1. CARA A CARA CON DJEHUTY #3
Al día siguiente, todo transcurre de forma similar.
Pero, a media mañana, nuestra recién estrenada rutina se ve alterada de forma inesperada por una visita.
Casi cada día se acercan uno o dos grupos pequeños, no más, a ver las tumbas de Djehuty y de Hery, lo que para nosotros es perfecto, pues tampoco querríamos masas.
Nuestras tumbas no son para el gran público; son más bien para los egiptólogos y aficionados, para aquellos que ya han visto lo básico y quieren descubrir algo distinto.
El día de la inauguración, el 6 de febrero de 2023, fue muy especial y todo salió redondo, incluso mejor de lo esperado.
La carpa protegía del sol a más de un centenar de personas cómodamente sentadas: familiares y amigos, miembros de otras misiones arqueológicas e inspectores de antigüedades del West Bank, la presidenta del csic y su jefa de gabinete, el embajador de España en El Cairo y el agregado cultural, el ministro de Antigüedades de Egipto y Zahi Hawass.
Ninguno de ellos, en ese momento, se podría imaginar cómo habíamos levantado aquel entoldado el día anterior, infringiendo todas las normas de seguridad, con inesperados trapecistas circenses que utilizaban escaleras de cinco metros como zancos.
La tela que encontró el rais Alí no podía ser más horrible, como para la boda más hortera imaginable, con remates brillantes, lo que me hizo perder los nervios con él.
Por suerte, el reverso era aceptable, le dimos la vuelta y acabó quedando vistosa, hasta bonita.
Algo similar sucedió con las sillas, que cubrimos en el último momento con telas blancas y quedaron incluso elegantes.
Después de la retahíla de discursos oficiales, y a pesar de que los jefes locales del Servicio de Antigüedades trataron de impedirlo, el rais Alí tomó el micrófono en nombre de los trabajadores, provocando que el ambiente se distendiera y se tornara más emotivo.
Acabamos todos bailando al son de los cánticos habituales de la excavación.
Recuerdo como inolvidable la imagen del embajador español llevado a hombros por los trabajadores, mientras gritaban: «¡Iahia Sbania!
» —¡Viva España!— ; y no sé qué opinaría la presidenta del CSIC si supiera que estuvo un buen rato bailando con un hermano musulmán, Sayed, el de barba pelirroja de profeta, sin duda, uno de nuestros trabajadores más carismáticos y entrañables.
Visitantes inesperados
Tutu detecta con su olfato gurnaui que se acerca una visita y sale disparado a recibirles.
Trato de detenerle, porque a mucha gente le puede asustar ver acercarse a un perro baladi , de los que andan sueltos por aquí, por mucho que vaya moviendo el rabito.
Por suerte, a la pareja que se aproxima por el patio siguiendo al gafir no les intimidan los tres ladridos que les suelta en plan quo vadis .
Tutu agacha las orejas y se deja acariciar la cabeza por la chica.
Su fisonomía, la forma de vestir y los gestos dejan claro que son españoles.
—Perdonad por el perro, es que no hay quien le pare, le encanta saludar. ¡Tutu! Anda, ven.
—Si no molesta, qué va, al revés. Nos encantan los perros, a los dos —me tranquiliza el chico, de poco más de treinta años, con un tono de voz alegre y extrovertido.
Se agacha para ponerse a la altura de Tutu y que le venga a olisquear.
Le tiende la mano y chasquea los dedos para atraerle, pero Tutu prefiere al gafir , que no le hace caso e incluso le mira con desconfianza.
—Tengo que tener cuidado, porque nunca se sabe cómo va a reaccionar la gente, y me puede meter en un lío. Además, le encanta llevar la contraria e insistir en saludar a quienes no les gustan los perros. Detecta al instante a quién le tiene miedo… Pero es que me da pena tenerlo atado aquí.
—Por nosotros, no te preocupes. ¿No será este Tutu, el perro del Proyecto Djehuty, el que sale en la página web? —Tutu vuelve a dejarse acariciar por la chica, mientras ella se deshace en piropos y sonidos en tono de cariño, casi maternales.
—Sí, ¿por? —contesté con una sonrisa de incredulidad.
—¡Qué suerte! Seguimos vuestra página web, el diario de excavación y el Instagram. ¡Claro que conocemos a Tutu! Nos encanta. —El aludido se da cuenta de que se ha convertido en el protagonista, se anima y comienza a dar saltos apoyando las patas delanteras sobre ella.
—¿Ah, sí? Algunos nos dicen con tono de crítica que el perro sale mucho. Nosotros bromeamos porque sus fotos son las más vistas de todas, las que más likes reciben en el diario de excavación, en Instagram, en Facebook. ¿De dónde sois?
—De Hellín, un pueblo de Albacete.
—¡De Hellín! Famoso pueblo ese.
—¿Lo conoces? —intervino la chica, abriendo bien los ojos.
—No, pero tenéis gente importante. ¿Sabíais que de allí es uno de los españoles más sabios?
—¿Ah, sí? ¿Y quién es?
—Como buen sabio español, casi nadie le conoce.
Realmente no es famoso. En España, ningún sabio es famoso.
No les damos importancia, no interesan. Pues este es un personaje excepcional, en todos los sentidos.
Se llama Juan Carlos Izpisúa, se crió en un orfanato en Hellín y llegó a ser asesor del presidente Obama en materia de células madre.
No está mal, ¿eh? Un genio. Yo tuve la suerte de conocerle, bueno, de coincidir con él, y de escucharle hablar un poco.
Es un hombre que irradia sabiduría, como si fuera el Dalai Lama.
En cualquier otro país presumirían de él; es una eminencia, pero en España, ni a los políticos ni a los periodistas les interesa la ciencia, ¿para qué?
Solo les gusta el fútbol y el cotilleo. Nuestro cerebro solo alcanza para eso.
Bueno, ya me he desahogado; es que soy muy pesao.
Pasad. Os dejo ya en paz. ¡Venga!, Tutu, tú tampoco seas pesao .
Pasamos dentro y me dirijo a mi mesa donde tengo los dibujos, dispuesto a continuar con mis correcciones.
Me doy cuenta de que ellos se quedan en medio, parados, sin mirar a ningún sitio concreto, como aturdidos o abducidos, como cuando uno se sumerge de golpe en el mar y accede a otra realidad, a un mundo submarino que nada tiene que ver con lo de fuera y que no esperaba.
—¿Queréis que os enseñe la tumba? Os puedo contar cosas…
—Vale, genial; por nosotros, fenomenal —contestan casi a la vez. Su entusiasmo me motiva y me sube el ego.
—Bueno, no os quiero aburrir, que tengo fama de alargarme y no parar.
—¡Huy! Por nosotros… Si hemos venido del mar Rojo, desde Hurgada a Luxor en autobús, casi solo para ver la tumba de Djehuty.
Nos hacía mucha ilusión. Seguimos el proyecto desde hace años y durante el covid nos enganchamos totalmente.
A raíz de eso, empecé a seguir unos cursos de egiptología online que hacen en Barcelona, en la Autónoma.
—Mientras él habla la chica asiente con orgullo, tratando de expresar con la mirada que ella también hizo los cursos.
—Eso es lo más bonito que me han dicho en mucho tiempo.
Me vais a hacer llorar —les digo entre risas—.
Saber que hay alguien al otro lado de la red, que alguien te lee y ve las fotos que vamos colgando en la web.
Eso da sentido a lo que hacemos. Si queréis, puedo empezar contándoos cosas de Djehuty, aunque a lo mejor ya sabéis casi todo, ¿no?
—¡No, qué va! Y si te lo oímos a ti, en directo, mejor que mejor. Así repasamos. ¿Podemos dejar las mochilas por aquí? —Las apoyaron en el borde del pozo funerario que se abre delante de la fachada. A la pareja solo le falta sacar una libreta y ponerse a tomar apuntes.
—Djehuty fue supervisor del Tesoro de la reina Hatshepsut, una de las pocas mujeres que reinó como faraón en el antiguo Egipto.
Él era algo así como su ministro de Hacienda, el encargado de gestionar los impuestos.
Luego, lo que recaudaba —oro; electro, que es una aleación de oro y plata; piedras preciosas; maderas exóticas— lo dirigía a los templos que estaban entonces en construcción, para adornar las partes más significativas, como las puertas, los altares…
Cubrió con «oro de lo mejor de las tierras extranjeras», es decir, de Nubia, la barca sagrada de Amón, que se llamaba User-hat-Amón, «la proa de Amón es poderosa», «para que él pueda iluminar las Dos Tierras con sus rayos».
Mira, aquí lo dice, en la primera línea.
Y también fue el responsable de cubrir con electro la pareja de obeliscos que Hatshepsut mandó erigir en el templo de Karnak.
¿Veis los dos obeliscos cómo están escritos?
En antiguo egipcio, igual que en árabe, existía el dual, por eso el determinante semántico con el que acaba la palabra representa dos obeliscos.
La palabra es / te-jen / y en dual / te-jen-uy /.
Así, en la mitad superior de esta inscripción autobiográfica, que es como su currículum, va enumerando todo lo que hizo para la reina como «supervisor de los trabajos», todos los monumentos en los que participó.