Al otro lado del Nilo 1. CARA A CARA CON DJEHUTY #8
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1. CARA A CARA CON DJEHUTY #8

—La verdad es que esa pared lateral tiene mucha tela, pero trataré de no ser muy pesado —les digo, apurando el último sorbo de mi té hasta que los posos se escurren por el vaso y alcanzan mis labios—.

La parte de arriba es superimportante. Hay dos figuras de Djehuty que han sido martilleadas totalmente, pero todavía se pueden reconocer.

¿Las veis? Están de pie, con los brazos levantados hacia adelante: una mira hacia afuera y la otra, hacia adentro.

Delante de cada una se ha escrito un texto en columnas que, sin embargo, se conserva en perfecto estado.

Son dos himnos religiosos, uno dedicado al dios solar Amón-Ra, dirigido hacia el exterior, y otro dirigido hacia el interior, dedicado al dios funerario Osiris-Ptah-Tjenen.

Lo peculiar es que no están escritos en el sistema convencional de escritura, sino en criptografía; es decir, en un sistema inventado que hay que descifrar para entender el mensaje.

Djehuty le plantea al visitante un juego: deducir el valor fonético de los signos observando su apariencia, que no son los signos jeroglíficos habituales que se utilizaban en la escritura, sino unos que él se inventa.

Se trata de descubrir la clave para ir reconstruyendo las palabras y las frases.

Aquí es cuando Djehuty riza el rizo y juega a ser el más listo.

Sí, creativo y original, pero tal vez a sus colegas de palacio, cuando fueran invitados a visitar las obras de su «casa para la eternidad» no les hiciera tanta gracia que Djehuty jugara con ellos haciéndoles parecer analfabetos, incapaces de leer lo escrito.

Esto es de mi cosecha, ¿eh?, porque no sabemos muy bien cómo se relacionaban entre ellos.

»A Djehuty le gustaba jugar, interactuar con el supuesto visitante y plantearle retos de ingenio y de conocimiento.

Ahora diríamos que buscaba el engagement con el usuario.

Donde se capta mejor esto es, precisamente, en el registro de debajo de esta misma pared.

En la mitad inferior se representa a Djehuty detrás de una mesa de ofrendas repleta de comida de todo tipo, mientras un arpista algo regordete toca sentado en el suelo con las piernas cruzadas, y dos mujeres le acompañan de pie, marcando el ritmo al agitar un par de sistros y de collares- menat y cantando una canción.

La letra está escrita encima de sus cabezas:

[… Djehuty], te cantamos a ti para que estés satisfecho con todo lo que te ofrecen Amón-Ra y Hathor, señora de Tebas. Que ellos te otorguen el dulce aliento de la vida.

Le doy un poco de drama a las últimas palabras, hago una breve pausa y me vuelvo hacia ellos:

—¿Qué es lo que falla en esta escena?

Miran absortos la escena y el silencio se prolonga. Se empiezan a inquietar y les hago sufrir unos segundos más.

—Pues que Djehuty está solo. Y se trata de un banquete.

En un banquete uno no está solo. El banquete era el evento social por excelencia.

Nadie banquetea solo, y en el antiguo Egipto menos aún.

Era la ocasión idónea para presumir de lo que uno tiene, de lo que puede permitirse y le sobra; era cuando se podía mostrar la opulencia al resto de la familia y en público, alardear de generosidad.

Como las bodas de hoy en día. Y, con lo que debía de ser Djehuty, supervisor del Tesoro y supervisor de Obras Públicas, ¿iba él a perder esa oportunidad?

La respuesta es… ¡claro que no! Djehuty, astutamente, en lugar de representar a sus hermanos y hermanas y demás invitados, talló en la roca, debajo de la escena del banquete, un banco, para que los comensales vinieran y se sentaran con él, de verdad, físicamente.

Les está indicando dónde han de sentarse cuando visiten su tumba el Día de Todos los Santos, la celebración que los antiguos egipcios llamaban «la Bella Fiesta del Valle», cuando se acudía a las tumbas de los familiares, se llevaban flores y se comía con ellos.

Exactamente igual a lo que se sigue haciendo hoy en nuestros cementerios.

»Una escena muy similar a esta se representa ya dentro de la tumba, pero esta vez Djehuty está sentado junto a su padre y su madre; en el registro de abajo, sus hermanos y hermanas aparecen sobre esteras comiendo y bebiendo, oliendo flores de loto y escuchando la canción de un arpista, el mismo gordito que se ve aquí, acompañado por las dos mismas bailarinas.

Es la misma composición, pero ahora con invitados.

A Djehuty le encantaba ser ingenioso, el juego visual, y la decoración está cuidada al detalle, nada se deja al azar, nada es casualidad o superfluo, todo tiene un sentido, un significado.

Y nosotros tenemos que ir siguiendo sus pasos e ir descubriendo y resolviendo sus acertijos.

Me da la impresión de que los dos se han quedado un poco apabullados con tanta información, permanecen en silencio y sus ojos van de un lado a otro sin saber dónde fijarse, buscando detalles que pudieran esconder nuevas claves.

—¿Os enseño la otra escena de banquete? ¿Pasamos dentro? —les propongo.

Ellos asienten sin pronunciar palabra y nos movemos.

Tutu nos ve entrar y desaparecer. Por un momento, duda si levantarse o no.

«¿Merecerá la pena seguirles? ¿Estarán mucho tiempo dentro?

». Finalmente se decide. Se estira alargando las patas delanteras y bajando la cabeza, y va detrás de nosotros con su caminar ligero, casi felino.

Total, dentro de la tumba siempre está uno más fresquito.