Al otro lado del Nilo 1. CARA A CARA CON DJEHUTY #5
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1. CARA A CARA CON DJEHUTY #5

—¡Igualito que hoy! —susurra el chico en el oído de ella.

—¡Claro! Hace años, enseñando la tumba a un pequeño grupo de ingleses, al explicarles que Djehuty, al tener un cargo equivalente al de nuestro ministro de Hacienda, debía de ser un poco ladronzuelo, una mujer, con el morro torcido, me cortó diciendo que su marido había sido ministro de Finanzas en el Reino Unido y no era ningún ladronzuelo. No he vuelto a hacer esa gracia.

En el exterior hace un calor sofocante, pero a la sombra del cobertizo moderno que protege la entrada se está muy a gusto y el amplio espacio frente a la fachada invita a charlar sin prisas.

Después de unas horas con Tutu como mi único interlocutor, noto que la conversación me sienta bien: me hace reflexionar y me fuerza a exponer las ideas con claridad.

—Una de las cosas más intrigantes de Djehuty es que, según se nos muestra en su monumento funerario, no se casó y, por tanto, no tuvo hijos.

En las escenas talladas en las paredes de su tumba aparece siempre acompañado de sus padres, pero no hay rastro de una esposa ni de hijo alguno.

Si eso es llamativo en la sociedad egipcia actual, donde la familia sigue siendo el núcleo, imaginaos cómo sería en el antiguo Egipto.

Sobre todo, para un hombre con recursos y posición social relevante; parecería incomprensible que no se casara.

—¿Y por qué crees que pudo ser? ¿Podría ser que fuera gay? ¿Había gais en el antiguo Egipto? —suelta el chico, con cierto reparo de ser imprudente con su pregunta a bocajarro.

—Bueno, empecemos por el final. Sí, en el antiguo Egipto había gais.

Claro que sí. ¿Por qué no? Tenemos muchas evidencias al respecto.

Incluso entre los dioses. En la composición literaria y mitológica conocida como La contienda de Horus y Seth , este último, que supuestamente era tío del primero —al ser hermano de Osiris—, abusa sexualmente de Horus durante una pelea cuerpo a cuerpo.

O, por ejemplo, hay una mastaba en Saqqara que pertenece a dos hombres, a los que se representa abrazados, de la mano, lo que ha suscitado el debate sobre si eran hermanos o pareja sentimental.

En la tumba no se especifica su relación.

En realidad, creo que el problema reside en nuestra mente occidental, en la necesidad de poner etiquetas a todo.

En el Egipto actual, los hombres se saludan con dos besos de la forma más natural; a mí me encanta; y van andando por la calle de la mano o cogidos del brazo.

Yo he ido por El Cairo cogido del brazo de mi amigo Mahmoud.

A los occidentales todavía nos pesa mucho la educación religiosa del siglo XIX, de no mostrar demasiado afecto en público, no dejar traslucir los sentimientos, y nos encanta juzgar.

»Un dato curioso es que, durante el reinado de Hatshepsut, varios de sus más destacados administradores, sus hombres de confianza, no se casaron ni tuvieron hijos.

¿Por qué? Ese es el caso de Senenmut, alcalde de Tebas y, sin duda, la persona más próxima a la reina. Pero hubo otros, entre ellos, Djehuty.

—Esto va adquiriendo tintes de culebrón venezolano o de historieta medieval… ¿Qué pasaba? ¿Que la reina los tenía a todos acogotados? ¿Los quería a todos para ella sola? Y otra pregunta: ¿había eunucos en Egipto? —La chica lanza las preguntas entre risas, pero con curiosidad seria.

—Tenéis una cierta habilidad para desviarme del tema y siempre en la misma dirección…

Sí, en Egipto también había eunucos. ¿No os he dicho antes que en Egipto hay de to ?

Los eunucos se ocupaban principalmente del harén, donde residían, socializaban y trabajaban las mujeres vinculadas al rey y a su palacio.

Pero no hay razones para pensar que Djehuty fuera eunuco.

—¿Pudiera ser que por deferencia hacia la reina algunos de sus altos dignatarios no se casaran? ¿O que por respeto a ella no mostraran a sus esposas en sus tumbas? —El chico trata de demostrar que algo ha leído del tema, aunque se le hayan olvidado la mayoría de los detalles.

—Pudiera ser, pero no hay ninguna evidencia, ni siquiera un indicio, en esa dirección.

—Y entonces, ¿por qué no se casó Djehuty? —interroga con tono de fiscal.

—Pues no lo sabemos. Hay que aprender a decir: «No lo sé», «Ni idea», «No hay datos».

Y no pasa nada. Las razones del celibato de Djehuty no tienen por qué ser las mismas que las de su colega Senenmut.

Las circunstancias personales, igual que hoy en día, juegan un papel.

De Egipto sabemos mucho, muchísimo, y de Djehuty también; pero, al mismo tiempo, hay preguntas para las que no hay respuesta.

Y no pasa nada. Eso mismo ocurre hoy, con toda la información que tenemos: hay muchísimas cosas que suceden a nuestro alrededor y no sabemos realmente la verdadera causa o razón que hay detrás de ellas.

—Bueno, hay que echarle un poco de imaginación al tema, ¿no? Un poquito de picante, de morbo, leer entre líneas… —La chica trata de pincharme de nuevo para sacarme de lo académico y que me adentre en la especulación, para que me entregue a la prensa amarilla del antiguo Egipto.

—Esa conversación está bien con una cerveza en la mano.

Nos vamos al Mohamed, nos pedimos una Stella y desparramamos.

Vale. Pero tú me estás preguntando por la Historia, la historia de Djehuty, con mayúsculas.

No hay que mezclar. No se puede saltar de un terreno a otro. Eso es jugar, falsear y confundir.

»Claro que, si quieres titulares, esto es perfecto.

El reinado de Hatshepsut da para muchos «escándalos», política, prensa rosa y amarilla, todo mezclado.

¡Éxito garantizado! Pero se trata de ser rigurosos.

Lo bueno es que el antiguo Egipto, su historia y su cultura, no necesitan aderezos.

La historia, tal como la conocemos a partir de las fuentes, ya es suficientemente interesante.

No hay que inventarse nada, solo leer lo que está escrito y, si no sabes leer, pues mirar con atención las figuras, igual que hacían los antiguos egipcios.

—Vale, venga, me portaré bien —promete la chica con sorna, para continuar con más guasa, dejando claro que se siente cómoda y que hay confianza, a pesar de que nos acabamos de conocer—: A ver, entonces Djehuty no se casa ni tiene hijos.

No sabemos si era gay o no, pero eunuco lo descartamos por ahora, ¿vale?

¿Y cómo sigue la Historia esa con mayúsculas que tanto te gusta?

—Antes de pasar a lo siguiente, ahora que estás sentada en el brocal del pozo donde supuestamente Djehuty enterró a sus padres, déjame que subraye lo que suponía en el antiguo Egipto no tener hijos.

No casarse y no crear una familia era algo muy negativo; te hacía aparecer como un raro o una rara.

Pero es que, además, no tener hijos implicaba cuestiones todavía más dramáticas.

Si no tenías descendencia, ¿quién te enterraría?

¿Quién se ocuparía de tu funeral? ¿Quién cuidaría de tu tumba y traería ofrendas de vez en cuando, en las fiestas religiosas más importantes?

Eso, para los antiguos egipcios, eran palabras mayores, se estaban jugando la vida eterna…

»Había una solución: contratar el servicio de los sacerdotes funerarios, que se ocuparían de todo a cambio de recibir en donación tierras de las que obtener cereal para hacer pan, lechugas, cebollas, higos y otras frutas.

Pero todos sabían que esta solución tenía un recorrido más corto de lo acordado, y seguro que esos sacerdotes enterrarían al difunto con menos atenciones y cuidados que los que prestaría un hijo, al menos en principio.

—Pero también habría los que se casaban y, por lo que fuera, no tenían hijos o se morían antes que ellos… —razona la chica, ahora con tono más serio.

—Sí, claro. Ese fue el caso del famoso Tutankhamon.

Murió joven, antes de tener ningún hijo.

Su esposa, la reina Ankhesenamon, tuvo dos abortos, que se enterraron en la tumba del joven rey.

En este caso, a Tutankhamon se ocupó de enterrarle Ay, su primer ministro.

En una de las paredes de la famosa tumba se representa a Ay ejerciendo de maestro de ceremonias, vestido con la piel de pantera propia del sacerdote sem , en el entierro del rey difunto.

Este detalle refleja muy bien la costumbre egipcia de que un hijo, generalmente el primogénito, es quien ha de ocuparse del entierro de su padre, y eso lo capacita y convierte en el legítimo heredero.

Y ocurría también al revés: quien enterrara a una persona se convertía en su legítimo heredero.

Como fue el caso del primer ministro Ay.

Y para que así constara y nadie dudara, se encargó de representarse a sí mismo en plena acción.

—Así que Djehuty no tuvo quien le enterrara. Al menos de su familia, de su familia directa —pronuncia lentamente el chico, dándole cierta entonación de misterio a la cuestión.

—Efectivamente, y eso debió de provocar bastante lío, sobre todo al tratarse de alguien acaudalado. Tal vez, sus hermanos y hermanas, o sus sobrinos, se pelearon por la herencia. Primero, por ver quién le enterraba y, luego, por ver quién heredaba, y quién le robaba su ajuar…

—¡Madre mía! Esto ha pasado de culebrón con tintes sexuales a culebrón de rencillas y vendettas familiares tipo Corleone.

Los tres nos echamos a reír.

—¡Ahí le has dado! Lo vas pillando. Sin querer, has apuntado hacia el siguiente problema familiar.

—¿Cuál? —preguntan al unísono.