2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #7
—Y entonces, claro, al no tener la momia no sabemos a qué edad murió Djehuty, ¿no?
¿Y no podemos tener una idea por otros medios?
Y Djehuty, ¿escribió él su propio Libro de los muertos o lo encargaría a otros escribas?
¿Crees que llegó a ver su tumba acabada?
La verdad es que me raya no saber qué ocurrió, cómo murió, cómo le enterraron…
—Berta se ha metido en la historia y lo quiere saber todo.
Sin pretenderlo, toca la esencia de la Historia, que es formularse preguntas.
Pero las fuentes de información no siempre tienen respuesta para todas las preguntas.
—Sabemos muchas cosas. Todas no, pero muchas sí.
Lo que pasa es que cuanto más sabes, más quieres saber.
Djehuty debió de morir a una edad adulta, quizás entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años.
Al menos, esa es mi intuición. Ni joven, ni viejo.
Hatshepsut mandó la expedición al Punt al año siguiente de que ella se coronase rey, que corresponde al año siete de su hijastro Tutmosis III, el legítimo faraón.
En ese momento, Djehuty ya era supervisor del Tesoro, es decir, que tendría unos treinta años o por ahí.
Y luego debió de vivir casi completos los quince años de reinado de Hatshepsut, los que siguieron hasta llegar a los veintidós, que es la fecha de su última inscripción con la datación oficial.
No parece que Djehuty viviera más que ella.
Eso nos pone en unos cuarenta y cinco o cincuenta.
Para el antiguo Egipto eso ya era una edad considerable, pues la mayoría fallecía en torno a los treinta, los que sobrevivían a la alta mortalidad infantil, claro está.
»No creo que Djehuty bajara al fondo del pozo para escribir él su Libro de los muertos ; al fin y al cabo, era supervisor del Tesoro, ahí es nada, y ya estaba entrado en años.
Contaría con un par de «becarios», o asistentes, que le harían el trabajo sucio.
Aunque sí es verdad que puede que descendiera al menos una vez, para ver cómo había quedado la cámara sepulcral terminada.
Tuvo que haber sido él quien decidiera que había quedado demasiado pequeña, y que había que ampliarla picando dos de las paredes que ya estaban enteramente escritas, para luego reescribirlas.
A otro le hubiera dado igual que la cámara fuera justa de tamaño.
Solo él tomaría esa decisión, que, además, fue desacertada, pues cuando estaban retranqueando la segunda pared, al aumentar el hueco de la sala, se vino abajo parte del techo.
Debió de ser un lío, un desastre, pues los bloques que se desprendieron eran de gran tamaño, y otros se quedaron en equilibrio inestable y amenazaban con caerse.
»Yo me imagino que, si no estaba ya muerto, Djehuty debió de morirse del disgusto, pues los bloques caídos no llegaron nunca a retirarse.
La cámara se quedó tal cual, con el derrumbe en medio y dos paredes inacabadas.
Después del accidente, nadie volvió a entrar allí.
El ataúd y el cuerpo momificado de Djehuty no llegaron a ser depositados en su cámara sepulcral, sino en la antecámara.
Curioso, ¿no? Tanto esmero en prepararse su cámara sepulcral, toda escrita, pensada al detalle, con la diosa Nut lista para abrazar el ataúd desde arriba…
para que luego vayan y te entierren en la antecámara, sin tus textos, con las paredes y el techo sin decorar, con la roca desnuda, ni siquiera blanqueada.
El juicio final
Berta y Alfredo se quedan en silencio, dándole vueltas a mis palabras.
A los dos se les nota perplejos y yo apostaría a que lo que estaban pensando era que sobre Djehuty pesaba algún tipo de maldición: el techo de su querida cámara sepulcral se derrumbó cuando ya estaba casi terminado, luego sufrió la damnatio memoriae y le picaron su cara, le borraron el nombre.
Al pobre le pasó de todo. Berta sigue metida en la historia y continúa con las preguntas:
—La tumba y la vida de Djehuty están llenas de leccioncitas, ¿no? Si hubiera tenido un hijo, a lo mejor este se habría preocupado de reparar la cámara, o de hacer algo…
—Me temo que lo de las leccioncitas es más cosa mía.
Como en el CSIC no doy clase y no tengo alumnos, pues a quien pillo por banda le suelto mis leccioncitas —contesto, tratando de hacerles sonreír—.
El deber del hijo, antes de heredar, era enterrar a su padre.
Tal vez de ahí venga lo de «Honrarás a tu padre y a tu madre».
Probablemente a lo que el mandamiento bíblico se refiere no es a que les tengas que tratar bien en vida, con respeto —que también—, sino que, llegado el momento, los entierres como es debido y cuides de su memoria, de su culto funerario.
El hereu solía ser el hijo mayor, aunque no necesariamente; como la historia de José en la Biblia, que no era el hermano mayor y, sin embargo, fue el elegido.
Las inscripciones egipcias se refieren al heredero como «su hijo, su amado», porque, en realidad, el verbo «amar» se refiere a «elegir»; «el hijo amado» es «el elegido» para suceder a su padre, para heredar.
»Para su desgracia, Djehuty no tuvo hijos, y quienquiera que le enterrase debió de querer quitarse el muerto de encima lo antes posible, nunca mejor dicho.
Pero, de nuevo, lo malo acaba teniendo una cara buena.
A Djehuty le enterraron donde no estaba previsto, en la antecámara.
Llegaron los saqueadores y allí le encontraron, le robaron, le quemaron y se fueron.
¿Qué pasa entonces? Pues que los saqueadores no entraron en la cámara sepulcral, ¿para qué?
, si no había nada que robar. De esta forma, los textos de las dos paredes que no se llegaron a picar para ampliar la cámara, y el texto escrito en el techo no sufrieron el incendio y no se ahumaron.
Los textos quedaron tal cual se escribieron.
No tenemos la momia de Djehuty, no, pero tenemos su alma, su inteligencia, su creatividad, la expresión de sus creencias, de sus aspiraciones más profundas.
No podemos confirmar a qué edad murió, ni la causa de su muerte, no sabemos qué enfermedades o achaques padeció, pero a cambio tenemos su espíritu.
Si hay que elegir, yo prefiero lo segundo.
—¿Y qué nos dice el Libro de los muertos de Djehuty de su espíritu? Porque el Libro de los muertos era un texto estandarizado, ¿no? ¿No era siempre igual? —cuestiona Alfredo, tratando de mostrar que en su día fue un estudiante aplicado.
—Sí y no. En realidad, no existía un «libro» como tal.
Como sabes, es un conjunto de sortilegios, que nosotros llamamos capítulos.
Cada individuo podía elegir unos u otros, y hacer su propia composición, más larga o más corta, según sus gustos y sus posibilidades económicas.
Claro que, por un lado, los talleres de escribas a veces tenían versiones ya preparadas, con espacios en blanco donde insertar el nombre de quien lo comprara.
Igual pasaba con los ataúdes: unas veces se encargaban y otras ya estaban listos, esperando comprador, y las inscripciones se adaptaban luego al cliente.
Por otro lado, había modas, y cada época tenía secuencias de capítulos que tendían a repetirse en todos los ejemplares.
También hay unos capítulos más importantes que otros, hay algunos que no debían faltar, como el número 125, que es la declaración del difunto en su juicio final.
Aun así, cada versión es algo diferente, tanto el texto como las viñetas, y de alguna forma refleja la personalidad, gustos y preferencias del propietario.
Djehuty, al escribir el Libro de los muertos en tres dimensiones, ya está marcando estilo.
Además, recordad que él es el primero o de los primeros en incluir el juicio final.
—¿Y cómo era lo del juicio final en Egipto? —pregunta Berta mientras toma un sorbo de agua.
—Mi profesor en Baltimore, que se llamaba Hans Goedicke y era austriaco, nos insistía en que la literatura, los mitos, el mundo de los dioses y el mundo funerario se inspiran y reflejan aspectos de la vida cotidiana sobre la tierra.
En este sentido, nos recordaba que, para que haya un juicio, ha de haber previamente una acusación.
Sin acusación no hay juicio. En el cristianismo esto se resuelve con el pecado original.
Al nacer ya con un pecado, es decir, con una falta, estamos predeterminados a ser juzgados.
En el antiguo Egipto se suponía que tus oponentes, que siempre los hay, te acusaban de haber cometido en vida una serie de pecados o faltas.
El difunto, en pleno camino hacia el más allá, tenía entonces que negar todos los cargos que se le imputaban y convencer al tribunal y al juez supremo, Osiris, de su inocencia.
Esto es lo que se denomina la «confesión negativa», recogida en el capítulo 125, que está escrito a ambos lados de la diosa Nut, en la parte central del techo.
El tribunal, como era de esperar, le da la razón al difunto y le declara «inocente», «justificado», en egipcio literalmente «justo de voz»; es decir, que su declaración se consideraba la verdadera y no las acusaciones de sus detractores.
De ahí que, en las inscripciones, el nombre del individuo, hombre o mujer, vaya seguido del epíteto «justo de voz» o «justa de voz».
Y para que no quepa ninguna duda, el nombre del difunto va precedido del nombre de Osiris.
Igual que si nosotros escribiéramos en una lápida «El cristiano Juan, inocente…
», los egipcios escribían «El Osiris Ahmose, justo de voz… ».
—¿Y de dónde salen esos detractores, los que acusan al difunto de todas esas faltas? —pregunta Alfredo, tratando de seguir la lógica del juicio.