1. CARA A CARA CON DJEHUTY #7
»En su tumba, no solo sufre él damnatio memoriae , sino también la propia reina Hatshepsut, cuyo nombre, siempre escrito dentro de un cartucho, como era de esperar, se golpeó con un cincel hasta casi no dejar huella, mientras que el nombre y el cartucho de su hijastro, el rey legítimo, Tutmosis III, quedaron intactos y se han conservado en perfecto estado hasta hoy.
Probablemente, la damnatio que sufre Djehuty y la de Hatshepsut respondían a razones bien distintas y no tenían por qué estar relacionadas.
Igual que las causas son difíciles de determinar, también lo es el momento en que se perpetró la agresión.
Hoy se sabe que la damnatio que sufrió Hatshepsut en los monumentos que mandó construir y decorar sucedió unos veinte años después de su fallecimiento, hacia el final del reinado de su hijastro, Tutmosis III.
Tal vez para que no sirviera como precedente y animara a otras mujeres a aspirar a ocupar el trono, diseñado por y para hombres.
En el caso de Djehuty puede que también transcurriera un tiempo entre su fallecimiento y el intento de eliminar su recuerdo.
Probablemente los motivos fueran más banales, más tipo rencilla familiar.
O puede que no, que hubiera una razón más política y social.
Quizás Djehuty, por lo que fuese, se consideró un mal ejemplo, un modelo negativo de escriba y de directivo de la administración.
»Al menos, es reconfortante pensar que nosotros, al excavar su tumba, limpiarla, consolidar sus paredes, restaurarlas y ahora abrirla al público, con el interior iluminado con luces led, de alguna forma estamos restituyendo su memoria, manteniendo vivo su recuerdo y, así, le devolvemos a la vida, le estamos haciendo eterno, que es lo que él más quería: vivir eternamente en la memoria.
—Estaría bien que su espíritu se nos apareciera, recorriera la tumba como un fantasma y viera todo esto…
¿Qué pensaría? Estaría más que encantado…
A lo mejor, después de todo lo que os lo habéis currado, os echaría la culpa del deterioro de su tumba y de todas sus desgracias.
Pensaría que sois vosotros los de la damnatio memoriae y os perseguiría por todo el yacimiento, como una maldición.
—Alfredo se ríe de su propio chiste y se incorpora como dando por finalizado el tema.
—No creo. Eso ocurriría si fuera español, que somos muy dados a no agradecer las ayudas. Pero Djehuty no, creo que estaría agradecido y nos haría una visita guiada, explicándonos algunas claves —contesto, siguiendo la broma.
En ese momento, entra el gafir con una bandejita de metal y tres vasos pequeños con un té oscuro.
— ¿Shai, mudir? —me ofrece con una sonrisa.
— ¡Alf shukran! —acepto, dándole las gracias. Cojo un vaso por el borde, para no quemarme y les digo a los chicos—: Es té.
—No, gracias, estamos bien. —exclaman los dos a la vez llevándose la mano al pecho en señal de sincero agradecimiento.
—¡Venga, animaos! Coged el vaso, que el pobre hombre lo ha traído hasta aquí. Aunque solo sea por cortesía. Ellos agradecen mucho que aceptes su invitación. El agua está hervida; no os va a pasar nada. Casi seguro.
—Vale, venga —acepta ella primero, no sin cierto reparo.
—Estará muy caliente.
Tutu se levanta y, moviendo el rabo, aprovecha para dar un nuevo repaso con su olfato a los visitantes y al guarda, que le acaricia la cabeza con la punta de los dedos. Abro la mochila y vuelvo a llenar su cazo de agua.
—El rabo se le enrosca para arriba, igual que se representa a los perros en el antiguo Egipto.
Es curioso que estos estuvieran muy bien considerados.
Los nobles iban de caza con arcos y flechas, generalmente acompañados de perros.
Les ponían nombres y, en muchos casos, se les inmortalizó en los monumentos de sus dueños, bien acompañándolos en sus caminatas, o bien sentados bajo su silla.
Incluso se les momificaba. Hace unos años, hallamos en la excavación la momia de una perrita.
Tenía una cuerda alrededor del hocico, a modo de bozal, y en el cuello llevaba un pequeño collar de cuentas azules de fayenza.
Para los antiguos egipcios, los perros eran el modelo de lealtad, de cómo un subordinado debía comportarse con su superior.
Escribí uno de mis primeros artículos científicos sobre el uso de la palabra «perro» en la correspondencia diplomática hallada en el-Amarna.
Se interpretaba como un insulto: «¿Quién es él, un perro, para actuar como si fuera un señor?
», pero, en realidad, se utilizaba como sinónimo de «vasallo»; era una forma de referirse a lo que un vasallo debería ser respecto a su señor.
Honrarás a tu padre y a tu madre
Tutu parece el más interesado en mi último comentario y se sienta en medio de la entrada, dispuesto a seguir escuchando.
El guarda observa la escena desde cierta distancia, con curiosidad.
Los tres sorbemos el té, que todavía quema, y decidimos, sin necesidad de ponernos de acuerdo, esperar a que se enfríe un poco más.
—¿Y este pozo? Antes dijiste, así de pasada, que aquí estarían enterrados los padres de Djehuty —se interesa ella. Los dos van descubriendo que cada rincón de la tumba y del yacimiento esconde una historia o una anécdota.
—No lo sabemos seguro. Al principio, cuando el interior de la tumba estaba bloqueado por escombros, y solo se veía este pozo, pensábamos que aquí estaría enterrado Djehuty.
Estaba lleno de tierra casi hasta arriba y, como estábamos ocupados con otras cosas en las primeras campañas, ni lo tocamos.
Cuando por fin pudimos excavar la cámara del fondo, y descubrimos allí la boca de otro pozo, dedujimos que ese debía de ser el de Djehuty.
¿Y entonces el de la fachada? Así surgió la hipótesis de que fuera para sus padres.
En aquella época se debió de poner de moda lo de desenterrar a tus padres para recolocarlos junto a tu tumba.
Lo hizo la propia Hatshepsut, que, supuestamente, sacó a su padre, Tutmosis I, de dondequiera que estuviera enterrado, para sepultarlo de nuevo en el Valle de los Reyes, donde ella había decidido construirse una nueva tumba.
Y su mano derecha, Senenmut, es muy probable que hiciera lo mismo con su padre y su madre para volver a inhumarlos delante del patio de entrada a su tumba, en la colina de Sheikh Abd el-Qurna.
A Djehuty le debió de parecer una buena idea e hizo lo propio con los suyos, construyéndoles un pozo funerario delante de la fachada.
»Cuando por fin excavamos el pozo, comprobamos que había sido saqueado a conciencia.
Aun así, encontramos un amuleto en forma de ojo de Horus, tallado en cornalina, y parte de una estatuilla sedente de piedra caliza.
El estilo de ambas piezas era claramente de comienzos de la dinastía XVIII ; es decir, podrían haber formado perfectamente parte del equipamiento funerario de los padres de Djehuty.
El té ya se ha enfriado algo y, sentados los tres en el brocal del pozo, le damos un par de sorbos.
A la salud de los padres de Djehuty, o como los antiguos egipcios habrían dicho: «Para el ka de los padres de Djehuty, el dignatario Abuti, ¡justificado!
, y la señora de la casa Dediu, ¡justificada!
». Es divertido dar continuidad a las creencias egipcias, jugar con la imaginación y pensar que ellos estarían encantados de vernos sentados delante de la tumba, contemplando la decoración de las paredes y pronunciando sus nombres para recordarles y devolverles a la vida.
—¿Y esa otra pared? Seguro que tiene alguna historia, algo misterioso, que nos vas a contar ahora para epatarnos. ¿A qué sí? —dice Berta, tras unos segundos en silencio. La pareja se muestra incansable y con la clara determinación de no dejar ni un tema por tratar.