2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #8
—También eso tiene su enjundia. Los egipcios percibían y describían la realidad a menudo como una dualidad formada por dos contrarios, que muchas veces están en permanente conflicto: el valle fértil y el desierto, Osiris y su hermano Seth, y luego la rivalidad entre Horus y Seth…
No se entendía el uno sin el otro. El faraón, por ejemplo, necesitaba la figura de los enemigos, ¿para qué?
: para demostrar sus capacidades como buen administrador y como buen general.
Si no había rivales, ¿cómo ponía de manifiesto que era el mejor?
A falta de enemigos en la batalla, el rey se iba de cacería; el caso era tener un rival al que derrotar.
Sin oposición no hay mérito, y cuanto mayor fuera la oposición, más valor tendría el triunfo final, tanto a nivel colectivo como personal.
—¡Eso está bien! La caza como sustitutivo de la guerra. Y llega hasta nuestros días, con los nobles y la clase alta yéndose de cacería. Sin embargo, la oposición es aquí un poco desigual, ¿no? —protesta Berta.
—Las inscripciones egipcias en esto también son muy claras.
Los juicios tenían que dirimirse entre personas de igual posición social; no podía celebrarse un juicio entre dos personas de nivel social distinto, pues la desventaja sería flagrante.
Así de claro lo dicen. Y las peleas, tanto entre animales como entre un hombre y un animal, debían plantearse al mismo nivel, como las peleas entre dos toros bravos.
Y cuando al faraón se le representaba cazando toros bravos, por ejemplo, su epíteto en la escena era «toro victorioso».
Se trataba de plantear una oposición con igualdad de oportunidades para todos.
Al menos esa es la teoría. La práctica, por supuesto, tanto antes como ahora, es ya otro cantar.
»No nos vamos a desviar ahora a hablar de las oposiciones en España, que entonces nos deprimimos, ¿eh?
Es una pena que no podáis bajar y ver la cámara pintada.
Pero a la entrada, en la pared nueva que levantamos delante de la fachada, colocamos una foto grande, casi a escala 1/1, del techo y de la viñeta de la barca solar con Djehuty y Ra-Horakhty.
A mí me llama mucho la atención el interrogatorio que le hacen las partes de la barca solar para comprobar si es merecedor de subirse a ella: los remos, el timón, el mástil…
Todas esas partes le preguntan a Djehuty y este responde el nombre secreto de cada una, pues saber el nombre de algo significaba tener poder sobre eso, poderlo controlar y manejar a tu conveniencia.
Para expresar la tensión del interrogatorio, las preguntas se escribieron en rojo y las respuestas de Djehuty en negro.
La tinta roja se reservaba para remarcar algo, fundamentalmente para escribir el título de cada capítulo, como nosotros usamos hoy la negrita en el ordenador.
—Lo de que acompañen el texto con viñetas es muy curioso, ¿no? Es casi como el precedente del cómic, narrar con imágenes una historia—interviene Alfredo.
—Pues sí, pero hay más. Antes de subirse a la barca y comenzar el interrogatorio, están los denominados capítulos de las transformaciones.
Uno de ellos le daba a Djehuty el poder de transformarse en golondrina, para poder salir y entrar de su tumba; salir al amanecer para disfrutar de las ofrendas invocadas en la capilla y volver a las profundidades de la tumba por la noche para esperar el paso de la barca solar por el subsuelo y subirse a ella.
Otro capítulo le otorga el poder de adoptar la forma y la cualidad principal de una flor de loto, que encarnaba la capacidad de renacer, al observar los egipcios que la flor se cerraba completamente por la noche, como si muriera, para luego abrirse con los primeros rayos de sol, como si volviera a la vida.
Por eso, en muchas escenas de banquete, los comensales, aparte de comer y beber, aparecen oliendo una flor de loto o llevándola en la mano, para contagiarse de la capacidad de renacer cíclicamente.
Otros sortilegios convertían a Djehuty en serpiente o en cocodrilo.
La serpiente, al mudar la piel, también se asociaba con el renacer cíclico, y la apariencia de cocodrilo infundía miedo entre sus detractores, quienes pretendían que no alcanzase su objetivo, la vida eterna.
Con otro propósito bien distinto y a otra escala, este último sortilegio se parece a la capacidad que decía tener el faraón, gracias a la intervención de la divinidad, de adoptar distintas formas para derrotar a sus enemigos, metamorfoseándose, según las circunstancias, en un león, en un toro, en un halcón o en una esfinge.
Y como el aspecto físico es importante en estos cuatro capítulos, cada uno va acompañado de una viñeta que muestra, para que no haya ninguna duda, cómo es una golondrina, una flor de loto, una serpiente o un cocodrilo.
—Lo de las transformaciones me recuerda a la Odisea, a cómo Odiseo es capaz de superar algunos de los obstáculos que se encuentra en su camino adoptando distintas apariencias.
¿Uno de sus epítetos no es «el de las múltiples transformaciones»?
Es que la Odisea es uno de mis libros favoritos, desde pequeña.
Me parece interesante descubrir los puntos en común del pensamiento de los antiguos egipcios y el de los griegos.
No solo en lo de las transformaciones, sino también en lo que has dicho antes de que el conocimiento es poder y que se accede a la vida eterna a través del conocimiento de la divinidad, de su complejidad y sus múltiples manifestaciones.
¿No es la escuela neoplatónica la que se basa en algo similar, en la salvación a través del conocimiento?
—Berta ahora demuestra, sin pretenderlo, que sus lecturas han ido más allá de la afición a la egiptología—.
Bueno, esto es simplificando mucho. La filosofía griega no es mi fuerte, que yo soy ingeniera.
Esto es lo que creo recordar del instituto, hace ya ni se sabe de años.
Pero es que, claro, los griegos en época clásica venían a Egipto a estudiar y aquí aprendían matemáticas, astronomía, medicina, y quedaban fascinados con sus costumbres, con la religión y la comparaban con la suya, ¿no?
Algo del antiguo Egipto les calaría, digo yo.
Y ellos se sentían herederos de la sabiduría de los antiguos egipcios.
¿No es verdad que muchos de los textos griegos clásicos más famosos se han hallado en Egipto?
Y los griegos no solo aprendieron de Egipto, sino también de Mesopotamia, de los persas, quienes a su vez heredaron la sabiduría de los asirios, babilonios y sumerios.
¿No es así? A lo mejor estoy metiendo la pata. Ves, yo también suelto mi rollo.
—Ha estado muy bien. Estoy totalmente de acuerdo.
Europa, a excepción de los griegos antiguos, no ha querido asumir que sus raíces, lo que tan orgullosos llaman «cultura o pensamiento occidental», están al otro lado del Mediterráneo y más allá.
Las ideas y el conocimiento no tienen fronteras políticas; desde luego, no las actuales.
En la Antigüedad y también ahora, todo fluye y se contagia al margen de las fronteras políticas.
Unos cogen una cosa, otros cogen otra, y la funden con lo que ya tenían, agitan un poco el cóctel y así vamos evolucionando, no sé muy bien si para adelante o para atrás, pero eso es otro tema.
»Para entender el mundo antiguo hay que tener muy presentes las rutas comerciales.
Estas, en muchas ocasiones, no solo ponen en contacto dos o más culturas, sino que, con frecuencia, operan al margen de las estructuras políticas.
Las ideas y el conocimiento viajan más con el comercio que con los ejércitos.
Bueno, esto me lo acabo de inventar; habrá que darle una vuelta, porque a veces no ha sido así, y es verdad que el comercio, el ejército y el conocimiento han ido, los tres, muchas veces de la mano, como en la expedición al Punt de Hatshepsut, en las campañas de Tutmosis III en Palestina y Siria, o en la conquista de Egipto por Napoleón.
El descubrimiento
—El Egipto antiguo puede brillar incluso más si se le relaciona con otras sociedades y culturas antiguas, y también con nuestro mundo actual, mostrando que no es algo ajeno a nosotros.
Pero es verdad que a los especialistas les da miedo caer en anacronismos o en falsas analogías; y por otro lado, hay tantas fuentes que analizar y considerar, arqueológicas y textuales, que uno no tiene tiempo de aventuras más allá del ámbito de su especialidad.
—Y volviendo a Djehuty, ¿no habéis encontrado nada de su ajuar?, ¿nada que se pueda asociar con él? —indaga Berta, incansable.
—A los pocos días de descubrir su cámara sepulcral nos visitó en el yacimiento una amiga restauradora egipcia.
Quise enseñarle la cámara pintada; bajamos el pozo con la escalera de madera y nos descolgamos como pudimos por el segundo pozo.
Al fondo de este último se había acumulado un metro de tierra y, desde allí, asomamos nuestras cabezas, pues no quería remover demasiado el interior antes de documentar bien cómo lo habíamos encontrado y comenzar una excavación sistemática.
En ese momento, junto a ella, asomando de la tierra, llamó mi atención un pequeño objeto de brillo metálico.
Sin hacer ningún comentario, sugerí que subiéramos sin pisar demasiado el relleno sobre el que estábamos.
Días después, la excavación del segundo pozo sacó a la luz un grupo de siete pendientes y seis cuentas en forma de conchita, las cuales podrían haber formado parte de un cinturoncito que solían llevar las bailarinas.
Cuatro cuentas estaban talladas en cornalina, una en amazonita, de color azul claro, y una sexta era de metal, de electro.