2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA #2
»A decir verdad, llamarlo «decoración» es minusvalorar la obra.
Las escenas se conciben y se diseñan por su valor mágico intrínseco.
Luego se adornan, y los artistas, grandes observadores de la naturaleza y del ser humano, se recrean en los detalles, convirtiendo una composición mágica en una composición artística.
Pero, al igual que los textos cobran vida y lo que se decía en voz alta supuestamente se convertía en algo real —como las invocaciones de ofrendas de comida, bebida y todo lo demás—, las figuras y las escenas guardan en su interior una energía capaz de transformar en realidad física y tangible aquello que representan.
Esa energía, que da vida a los seres —hombres, animales o plantas— y también a las cosas que sirven para vivir —como la comida o la bebida—, es lo que los egipcios llamaban el ka .
Lo importante de las escenas y de los textos que vemos en las paredes es la capacidad que tienen para cobrar y transmitir vida.
Por eso, aunque el lugar quede abierto para recibir visitas, poco importa si el visitante tiene buena luz para ver bien las escenas representadas sobre las paredes del interior; no están realmente pensadas para él, o ella, sino para que le sirvan a Djehuty.
Los dos jóvenes escuchan con atención, pero comienzan a dar pequeños pasos por la sala transversal, como para estirar las piernas.
—Un caso muy curioso que muestra muy bien esto…
—De repente, me detengo—. Estoy hablando demasiado, ¿no?
No quiero enrollarme tanto, mejor me callo.
Si sigo así, vais a acabar odiando Egipto, maldiciendo la hora en la que se os ocurrió venir en bus desde Hurgada hasta aquí.
Me he convertido en una maldición peor que la de Tutankhamon. Yo soy «la maldición de Djehuty».
—Que no, que no —dice Berta riéndose—. Lo que más nos apetece es que nos cuentes este tipo de cosas, lo que no se encuentra fácilmente en los libros —insiste con tono de súplica, a la vez que busca la mirada de Alfredo para que apoye su opinión.
—Eso —asiente Alfredo—. Si hasta Tutu se lo está pasando bien. Mírale cómo va moviendo el rabillo y olisqueando toda la tumba mientras te escucha.
—Ni se te ocurra hacer pis aquí dentro, ¡Tutu!
, que nos conocemos, que por llevarme la contraria eres capaz de cualquier cosa.
Vale que en el centro de Madrid hayas dejado tu señal en todas las esquinas, pero aquí nada de nada, ¿eh?
, que si no, el espíritu de Djehuty te perseguirá, o nos perseguirá, por toda la eternidad.
Lo que no sabéis es que yo os estaba esperando como una araña en su telaraña, para atraparos y soltaros el rollo que ya no puedo soltar a otros; no me aguantan, huyen —retomo el tema con sorna, haciéndome la víctima—.
Y eso que el equipo se fue ayer. Dentro de una semana ni te cuento lo que les voy a soltar a los incautos que se acerquen por aquí.
Me voy a hacer famoso en la necrópolis. Igual que Omm Seti en Abidos, yo en Luxor.
Y a Tutu le vamos a cambiar el nombre por el de Anubis, y a teñirle de negro.
El conocimiento es poder
Reconozco que me lo estoy pasando bien, que estoy disfrutando de la conversación con Berta y Alfredo. Me gusta contar cosas, que me hagan preguntas y tener la ocasión de compartir lo que he tenido la suerte de ir aprendiendo, primero de mis profesores y luego de mis compañeros de equipo.
Sección de la tumba de Djehuty mostrando su pozo funerario y la cámara sepulcral al fondo (dibujo de Carlos Cabrera).
—¿Y qué es lo que nos ibas a contar antes? —insiste Berta, que no deja pasar una—. Nos has dejado en ascuas.
—Un caso curioso que muestra muy bien cómo, en parte, lo que nosotros llamamos «arte egipcio» no estaba pensado para ser visto.
En uno de los pozos funerarios de fuera encontramos varias «cajas de momia».
En la dinastía XXII se puso de moda meter a la momia dentro de una caja hecha con telas de lino pegadas entre sí, que acababan siendo como un cartón; lo que nosotros llamamos «cartonaje».
A la caja se le daba forma de momia y se depositaba dentro de un ataúd de madera.
Las cajas de cartonaje se pintaban con colores muy vivos y en ellas se representaban escenas funerarias llenas de minuciosos detalles, emulando en gran medida la decoración que habría sido pintada en las paredes de la tumba, pero que, por falta de recursos, no se llevó a cabo.
Pues bien, cuando estaban terminadas y relucientes las escenas de la caja de momia, venía un sacerdote y vertía una especie de betún caliente que cubría toda la decoración con una capa negra y densa, que, al secarse, no había quien la quitara.
Y así, los dioses tan cuidadosamente pintados, las escenas de la momificación del difunto y de su juicio final, todo, quedaba tapado para siempre.
Pero, eso sí, claro, el valor mágico de lo representado se mantenía intacto y, además, el color negro añadía a las figuras y a lo que estuvieran haciendo el poder de cobrar vida, porque el negro era el color asociado a la resurrección, al dios Osiris.
La caja de momia no se pintaba para ser vista, sino por el poder mágico de sus figuras y escenas en favor del difunto que yacía dentro.
—Tal vez estemos demasiado acostumbrados a asociar el arte con la estética, incluso con la decoración —continúa Berta—.
Decimos que esto es bonito, que esto me gusta, que esto no me gusta…
Pero la pintura o la escultura es un lenguaje, expresa o cuenta cosas, ¿no?
Tiene una intencionalidad. El arte religioso, el románico, por ejemplo, es un poco así: está lleno de simbología, de mensajes ocultos, subliminales, bajo un determinado canon estético.
La iconografía trata de descifrar el código, para poder entender el mensaje, ¿no?
Muchas de las obras religiosas no estaban pensadas para ser expuestas, o al menos no como están ahora.
A lo mejor las veía solo una minoría, o solo se mostraban en ocasiones especiales.
—¡Exacto! Eso es. Si algo está a la vista de todo el mundo, en todo momento, pierde parte de su poder mágico.
Lo mágico y lo sagrado deben permanecer ocultos para preservar su esencia.
Y esto también se aplica a los mensajes, tanto escritos como en imágenes.
Los mensajes sobre la divinidad o sobre historias sagradas no tienen que ser obvios, accesibles a todo el mundo, sino que se le pide al espectador que tenga ciertos conocimientos, que se haya iniciado, y se establecen varios niveles de formación.
El saber se convierte así en un medio para jerarquizar la sociedad.
Los antiguos egipcios lo tenían claro: el conocimiento es poder; sobre todo en el ámbito de la religión, donde está en juego el acceso a la vida eterna.
—Estar hablando de todo esto aquí es más que un sueño hecho realidad —interviene Alfredo, visiblemente conmovido—.
Aquí dentro te sientes como en una burbuja, en una cápsula del tiempo, al margen de la realidad.
Se nota la energía del lugar. Cuesta creérselo, pero estamos dentro de una tumba egipcia, la de Djehuty, en la montaña de la antigua Tebas.
Estamos en el corazón mismo de la necrópolis, como si fuéramos antiguos egipcios.
Y aquí, sentados junto a Djehuty y sus padres, es como si hubiéramos venido a visitarles, a rendirles homenaje el día de la Bella Fiesta del Valle. Solo nos falta el faldellín.
Alfredo está experimentando lo que yo he sentido muchas veces aquí dentro: una sensación de incredulidad, al sentir casi real y hasta físico el pasado remoto, como si el tiempo se hubiera encogido instantáneamente y todavía flotara en el ambiente el olor a incienso del funeral, las voces del cortejo alejándose y las vibraciones del silencio que queda después y va inundando las salas.
—¡Olé! —exclamo—. Cómo se nota que has estudiado egiptología.
Sí, yo todavía no me lo creo, no dejo de repetirme la inmensa suerte que hemos tenido y que tenemos de estar aquí.
Ni en mis mejores sueños. Ni cuando estudiaba egiptología en Baltimore se me hubiera pasado por la cabeza que algo así fuera a ocurrir; que íbamos a estar excavando en Luxor, llevando nuestro propio proyecto, y durante tantos años; somos ya casi los veteranos de la necrópolis tebana.
»Esta tumba no es de las más bonitas que están abiertas al público.
Hay otras increíbles, como la de Mena y Nakht, verdaderas obras de arte, maravillosas, o las de Rekhmira, Sennefer y Ramose.
Las pinturas de la tumba de Mena son sencillamente perfectas, muy simples, pero a la vez tan elocuentes.
El problema de Egipto es que tiene demasiado y eso hace que el visitante acabe por no valorar lo que ve.
No aprecia su antigüedad, ¡que tienen tres mil cuatrocientos años!
, y cómo los artistas plasman con naturalidad detalles del comportamiento humano, de los animales, de las plantas, la sofisticación intelectual y artística de las escenas.
Cada una de estas tumbas es una Capilla Sixtina.
¡Uf! ¡Perdón!, odio esa expresión, mejor dicho, como un cuadro del Bosco, como San Isidoro de León.
Berta gira sobre sí misma muy lentamente, como si quisiera tomar una fotografía de trescientos sesenta grados de la primera sala. Luego, comenzamos los tres a caminar muy despacio por el pasillo central hacia el interior.