Al otro lado del Nilo 2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #4
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2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #4

—Pues sí. Pero hay que ser positivos. Hemos llegado hasta aquí, ¿no?

Pues eso ya es un hito. Hay que estar contentos y muy agradecidos.

Volviendo al tema de los paneles solares, al principio estuvimos dándole vueltas a la posibilidad de instalar ventanas fotovoltaicas.

En lugar de montar planchas de polivinilo en los tragaluces del edificio de la entrada, queríamos instalar unas ventanas especiales que generan electricidad, y así evitaríamos el problema de dónde ubicar los paneles para que no se vieran.

Las ventanas fotovoltaicas se usan mucho en edificios de oficinas, sobre todo en Estados Unidos, y resulta que la fábrica casi más importante del mundo está en Ávila, porque quienes iniciaron el tinglado son de allí.

¡Es genial, ¿no?! Y allí nos fuimos Nacho, Joan y yo.

Estuvimos viendo la fábrica y tanteando con ellos distintas posibilidades, pero, al final, nuestra superficie de ventana era muy pequeña y la instalación requería cierto mantenimiento que no podíamos garantizar.

Así que desechamos esta idea, pero, de paso, nos comimos un chuletón de los que no se olvidan fácilmente, emulando a los antiguos egipcios, que soñaban con la carne, quizás porque solo la comían en determinadas ocasiones muy especiales.

—No os lo pasáis mal, ¿eh? —Alfredo sonríe de oreja a oreja.

—De eso se trata, de trabajar y de pasarlo bien.

Los escalones jalonan el camino

Un pequeño escalón marca los sucesivos espacios del interior de la tumba.

La última sala, la de las estatuas en la pared del fondo, tiene una entrada estrecha, que nos obliga a pasar de uno en uno.

Nos quedamos un rato de pie, en el centro de la sala, dando vueltas sobre nosotros mismos.

Yo me mantengo callado para permitir que la magia del lugar les envuelva.

Sin mediar palabra, nos sentamos los tres en el borde de piedra del pozo que ocupa todo el lado derecho.

Berta interviene, dando por concluida la primera parte de la explicación, que era el silencio:

—Entonces, estamos sentados en el pozo funerario de Djehuty, y al fondo estaría él enterrado, ¿no? ¿Se puede bajar? ¿Podemos bajar?

—Sí, este es el pozo de Djehuty, su verdadera tumba.

Pero me temo que no podemos bajar. Son ocho metros por la escalera vertical y, aunque es totalmente segura, de metal y bien sujeta a la pared, no podemos correr el riesgo de que algún visitante se caiga.

Por eso la reja que cierra la boca del pozo está cerrada con candado.

Y luego, además, la cámara sepulcral es pequeña y tiene cierto peligro; parte del techo ya se cayó y en el agujero se ven bloques que están de «mírame y no me toques».

Nosotros bajamos con casco, tomando todas las precauciones, y ahora lo hacemos solo cuando necesitamos ver algo concreto o para cambiar los termohigrómetros que colocamos anualmente dentro para controlar la humedad, la temperatura y el gas radón.

—¿El gas radón? ¿Para qué lo medís? —pregunta Alfredo extrañado.

—La fluctuación de los niveles de humedad y temperatura es lo que más afecta a la conservación de la capa de estuco que recubre la roca caliza de la cámara sepulcral.

Las sales de la piedra caliza, con el aumento de la humedad, migran hacia la superficie, precipitan, cristalizan y empujan la capa de estuco, separándola de la pared.

Para evitar que esto ocurra, mantenemos la entrada a la cámara totalmente cerrada con espumas de colchón que preservan las condiciones ambientales lo más estables posible y solo la abrimos en caso de necesidad.

Y el gas radón, aparte de ser cancerígeno, por lo que conviene controlar los niveles, su medición nos sirve para conocer los movimientos de aire de la cámara hacia arriba; es decir, la ventilación.

Llevamos monitorizando las condiciones medioambientales de las tumbas desde hace veinte años, pocas misiones arqueológicas pueden decir eso.

Lo hacen Sergio y Sole, dos geólogos del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que pertenece al CSIC.

Ellos elaboran asimismo las columnas geológicas que caracterizan los distintos tipos de roca en los que se encuentran ubicadas las tumbas; es decir, su contexto físico y estructural, que varía según la altura dentro de la montaña.

También se encargan de estudiar los diferentes morteros que usaban los antiguos egipcios para rellenar grietas, encajar y pegar bloques en las paredes, y cubrir la superficie para luego enlucirla o pintarla.

Según su función, varía su composición química.

Tú, que eres arquitecto, fíjate en los detalles.

Los egipcios eran unos cracks : por un lado, muy básicos, muy elementales, dispuestos a sacarle partido a lo que tenían más a mano; por otro, grandes conocedores de las características y usos de los distintos materiales y de las distintas técnicas.

—Como arquitecto, lo que me encanta es ver cómo van marcando con escaloncitos las distintas partes del monumento, dejando claro que cada estancia es un ambiente distinto: del exterior pasas al interior de la tumba, a la sala transversal, subiendo un miniescalón; de aquí entras al pasillo central mediante otro escalón; y, finalmente, accedes a esta última sala subiendo el tercero, incluso el borde del pozo tiene delante un escaloncito.

Y a medida que vas ascendiendo escaloncitos, la altura del techo va bajando sutilmente.

—Exacto, igual que en los grandes templos de la otra orilla.

Y al tiempo que te vas adentrando en el monumento, la temática de la decoración se vuelve cada vez más funeraria.

En la sala transversal, Djehuty describe con imágenes sus responsabilidades como administrador del Tesoro y sus trabajos a las órdenes de la reina Hatshepsut; también incluye una escena de banquete con sus padres, hermanos y hermanas y otra de caza en los pantanos.

Al comienzo del pasillo, la escena de caza tiene lugar ahora en el desierto y en la pared de enfrente se representa la peregrinación fluvial a Abidos, que se llevaba a cabo en vida para rendir homenaje y congraciarse con el dios Osiris, juez y rey en el más allá.

Al fondo del pasillo, se describe con detalle el ritual de la apertura de la boca, que devolverá al cuerpo momificado de Djehuty la capacidad de ver, oír, comer, andar…

Y en la pared opuesta, se representa la procesión que lleva el equipamiento funerario y acompaña al difunto hacia su tumba y al más allá, encarnado en la diosa de Occidente.

»Por último, en la sala donde estamos, aparte del nicho con las estatuas de Djehuty y de sus padres, se representan los rituales que él hubiera querido que se llevaran a cabo durante su funeral.

Los rituales los estudia José Miguel, profesor en la Universidad de Sevilla, que empezó conmigo el proyecto.

En la pared encima del pozo se plasman los momentos clave de los rituales de carácter más funerario: la decapitación de un bóvido y el estrangulamiento de dos hombres nubios, quienes supuestamente encarnaban el mal que había que eliminar para acceder a la vida eterna.

Los egipcios tenían claro que, tanto en un plano social como personal, el orden y la justicia no se instauraban con palabras, sino que se imponían mediante el ejercicio de la violencia, y en los rituales funerarios les encantaban los sacrificios sangrientos como expresión del uso de la violencia para alcanzar el bien.

—Lo de abrir el pozo al fondo del todo tiene su mérito, ¿eh?

—Berta cambia de tema, como si le incomodara que los egipcios, en determinados contextos, ensalzaran el uso de la violencia y fueran algo sanguinarios—.

Para lo profundo que es, la boca parece algo pequeña. ¿Se podría meter por ahí un sarcófago?

—La boca tiene las dimensiones justas para que un ataúd pueda descender en horizontal.

En los laterales se pueden ver, alineados verticalmente, los agujeros en la roca que los trabajadores de la época antigua hicieron para abrir y usar el pozo, para ayudarse a bajar y subir.

Incluso hoy se pueden utilizar. Uno de nuestros trabajadores más carismáticos, que lleva con nosotros desde el principio, Mohamed Yuma, prefería subir y bajar sirviéndose de ellos, en vez de mover la pesada escalera de madera que usábamos cuando estábamos excavando el pozo.

La excavación fue bastante laboriosa, la llevaron a cabo sobre todo Gema y Kamal, un sobrino del rais Alí.

Imaginaos todo esto lleno de tierra y piedras.

—Debieron de tragar polvo de lo lindo —interviene Alfredo.

—Después de depositar el ataúd y todo el equipamiento funerario dentro de la cámara sepulcral, se cerraba la entrada con adobes y se rellenaba el pozo con tierra y piedras para hacerlo inaccesible.

Mientras la parte de arriba, donde estamos nosotros, quedaba abierta al público, como ahora, nadie debía abrir el pozo después del entierro.

A veces, sin embargo, la propia familia lo reabría para depositar los cadáveres de otros familiares fallecidos posteriormente.

Vaciaban el pozo, rompían el cierre de adobe, y dentro de la cámara hacían hueco para ubicar otro ataúd.

Recolocarían lo que se hubiera dejado allí abajo y, de paso, alguno podría aprovechar para sustraer algo del ajuar.

En muchos casos, los primeros saqueadores fueron los propios familiares.

«Total, el abuelo ya no va a usar esto…».

Las creencias religiosas tienden a perder fuerza ante el pragmatismo de la realidad cotidiana, a menudo cruda y permanentemente insatisfecha.