se reúnen con nosotros al fondo del todo, junto a la boca del pozo.

Tutu está tan adormilado que ni ladra ni se inmuta, y en el último momento, desde su posición repanchingada y con el mínimo esfuerzo, mueve el rabo golpeando el suelo media docena de veces.

Berta y Alfredo no se lo pueden creer, van a conocer al mismísimo rais Alí.

Hago las presentaciones de rigor. Ellos halagan al rais, y este se lleva la alegría de la mañana.

Alí les cuenta que viene de una familia de capataces, de Qift, de donde provienen los mejores de Egipto, desde la época de Flinders Petrie.

Luego les insiste en que el Proyecto Djehuty es el mejor de todos en los que él ha trabajado, y que los egipcios y los españoles, colaborando mano a mano, consiguen grandes cosas.

Y termina diciendo que Ramsés II está de nuestra parte y nos protege, y que, si trabajas bien, eres honesto, tienes las manos limpias y el bolsillo vacío, todo te saldrá bien porque Dios estará de tu lado.

Como buen relaciones públicas que es, sugiere que nos hagamos unas fotos junto a Djehuty y sus padres, y posamos todos de varias maneras, siguiendo sus instrucciones.

Berta y Alfredo terminan su visita recorriendo el exterior.

Miran ahora las cosas de otro modo, se fijan en los detalles y valoran el mérito tanto de lo antiguo como de lo moderno.

Nos intercambiamos los contactos y planeamos vernos algún día por Madrid, o en cualquier otro sitio.

«A lo mejor el año que viene nos animamos y venimos a veros en plena excavación.

Es una amenaza», bromea Berta con un gesto rebosante de alegría e ilusión.

«Sería estupendo. Nos encantan las visitas y Tutu ya os ha cogido cariño», los animo.

Tras la despedida, regresamos a nuestra rutina: Tutu se hace un ovillo y vuelve a cerrar los ojos, y yo continúo corrigiendo dibujos hasta la hora de comer.

Asab viene a buscarnos con la camioneta y regresamos a casa.

Tutu va rápidamente a saludar a Mohamed Saguir, mientras que Karim se escabulle en la cocina, pues después de dos meses no ha conseguido superar del todo su miedo a los perros.

Al menos ya no sale despavorido, pero prefiere evitar riesgos.

Karim ha preparado su famosa versión de pollo al chilindrón, que está deliciosa.

Pero comer solo nunca fue de mi agrado. Se echa mucho de menos al grupo, y no solo yo, los cuatro les echamos de menos, y es que los días de campaña son muy intensos y unen mucho.

Sin querer, la mente ya está pensando en la próxima campaña, cosas que hacer en el yacimiento, cosas que mejorar en la casa.

El tiempo pasa volando y pronto regresará el bullicio.