1. CARA A CARA CON DJEHUTY #6
—Bueno, seguimos en terreno resbaladizo y de esto tampoco tenemos certezas, pero algo debió de pasar entre la madre y el padre; o, mejor dicho, entre la línea materna y la línea paterna de su familia.
Sabemos que la madre de Djehuty se llamaba Dediu y que el padre se llamaba algo así como Abu, Abti o Abuti.
Si bien la madre era egipcia, o no tenemos ninguna razón para dudar de ello, el padre casi seguro que no era egipcio, sino extranjero; probablemente, de Palestina o Siria.
¿Cómo lo sabemos? Porque cuando se escribe su nombre en la tumba de Djehuty, quien lo hiciera lo hizo de oídas, tratando de reproducir cómo sonaba.
Es decir, que el nombre del padre no era egipcio.
De hecho, no significa nada en egipcio y, sin embargo, parece derivar de una raíz, de una palabra de origen semítico, abu , que significa «padre».
Así, el padre del escriba por excelencia, el maestro de las letras egipcias, el más listo de todos, parece ser que era extranjero, y, por tanto, Djehuty era medio egipcio. ¿Me seguís?
Ambos asienten como alumnos aplicados.
—La vida siempre juega con uno —continúo—, le gusta darle la vuelta a las cosas.
El caso es que, desde el comienzo de la historia, allá por el año 3000 o 3200 a.
C., pero incluso mucho antes, en época predinástica e incluso en la prehistoria, al valle del Nilo llegan gentes de todas partes: desde Nubia al sur; desde Palestina al norte…
y esto no cambió demasiado, ni en los periodos en los que el poder central era más fuerte y controlaba de forma más estricta el territorio entre la primera catarata y el Mediterráneo.
En torno al año 2000 a. C., los egipcios viajaban con regularidad y comerciaban con el Sinaí, Palestina, el Líbano, Siria, Chipre, Creta…
A partir del año 1500, los contactos se volvieron aún más constantes e intensos.
A Egipto llegaban delegaciones diplomáticas de las principales ciudades-estado, ofreciendo regalos o para entregar el tributo anual, o se les traía como cautivos, si es que los gobernantes se habían resistido a pagar.
En cuestión de una generación, hombres, mujeres, niños y niñas ya se habían asimilado perfectamente a la sociedad, la mayoría adoptando un nombre egipcio; adoraban a las divinidades locales y trabajaban en los talleres asociados al templo o se enrolaban en el ejército.
El padre de Djehuty pudo ser uno de esos extranjeros que, si bien conservó su identidad a través del nombre, su hijo, Djehuty, se educó plenamente como un egipcio.
»Ahora me estoy yendo por las ramas, pero es un momento muy emocionante de la historia de Egipto, en el que ocurrieron muchas cosas que guardan una gran similitud con nuestro mundo actual.
Situaciones de hoy en día sucedían de forma muy parecida hace miles de años, al otro lado del Mediterráneo.
La llegada de los extranjeros a otro país, a otra sociedad, a otra cultura y cómo se asimilan —o no— es un tema candente hoy, pero lo era ya entonces, en el antiguo Egipto.
Había puestos fronterizos y pasaportes o salvoconductos para entrar legalmente a comerciar en Egipto, pero también había inmigración ilegal, gente sin papeles…
La manera más rápida y eficaz de entrar a formar parte de la sociedad local, viniendo de fuera, era a través del ejército, que se convierte en la mejor vía de promoción social, como ocurre hoy en Estados Unidos, por ejemplo.
Y resulta llamativo imaginar a Djehuty, hijo de extranjero, esforzándose por aparentar ser más egipcio que nadie.
Damnatio memoriae
Aunque había planificado mi mañana entera corrigiendo en rojo cada uno de los dibujos de Carmen, el tiempo se me va charlando de Djehuty, de Hatshepsut, de Egipto, hilando un tema con otro como si de una compleja telaraña se tratara.
Los chicos mantienen el interés más de lo que yo hubiera anticipado y, en realidad, son ellos quienes me empujan a seguir hablando.
—Y seguro que algunos de sus colegas no le tragaban —apuntilla el chico después de unos segundos en silencio.
—Pues algo así tuvo que pasar. Al pobre Djehuty —aunque no debía de ser tan pobre— le debieron de dar por todos lados, entre los líos familiares y sus colegas, probablemente no fue el tipo más querido de Tebas. Y, de hecho, sufrió lo que llamamos damnatio memoriae .
—¿Qué es ese latinajo? —me interrumpe el chico, mientras se retira el sudor de la frente y rebusca en su mochila hasta encontrar su botella de agua.
—Pues que después de muerto y enterrado, no se sabe exactamente cuánto tiempo más tarde, alguien vino a su tumba y se entretuvo rompiendo la cara a todos sus relieves y estatuas que le representaban tanto a él como a los miembros de su familia.
A veces golpean solo los ojos, la nariz y la boca, lo justo para privarle de sus sentidos en el más allá, pero otras veces martillean todo el cuerpo, de la cabeza a los pies.
Su nombre, por supuesto, se borra de todos los sitios donde estuviera escrito.
Esto era lo peor que podías hacerle a alguien en el antiguo Egipto.
¿Por qué? Porque ellos creían que uno vivía en tanto se le recordaba.
La vida eterna estaba unida al recuerdo, a la memoria.
Así, condenar a alguien al olvido era privarle de la posibilidad de vivir después de la muerte física.
Y el recuerdo estaba ligado al nombre y al rostro, porque en ellos residía la individualidad de cada ser, su personalidad.
Alguien no debía de querer mucho a Djehuty como para borrarle su nombre y su cara de todas partes.
»Hablando de nombres, no os he preguntado cómo os llamáis.
Qué mal, qué desconsiderado. Perdonadme, pero es que me ensimismo y me lanzo a soltar el rollo de lo mío sin preguntar a los demás.
Es un defecto, lo siento. Los científicos, supongo que como los escritores, los artistas y, qué sé yo, somos demasiado egocéntricos; estamos todo el rato mirándonos el ombligo, creyéndonos que lo nuestro es lo más interesante.
—Qué tontería, no te preocupes. Yo me llamo Berta.
—Yo soy Alfredo.
A ella le doy dos besos y a él la mano, mirándonos a los ojos e intercambiando una sonrisa.
—Sin darme cuenta os estaba haciendo una damnatio memoriae .
—Nos echamos a reír los tres—. Los nombres son importantes, sí, antes y ahora.
Los nombres egipcios tienen significado, y este refleja y forma parte de tu persona.
Algunos tenían más de uno, como un apodo; el monarca adoptaba cinco nombres en su coronación que aludían a sus méritos pasados, a su programa de reinado o a la divinidad con la que querían asociarse, algo parecido al nombre que elige el nuevo papa.
El dios Ra tenía hasta setenta y cinco nombres, y cada uno de ellos remitía a una de sus múltiples facetas.
En el antiguo Egipto hay muchas referencias al poder que te otorgaba conocer el nombre de las cosas o de las personas.
Si sabías el nombre de tus enemigos, podías hacer magia negra.
Se conservan bastantes figurillas de barro con forma humana sobre las que se escribieron nombres de personas o de lugares de Nubia, para actuar contra ellos mediante rituales de magia negra manipulando las figurillas.
Son del año 2000 a. C. y los denominamos «textos de execración».
Berta frunce el ceño y apoya sus manos en las sienes, como quien pretende poner orden en un cajón lleno de las cosas más dispares, como quien intenta centrarse en una conversación que fluye demasiado rápido:
—Lo de la damnatio memoriae se parece un poco a lo que hay detrás de la Ley de Memoria Histórica, ¿no?, pero a la inversa —apunta.
—En parte sí, la idea de fondo es similar; se basa en la importancia de la memoria, de recordar a las personas para que recuperen su dignidad, ¿no?
Sobre todo cuando se las ha olvidado intencionadamente.
La ley pretende —yo no soy un experto en esto— restituir la memoria.
Y lo contrario es la damnatio memoriae , retirar de la vista, borrar de la memoria colectiva, y así condenar al olvido, a quienes han transgredido nuestro modelo de persona o de gobernante.
Hoy también se hace. Ambos casos reflejan la importancia que tiene el recuerdo del pasado en el presente, y de ahí el interés en fabricar y manipular la historia, en un sentido o en otro.
—Djehuty lo tiene todo, ¿eh? Menudo personaje. Da mucho de sí.
—Ahí está la suerte de excavar y estudiar su tumba: está llena de información, de historias que le hacen muy humano y que, al mismo tiempo, reflejan muchos detalles de las costumbres y creencias de los egipcios de aquella época, las cuales, a su vez, siguen hoy vigentes en nuestra forma de pensar y de actuar, como individuos y como sociedad.