1. CARA A CARA CON DJEHUTY #4
»Y en la mitad inferior cuenta su papel como supervisor del Tesoro.
Lo primero que menciona es que fue él quien se ocupó de registrar por escrito todos los productos que llegaron a la capital, la antigua ciudad de Tebas, es decir, a Luxor, de la expedición que la reina envió al Punt, que era como los egipcios llamaban a la región del Cuerno de África —Somalia, Eritrea y tal vez Yemen—.
Se iba navegando por el mar Rojo. Llevaban los barcos de madera desmontados a lo largo del wadi Hammamat, que une el valle del Nilo con el mar Rojo, los montaban en la orilla, en un sitio que hoy se llama Quseir, y navegaban hacia el sur siguiendo la costa.
Del Punt los egipcios obtenían oro, incienso y mirra…
¿Os suena de algo esta secuencia? Y también traían pieles de pantera, colmillos de elefante, rabos de jirafa, monos…
Para los egipcios era como las Américas.
De hecho, hay una inscripción que no ha recibido suficiente atención, pero que es demoledora para la historia económica, y que dice explícitamente así, de forma literal, que Hatshepsut envió la expedición al Punt para acceder directamente a la fuente de materias primas y productos exóticos, y evitar a los intermediarios que encarecían los productos.
—¡Qué pasada! —exclama el chico—. ¿Y todo eso escrito en jeroglíficos?
—Claro, en jeroglíficos de hace algo más de tres mil quinientos años. Es que los jeroglíficos son letras, palabras, con las que se pueden contar desde cosas cotidianas, narrar mitos o referirse a conceptos religiosos complejos.
»Es interesante caer en la cuenta de que Hatshepsut envió esa expedición al Punt con fines comerciales, justo al año siguiente de coronarse rey del Alto y Bajo Egipto, con el objetivo de conseguir recursos que le permitieran afianzarse en el trono y comenzar así un reinado próspero y estable.
Es curioso pensar que Hatshepsut tiene algunos puntos de semejanza con la reina Isabel de Castilla, incluso casi hasta la fecha, pues la expedición de Hatshepsut al Punt debió de tener lugar en torno al año 1482, pero en este caso antes de Cristo.
»Un detalle que pasa desapercibido, pero que tenía repercusiones políticas de alcance, es el hecho de que en el mundo antiguo, y Egipto no es una excepción, todos los vínculos entre señor y vasallo, entre rey y súbdito, eran de carácter personal.
No tenían el concepto de «institución», por lo que cuando un rey moría y subía al trono un nuevo monarca, aunque fuera su hijo, tenía que renovar todos los lazos de vasallaje, tanto dentro del país como en el extranjero, porque se basaban en la persona, eran nominales.
Era como si se empezara de cero. De hecho, los años se contabilizan a partir de la coronación de cada rey y la numeración parte de cero.
Por eso, la muerte del monarca era el momento idóneo para rebelarse e intentar zafarse de pagar el tributo anual, de ahí que el nuevo faraón acostumbrase a llevar a cabo su primera campaña, de carácter recaudatorio, unas veces más militar y otras más diplomática o comercial, en su primer año de reinado o poco después.
Al final, todo gira en torno a los impuestos: unos quieren cobrar a todos por todo, y estos hacen lo posible por escabullirse y no pagar; igual que hoy, como la vida misma.
—¡Oye! ¿Cómo es eso de que Hatshepsut se hace pasar por hombre para ser faraón? —preguntó la chica acelerada, como si se hubiera estado aguantando desde el primer momento en que se mencionó su nombre.
—No creo que Hatshepsut se hiciera pasar por hombre de verdad.
Lo que ocurre es que el lenguaje de la monarquía, tanto al escribir como en las composiciones con imágenes, estaba pensado en clave masculina, por y para hombres.
Es una convención formal. Es como un papel en una obra de teatro, un rol, y el papel de rey es masculino y no se puede modificar, como la figura del dios Amón o del dios Osiris.
La monarquía forma parte de la mitología y, al igual que la religión, se basa en la tradición, en la continuidad; los cambios solo conducen al desconcierto, a la duda y al desapego.
Por eso, yo creo que Hatshepsut adopta la apariencia masculina, pero solo en las inscripciones y representaciones de carácter oficial.
En la vida real todos tenían más que claro que era una mujer.
Es más, había tenido una hija. No había duda ni forma de ocultarlo.
En familia
Unos segundos de silencio sirven para que los tres tomemos aire, anticipando una conversación algo intensa. Se les nota interesados de verdad, pero me repito a mí mismo que no debo atosigarles, que vienen a disfrutar.
—Y Djehuty, ¿cómo era Djehuty? ¿Cómo te lo imaginas? —me pregunta la chica con una sonrisa pícara, como incitándome a desvelar algún secreto.
—No sé muy bien qué contestar a eso. Me gustaría poder decir que era uno de esos egipcios que aparecen representados en las paredes de las tumbas, guapos, de ojos grandes, esbeltos, de piel morena, con faldellín blanco, impoluto, bien planchado, y una peluca negra a la moda…
Sin embargo, lo que uno aprende de los antiguos egipcios es que no eran muy distintos de nosotros y que los habría altos y guapos, efectivamente, pero también bajitos y rechonchos, feos, calvos, peludos…
Un poco de todo. Por esbozar una hipótesis, yo creo que, aunque nos separe tanta distancia de Egipto y tanto tiempo de los antiguos egipcios, si Djehuty llegó a ser supervisor del Tesoro y supervisor de los trabajos de todas las obras públicas de la reina Hatshepsut, seguramente sería una persona inteligente, sí, con ciertas dotes sociales, embaucador tal vez, ambicioso, un poco manipulador, algo corrupto, abusador de sus subordinados…
Es decir, creo que sería una persona con luces y sombras o, dicho de otro modo, una persona humana, con virtudes y con defectos, con varias caras a la vez, con contradicciones.
»Lo que podemos aprender o deducir de su tumba, y que él diseñó para que se recordase quién fue, su monumento autoconmemorativo, su «casa para la eternidad», como la llamaban los egipcios, es que se trataba de un hombre con inquietudes literarias y en cierto modo filosóficas.
La tumba de Djehuty es bastante peculiar, distinta a otras de la misma época.
Él quiso, a través de su monumento funerario, demostrar a sus contemporáneos, a sus compañeros de gobierno bajo el reinado de Hatshepsut, su dominio de la escritura.
Se veía a sí mismo como el gran escriba y quería que sus colegas así lo percibieran y, sobre todo, que también las generaciones futuras que pasaran por esta parte de la necrópolis y se acercaran a ver su tumba, le identificaran como un maestro de la escritura.
—O sea, ¿Djehuty era como una especie de intelectual, amante de la literatura y de las letras? —interviene el chico, como buscando un titular.
Mientras comparto con ellos los matices que hemos ido aprendiendo poco a poco en estos años, sus caras muestran sorpresa e incluso cierta incredulidad.
—Entre otras muchas cosas. Antes que nada, hay que pensar que solo un uno por ciento de la sociedad egipcia era capaz de leer y escribir.
Esta capacidad era lo que, de forma más clara, distinguía a la élite del pueblo llano; lo que te permitía entrar en la administración e ir ascendiendo en la escala social.
Por otra parte, era el trabajo más cómodo, más limpio, sin riesgos de ningún tipo, como bien señala un texto antiguo, que llamamos la Sátira de los oficios .
En él se enumeran las calamidades de las demás ocupaciones —ser soldado en el ejército, ser campesino, etcétera—, para acabar ensalzando la profesión de escriba por encima de las demás.
Claro que alguna pega tendría, si se consideró necesario escribir ese texto para motivar a los aprendices de escriba a no abandonar la escuela.
»Djehuty, efectivamente, debía de ser un poco intelectual.
Le gustaba escribir. Eso quiere decir que le gustaba leer y, además, según parece, le atraían los textos antiguos.
En su tumba se percibe una clara admiración por el pasado, sobre todo por la época en torno al año 2000 a.
C.; es decir, casi quinientos años antes de que él viviera, que es la etapa que los antiguos egipcios consideraban el momento «clásico» por excelencia, su Siglo de Oro: la dinastía XII , cuando Tebas fue capital del Alto y Bajo Egipto por primera vez.
El gusto por el pasado y por lo clásico se nota en distintos detalles, tanto en las inscripciones como incluso en las figuras.
A su madre, por ejemplo, la representa con una peluca típica de cinco siglos atrás, una peluca vintage , similar a la que lleva la diosa Hathor, con dos grandes trenzas a los lados que acaban en un tirabuzón.
Él mismo aparece también al fondo de la tumba con una especie de gorro ceñido, como de natación, característico de esa misma época, de la dinastía XII .
»En lo más profundo de su tumba, justo encima de la boca del pozo funerario que conduce a su cámara sepulcral, cuando reproduce los rituales funerarios que le gustaría que se celebraran tras su muerte, se trata de rituales caídos en desuso y que solo se conocen a través de papiros de la dinastía XII .
»En resumen, sí puede decirse que Djehuty era un intelectual al que le gustaba exhibir sus conocimientos; ser el más listo, en pocas palabras.
Pero creo que es un error alabar en exceso o enamorarse de la persona que estudias.
Esto es muy común entre historiadores. Claro que a nadie le gusta dedicar parte de su vida a analizar a un cretino y, por eso, se tiende a ensalzar las virtudes de la persona que es objeto de la investigación.
Pero no, todos somos complejos y todos tenemos luces y sombras.
Y me da la impresión de que para ostentar el cargo de supervisor del Tesoro había que pisar a más de uno o dar algún codazo.