2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #5
»En el caso de Djehuty, podemos deducir que su tumba fue reutilizada en distintos momentos, y que fue saqueada también en repetidas ocasiones; la primera vez, poco tiempo después de su entierro.
Su pozo fue vaciado y rellenado varias veces, por lo que no podemos saber a ciencia cierta qué se dejó dentro y qué se coló con los sucesivos rellenos.
Por ejemplo, si de una vasija de cerámica encontramos dos o tres trozos, no podemos saber si se habría depositado dentro en algún momento, pero si encontramos diez fragmentos que pegan entre sí y que completan dos tercios de la vasija, pues ya se puede deducir que, tal vez, esta sí pudo haber formado parte de alguno de los equipamientos funerarios que se dejaron aquí.
En arqueología, igual que en historia, es importante usar mucho el «tal vez», «pudiera ser», «todo parece indicar», pues, igual que en muchas otras facetas de la vida, de pocas cosas alcanzamos a estar cien por cien seguros.
El tiempo parece haberse detenido. Berta y Alfredo parecen estar cómodos y noto que ahora hablo más pausado y con un tono de voz más bajo.
La roca de la montaña y las dimensiones de la sala hacen que la acústica sea ideal; y sería idónea también para pronunciar en voz alta la lista de ofrendas que está tallada en la pared izquierda, para beneficio de Djehuty y de sus padres.
—Lo que hallamos al excavar el pozo y el interior de la cámara que se abre al fondo parece indicar que Djehuty fue robado, y todo su equipamiento funerario, incluyendo su ataúd de madera y su momia, fueron quemados allí mismo, allí abajo.
Las paredes y el techo están ennegrecidos, y se confirma lo que se describe en el papiro Abbott, que relata el interrogatorio a unos ladrones de tumbas cuatrocientos años después de Djehuty: que tras saquear una tumba, romper en pedazos los ataúdes y desmembrar los cuerpos momificados, se prendía fuego a todo.
—¿Qué? ¿Le prendían fuego a todo? ¿Y eso por qué?
No sería para eliminar las huellas dactilares —pregunta Berta, poniendo un toque de humor en la conversación—.
¿Sería para evitar que el espíritu del difunto les persiguiera y les hiciera la vida imposible desde el más allá, como se dice en las maldiciones?
Pero, entonces, ¿no encontrasteis a Djehuty?
¿Y su momia? ¿Y su ataúd? ¿No están? ¡Tanto trabajo para nada!
Os llevaríais un chasco, ¿no? Menuda decepción.
—Pues no. No íbamos buscando su momia. No buscamos momias, ni tesoros.
En realidad, aunque no lo parezca y suene contradictorio, no buscamos nada, nada concreto.
Excavar es recabar información para tratar de comprender qué pasó, cómo sucedieron las cosas, conocer y entender las causas y las consecuencias, conocer y entender a una persona, a varias, a una sociedad, a una época, sus creencias, su forma de pensar, su forma de actuar, sus prioridades, sus gustos, analizar e interpretar los cambios y la evolución…
En arqueología no hay un final bueno y otro malo, todos son buenos, porque se trata de saber lo más posible sobre algo o alguien.
Además, en arqueología basta que busques una cosa, para que no la encuentres.
Pero, si estás atento, seguro que descubres otras, tal vez incluso más interesantes.
Esto es lo que se llama serendipia, ¿no?
Ir buscando algo que nunca terminas de encontrar, pero en el camino te tropiezas con otras cosas con las que no contabas y te das cuenta de que tienen igual o más valor que lo que buscabas.
Desde luego, en Egipto, y en nuestro caso, eso nos pasa mucho.
Trabajamos con hipótesis, con research questions , pero luego la excavación, como la vida, te lleva por derroteros que ni imaginabas, y siempre ha sido para bien, para mejor.
—Entonces, ¿qué descubristeis en el pozo? ¿Encontrasteis algo? —insiste ella.
—Ya voy, ahora te lo cuento. Tienes poca paciencia, ¿eh?
Pues si la historia de Djehuty tiene su enjundia hasta aquí, al fondo de su pozo funerario, su personalidad y circunstancias se reflejan de forma todavía más clara.
Recordad que él se trae a sus padres de donde quiera que estuvieran enterrados y los vuelve a enterrar junto a la fachada de su tumba, en un pozo que desciende siete metros, y dentro de una pequeña cámara sepulcral, que se abre al fondo, hacia el interior de la montaña, que para ellos marcaba el oeste —aunque realmente sea el noroeste magnético—; es decir, que los ataúdes se orientarían hacia el oeste, hacia donde se ubicaba el más allá.
»Djehuty se construye, para sí mismo, un pozo mucho más sofisticado al fondo del todo, donde estamos nosotros ahora.
Tiene una profundidad de ocho metros, y la cámara, en lugar de abrirse en el extremo oeste, que sería lo esperable, lo hace en dirección contraria, hacia el este.
Pero esta no estaba pensada para ser su cámara sepulcral, sino una antecámara, prevista para dejar aquí parte de su equipamiento funerario, provisiones, muebles y cosas así.
Al fondo de la antecámara se abre un segundo pozo, esta vez más pequeño, de tres metros de profundidad, al fondo del cual se accede a una segunda cámara, ya sí diseñada para albergar su ataúd.
Pero la cámara sepulcral de Djehuty está orientada hacia el sur.
Es decir, su pozo hace una semiespiral hacia atrás, nada común, muy extraña.
Creemos haber dado con la clave de su diseño hace apenas un par de años.
Pero esto os lo cuento más tarde, ¿vale?
Es algo complicado y, si no, os voy a liar y a perder.
—Djehuty era retorcidillo, ¿no?, como su tumba-pozo —apuntilla Alfredo.
—Sí, eso sin duda. Retorcido y un poco tocanarices.
Le gustaba jugar con la inteligencia de los demás, hacerles discurrir, como nos toca hacerlo ahora a nosotros también, si es que queremos entender el monumento y comprenderle a él.
Es increíble pensar que sus juegos y acertijos trasciendan tres mil quinientos años y que hoy les sigamos dando vueltas.
Es como lanzar al océano un mensaje en una botella y que alguien lo lea y lo descifre cientos de años después.
Como en un cuento de Borges o de Cortázar: lo más inverosímil resulta que sí sucede.
Para resolver los enigmas que ha ido dejando por su monumento, el quid está en tratar de ponerse en su lugar, adoptar su mentalidad.
A Djehuty le debía de gustar sacar de quicio a todos. Igual que a Tutu, ¿eh?
—Pero ¡qué dices! ¡Mírale!, si está aquí tumbado, tan tranquilito, escuchándote con más paciencia que un santo —le defiende Berta.
—¡Ya! Lo hace solo para llevarme la contraria. Mi voz le debe arrullar. Es que las tumbas son el lugar más fresquito de la necrópolis y el calor ya aprieta fuera. Yo tengo agua en la mochila, ¿queréis un trago?
—No, no te preocupes, nosotros traemos agua, y hasta un cacillo para ponerle a Tutu. Anda, ven, ¡toma! Aquí, a los pies de Djehuty y de sus padres, como un buen perro egipcio.
Tutu se deja querer por Berta, se incorpora despacio y da unos cuantos lametones al agua, para volverse a tumbar en plan esfinge, mirando hacia la entrada. Luego agacha la cabeza, la coloca entre las patas y se le van cerrando los ojos.
—Se porta muy bien —admito—; sobre todo teniendo en cuenta que es un perro de la calle, algo salvaje.
Lo que no lleva tan bien es la correa. Cuando le paseo por Madrid con correa y se nos cruza un perro grande, sobre todo si es macho, monta unos líos de impresión, le sale la vena gurnaui .
Somos los macarras de Malasaña, se nos van apartando del camino.
Ya somos famosos… ¡para mal! A que sí, cachorro de animal, bestia del reino.
Envuelto en letras
Berta se agacha para acariciarle la cabeza a Tutu, que se recuesta en el suelo y encoge una de las patas delanteras para que le rasque la tripa. Nos saca una carcajada a los tres. Igualito que Baloo en el Libro de la selva .
—¿Por qué no nos cuentas lo de la orientación de la cámara sepulcral de Djehuty? No vaya a ser que se te olvide —me pide Alfredo con sutileza.
—Bueno, pero de forma muy breve. Antes he mencionado de pasada que en el pozo-tumba de Djehuty, los dos pozos y las dos cámaras forman una espiral hacia atrás nada común.
Buscamos paralelos y no encontramos otra tumba igual.
La que se construyó Senenmut delante del templo de Hatshepsut, en Deir el-Bahari, es también muy especial, y tiene una antecámara, pero es diferente a la de Djehuty.
La tumba del rey Tutmosis III tiene también una antecámara y forma una pequeña espiral, pero no acaba de asemejarse.
Dándole vueltas al asunto, mirando uno de los planos que combinaba la parte de arriba con la de abajo, caí en la cuenta de que la entrada a la cámara sepulcral coincidía en vertical con la pared izquierda del pasillo de arriba.
¿Casualidad? En Egipto no hay casualidades, y menos tratándose de Djehuty.
Siguiente pregunta: ¿y qué se representa en esa parte de la pared del pasillo?
¿Os acordáis? La entrada a la cámara sepulcral se corresponde con exactitud ni más ni menos que con la representación de la diosa de Occidente, que encarna la entrada al más allá.
Djehuty hace coincidir, en un plano vertical, la entrada a su cámara sepulcral con la entrada al más allá.
¡Es genial!, ¿no? Ese es Djehuty. Lo excepcional es que lo piensa todo meticulosamente, no deja nada al azar. Todo tiene su razón de ser, su porqué.
Dibujo que muestra el estado en el que se encontró el interior de la tumba de Djehuty y cómo se solucionó la caída de escombros en la sala más profunda (dibujo de Carlos Cabrera).