2. EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA
EN LAS ENTRAÑAS DE LA MONTAÑA
La montaña me recuerda, a veces, a la imagen de Gulliver tendido sobre el suelo, panza arriba, con las piernas y brazos extendidos en cruz; nosotros somos como los enanitos que, adentrándonos en las tumbas, le hacemos cosquillas, pero él permanece inmóvil, sin inmutarse.
No se sabe muy bien si es que no nota nuestra presencia o si se está conteniendo hasta que un día se harte, decida incorporarse y volverlo todo del revés.
Cuando das el paso y atraviesas el umbral, sientes que tu cuerpo se hace pequeño.
Todo invita al recogimiento, a hablar bajo, a moverte lentamente.
No cabe seguir hablando de nimiedades, todo se vuelve solemne.
Es una sensación similar a cuando entras en una iglesia, o en una mezquita, aunque no seas creyente.
Y es que lo que nosotros llamamos «tumba» es, en realidad, una capilla.
Como tal, permanecía abierta, y su propietario deseaba que la gente —la gente de bien, claro; la que venía con buenas intenciones— se acercara y entrara.
Al leer las inscripciones y pronunciar su nombre, él cobraría vida en ese instante.
Y si el visitante no sabía leer, al menos podría ver las figuras y preguntar a alguien que sí supiera el nombre del propietario.
Berta y Alfredo no saben adónde mirar, siguen como aturdidos, esperando que la vista se vaya aclimatando a la tenue luz que ilumina las paredes.
—¡Mirad! —Les señalo—. Esta es la escena de banquete de la que os hablaba.
Se conserva bastante mal porque por esta primera sala corrió abundante agua y fue erosionando los relieves.
Aquí está el mismo arpista, rechoncho, sentado en el suelo sobre la pierna cruzada, y las dos mujeres están ahora bailando en el extremo de la escena.
El que canta esta vez es él, y su nombre está escrito aquí: «El músico Senires».
La canción que acompaña con el arpa es un himno religioso al dios creador de todas las cosas, al que surge del agua y crea el universo.
Estamos en el año 1470 a. C., más de cien años antes de los famosos himnos al dios creador de la época de Amarna, que se consideran el primer testimonio de monoteísmo.
Y es que, bajo el reinado de Hatshepsut, se da un gran impulso a la religión solar y al poder de la luz de generar la vida.
¿Vosotros sabéis cómo es el credo que se reza en misa?
¿Os acordáis? Pues a ver si os recuerda algo la oración que canta el arpista; lo que está escrito sobre su figura es la letra y se lee de izquierda a derecha:
¡Salve a ti!, que surges de las aguas primigenias, que iluminas e inundas las tierras con oro.
¡Oh, Amón!, padre de los dioses, señor del cielo, señor de la tierra y señor de las aguas.
Quien crea lo que es, quien hace crecer las plantas y produce todo lo que existe.
Quien concede el aliento de vida al que le alaba y otorga una larga vida al que le obedece.
Conc é dele salud al sereno dignatario, Djehuty, y que siga existiendo.
—¡Increíble! —susurra Berta, y traga saliva antes de continuar—: La religión egipcia verdaderamente pone en entredicho muchas cosas de la religión cristiana, ¿no? Zarandea los pilares de nuestras creencias.
—Tienes mucha razón. Pero no se trata de echar por tierra nada; o, bueno, puede que algunas cosas sí.
El quid de la cuestión es entender y asumir que el cristianismo no surge de la nada y que la religión y la cultura egipcias tuvieron mucho peso e influyeron enormemente en toda la región de Palestina, Líbano y Siria, como también lo hicieron la religión y la cultura de Mesopotamia, sobre todo a través de los asirios y los persas.
El tema de la religión es complejo y despierta muchas susceptibilidades; al final, es una cuestión de fe y la razón pasa a un segundo plano.
—Tendríamos que estudiar más historia de las religiones, ¿no? Entenderíamos mejor muchas cosas —concluye Berta.
—Sin duda. Nos haría más tolerantes. Pero ese no creo que sea el objetivo de muchos líderes religiosos. Ojalá sigamos evolucionando.
La magia del arte
Berta y Alfredo se acercan a la pared como para intentar leer el himno del arpista.
Comentan entre ellos la damnatio memoriae que sufren también los hermanos y hermanas de Djehuty que participan en el banquete, y reparan en el mono que está representado debajo de la silla de Djehuty, comiendo frutos de un cesto.
Para no saturarlos, decido no contarles que ese detalle tiene un carácter simbólico que se refiere a la vida eterna, en este caso la que se les desea a Djehuty y a su familia, y dirigir la explicación hacia la tumba en sí.
—Si os fijáis, el diseño de la tumba es similar al de los templos, con las estatuas que se veneran al fondo del todo; muchas veces, como en el caso de Djehuty, formando una tríada, un grupo de tres: el padre, la madre y el hijo. ¿Veis? Volvemos a chocar… ahora que cada uno saque sus conclusiones.
»Cuando comenzamos a excavar aquí, en enero de 2002, la parte del fondo estaba hasta arriba de escombros, de tierra y piedras.
Habían caído dentro a través de dos grandes agujeros que se abrieron en el techo de la última sala, y que comunicaban con dos tumbas ubicadas un poco más arriba, en la falda de la colina, las cuales, a su vez, conectaban con otras por encima.
Lo primero que hicimos fue traer luz eléctrica al interior para poder trabajar con cierta comodidad.
Nos enganchamos a una farola de la calle y luego al cuadro eléctrico de la caseta de los guardas.
Después de varios intentos fallidos, conseguimos frenar la caída de escombros y excavar el pasillo y la última sala.
Cuando el interior quedó todo despejado, un día se fue la luz y nos quedamos a oscuras.
Esta vez, el rayo del sol de la mañana pudo recorrer limpiamente todo el pasillo central e iluminar las estatuas de Djehuty, su padre y su madre, sentados al fondo.
No podría haber una imagen más elocuente para mostrar que estábamos dentro de un templo excavado en la roca de la montaña, un santuario rupestre.
—Pues ahora que sacas el tema de lo de la luz y la iluminación, una de las cosas que más me intriga es cómo se vería el interior de las tumbas, o de las capillas rupestres, como quieras llamarlo, solo iluminadas por el rayo de sol que se cuela por la entrada, que es muy estrecha —interviene Berta—.
Inevitablemente, entraría poca luz. ¿Se apreciarían bien las figuras de las escenas?
¿Se podrían leer las inscripciones? En la sala transversal, las paredes se verían muy mal, ¿no?
—¿Entrarían con alguna antorcha? ¿Con una lámpara de aceite?
—completa Alfredo— ¿Usarían espejos, como hacen hoy los guardas en algunas de las tumbas abiertas al público?
Sería un poco extraño que los egipcios pintaran todo con tanto detalle, con inscripciones escritas con tanto esmero, para que luego no se vieran bien, ¿no?
Berta y Alfredo, como una de esas parejas que cantan canciones románticas, se complementan para elaborar juntos la pregunta y dirigir mi respuesta.
—Acabáis de sacar un tema muy interesante, al que no se le suele dar mucha importancia cuando se habla del arte egipcio y de la decoración de las tumbas.
Sin embargo, es crucial para entender lo que se muestra en las paredes y cómo se muestra.
Los artistas de la época antigua no pintaban ni esculpían pensando en nosotros.
Esto, que es una obviedad, hay que tenerlo claro.
Pensaban en sus «clientes», en lo que estos querían, pues pintaban o esculpían por encargo; y, por supuesto, tenían en cuenta las circunstancias y las condiciones en las que su trabajo iba a ser contemplado.
»Dentro de las tumbas, o capillas, se vería mucho menos que ahora, pero hay que imaginarse que las paredes estarían pintadas con vivos colores, que resaltarían sobre un fondo blanco.
Eso ayudaría mucho. Y probablemente los visitantes, al menos algunos de ellos, entrarían con algún tipo de lámpara, hecha con un cuenco de cerámica, un poco de aceite de sésamo, que no hace humo, y una mecha de lino.
Se acercarían a una pared e irían moviéndose con lentitud, iluminando por partes la escena: las figuras irían saliendo de la penumbra una tras otra, y con el titilar de la llama parecería como si se estuvieran moviendo de verdad.
Tal vez por eso el arte egipcio es tan detallista, porque está pensado para verse de cerca, con una iluminación muy focalizada.
—Vale, sí, pero, aun así, las escenas están muy bien compuestas, muy bien compensadas —destaca Alfredo—; todo guarda un equilibrio y una proporción muy cuidada, y los colores se combinan de forma muy armónica. Es decir, que los artistas también tenían en cuenta el conjunto, la pared entera.
—Sí, tienes toda la razón. Lo que está claro es que los artistas egipcios eran increíbles, sobre todo para los medios que tenían a su disposición.
Otro aspecto a tener en cuenta es que la decoración de una tumba, igual que la de un ataúd o de una lápida —lo que nosotros llamamos una «estela»— tenía una finalidad práctica, y para conseguir ese fin se les atribuía un carácter mágico a las escenas y a las inscripciones.
Estas paredes se llenaron de figuras y jeroglíficos para ayudar a Djehuty a alcanzar la vida eterna; claro está, manteniendo la misma posición social que habría tenido en vida.
Ese es el objetivo, la verdadera razón de la decoración del monumento, del ataúd o de cualquier otro objeto del equipamiento funerario.