2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #6
»En esta época, las cámaras sepulcrales solían ser pequeñas, lo justo para empujar dentro el ataúd y colocar apilado a los lados un pequeño equipamiento funerario, algún mueble, tal vez un instrumento musical, vasijas de cerámica con alimento o bebida, pequeños tarros para ungüentos, una caja de madera con los vasos canopos de cerámica o de piedra caliza, cajas con telas de lino bien dobladas, un juego de senet , un estuche de escriba y, tal vez, un papiro dentro de un estuche de cestería.
En el caso de Djehuty, todo esto habría sido colocado en la antecámara.
—¿Cómo son de grandes las cámaras? —Alfredo busca el dato.
—La cámara sepulcral medía unos tres metros por tres metros.
Y tampoco era muy alta, lo justo para poder estar de pie, como un metro setenta o muy poquito más.
Lo original de Djehuty es que decidió decorar las cuatro paredes y el techo.
Bueno, «decorar» es un decir; lo que hizo realmente, haciendo honor a su título de «escriba», fue escribirlas de lado a lado con pasajes del Libro de los muertos.
En esa época, las cámaras sepulcrales no se decoraban.
De hecho, se dejaban toscas, con la roca vista y apenas pulida.
Djehuty alisó las paredes y el techo, los cubrió con un mortero de barro para igualar la superficie, y luego con mortero de cal, de tal forma que la sala acabó toda blanca.
La idea de fondo podría haber sido emular un huevo.
—¿Un huevo? ¿Y eso? —se sorprende Berta.
—Sí, un huevo. Porque los antiguos egipcios pensaban que la vida se originaba dentro de un huevo, un huevo blanco, y precisamente lo que él quería era volver a nacer en su cámara sepulcral y, para ello, qué mejor que convertirla en un huevo.
Luego, escribió ese huevo generador de vida con el Libro de los muertos .
Los antiguos egipcios lo llamaban el Libro de la salida al día , pues consistía en una selección de sortilegios que, supuestamente, ayudarían al difunto a ir superando los sucesivos obstáculos y pruebas hasta alcanzar la vida eterna, y así, renacido en el más allá, lograr salir volando de la cámara sepulcral, como una golondrina, con los primeros rayos del amanecer, y disfrutar de las ofrendas en su capilla de arriba.
»La composición funeraria del Libro de los muertos comenzó a redactarse unos años antes de la época de Djehuty, y se escribía sobre las vendas de lino que envolvían los miembros del cuerpo momificado o sobre el sudario que embolsaba al difunto de pies a cabeza.
Pero escribir con pincel sobre tela no resulta nada fácil, por lo que las primeras versiones suelen ser cortas y con pocas viñetas.
Justo después de Djehuty, comenzó a escribirse sobre papiro, lo que facilitó mucho el trabajo del escriba, y las versiones se hicieron cada vez más largas y con más viñetas.
Y entre los sudarios y los papiros está Djehuty, que escribió su Libro sobre las paredes y el techo.
Es una versión en tres dimensiones, lo que le permitió al escriba ubicar los pasajes según su contenido.
Por ejemplo, los capítulos que le aportaban el conocimiento de las almas del cielo se escribieron en el techo, mientras que el capítulo que describía las catorce regiones del inframundo se compuso en un registro que recorre la parte inferior de las paredes.
Aquellos que le proporcionarían protección contra la picadura de serpiente o de escorpión se escribieron en el escalón que hay que descender para entrar a la cámara.
No hay otro Libro de los muertos igual a este, es una genialidad.
La voz me tiembla un poco de la emoción, me atraganto por unos instantes y trago saliva para suavizar la garganta, que se ha quedado seca de golpe.
Me viene a la mente un carrusel de imágenes del descubrimiento de la cámara sepulcral, del techo, de subir y bajar la escalera, de estar cara a la pared observando el trazo de pincel del escriba. Me recompongo y continúo.
—El hecho de que se escribiera sobre mortero de cal, es decir, sobre estuco, permitió a los escribas a las órdenes de Djehuty desarrollar una versión larga del Libro de los muertos y acompañar algunos de los pasajes con viñetas.
Por otro lado, aquí se ve excepcionalmente bien, mucho mejor que en los papiros, cómo los escribas movían el pincel para trazar cada signo.
Se puede seguir el movimiento de la mano, que a veces es distinto a cómo uno pensaría que se habría trazado el signo.
Esto es interesante de observar, y es que los egipcios agarraban el pincel no como nosotros cogemos el lápiz o el bolígrafo, cerca de la punta y apoyando parte de la mano, sino que lo hacían más parecido a los orientales: cogían el pincel a media altura, a unos diez centímetros de la punta y de la superficie sobre la que escribían.
Esto implica que los escribas, más que escribir los signos, los pintaban.
No por casualidad, la palabra para «pintor» en egipcio antiguo deriva de la palabra «escriba».
En las escuelas de escribas se aprendía a escribir y a dibujar a la vez, pues se trataba de adquirir soltura en el manejo del pincel.
Casi la única diferencia entre las dos actividades es que mientras que los pintores mezclaban los colores con un aglutinante, tipo goma arábiga o cola de pez, los escribas no utilizaban nada de esto y simplemente diluían en agua la tinta negra o roja, que eran las que se utilizaban para escribir.
Sobre el estuco se pueden ver, además, las veces que el escriba tenía que mojar el pincel en el tintero para recargarlo.
También se distinguen muy bien las correcciones, cómo borraban con la uña y reescribían un signo o una palabra cuando se percataban de que se habían equivocado.
Este tipo de detalles, de cómo se escribieron las paredes y el techo de la cámara sepulcral de Djehuty, lo comenzamos a estudiar Lucía y yo hace ya varios años.
Lucía es ahora también investigadora del CSIC.
»Por otro lado, en la cámara sepulcral se aprecia que los escribas estaban realizando el trabajo más rápido de lo normal, con prisas.
Probablemente, Djehuty acababa de morir o estaba a punto.
Las líneas que separan las columnas de texto no las trazan del todo bien, y eso, para un egipcio, era básico.
En una de las viñetas, la figura de Djehuty subido en la barca solar y el propio dios Ra-Horakhty son dos siluetas grises, en las que no se incluye ningún detalle interno.
Y esa es una viñeta crucial, porque es cuando por fin Djehuty, tras demostrar que conocía el nombre secreto de cada una de las partes de la barca, conseguía unirse al dios solar y así viajar con él durante la noche para renacer a la mañana siguiente.
La figura de Nut, la diosa del cielo nocturno, pintada a gran tamaño en el centro del techo, el sitio más importante de la sala, tiene las manos hechas a brochazos sueltos, y se salen del espacio reservado para la viñeta.
»Estos defectos, lejos de afear, hacen que las figuras sean más atractivas, más humanas.
Lo inacabado, lo imperfecto transmite más fuerza expresiva.
La cámara de Djehuty, precisamente por estar inacabada, por haberse hecho de prisa, tiene algo especial: se ve muy bien el proceso, la mano del escriba y del artista.
Esto pasa mucho en nuestro yacimiento. Uno siempre quiere encontrar las cosas enteras, completas, las vasijas, los objetos, y las tumbas intactas, perfectas…
pero, en realidad, de donde se obtiene más información es de las tumbas inacabadas y de los objetos rotos, pues solo así puedes ver de qué se hicieron y observar detalles de su elaboración.
—Lo de escribir en el techo, dentro de la montaña, a doce metros de profundidad, en una sala pequeña, medio a oscuras, debió de ser tremendamente difícil, ¿no? ¿Cómo es que se complicaron tanto la vida? —interrumpe Alfredo, para provocar una pequeña pausa y relajar un poco el tema.
—Pues porque te tienes que imaginar a Djehuty, momificado, dentro de su ataúd.
Estaría mirando al techo toda la eternidad y, por ello, se convierte en su guía: en él se escribe lo más importante, lo que le salvará.
Quinientos años antes, en la dinastía XII , algunos de los ataúdes de la élite tenían la parte de la tapa que quedaba por dentro escrita con un «reloj de estrellas » , una especie de tabla Excel que ayudaría al difunto, que estaría dentro del ataúd mirando hacia arriba, a saber en todo momento la hora de la noche en la que se encontraba, para así no extraviarse en la oscuridad.
Pues en la dinastía XVIII , quinientos años después, Senenmut y Djehuty se inspiraron en estos ataúdes para decorar el techo de sus tumbas con otro tipo de información, pero en ambos casos también relacionada con el cielo nocturno.
Senenmut plasmó en su techo una visión «científica» del cielo, un mapa astronómico, una guía de estrellas y constelaciones.
Djehuty, sin embargo, se decantó por describir el cielo nocturno desde una perspectiva religiosa, y escribió aquí los capítulos que se refieren al conocimiento de las almas del cielo, las que están en el cielo del norte, del sur, del este y del oeste.
Son las almas que le están esperando y que le protegerán.
El esfuerzo de escribir en el techo sí merecía la pena.