1. CARA A CARA CON DJEHUTY #2
La sesión fotográfica pretendió cubrir todos los frentes, desde fotos con jalón y norte para la publicación científica, hasta fotos de grupo posando junto a la inscripción biográfica de Djehuty y lo que queda de su estatua de tamaño natural, tallada en la roca haciendo esquina con el muro lateral del patio.
Acto seguido, el rais Alí y varios de los trabajadores se pusieron manos a la obra para levantar el nuevo muro de piedra delante de la fachada, pero esta vez un par de metros más adelante y también algo más alto.
Nacho había diseñado el nuevo edificio con un vano que recorría todo el perímetro, paredes y techo, para que entrara la luz del sol en el espacio que ahora cerrábamos, pero que originalmente estaba abierto.
Así, la nueva construcción no llegaría a tocar la roca de la montaña; solo las vigas de metal que soportarían el techo debían apoyarse por encima de la fachada, y el vano se cerraría con planchas de polivinilo traslúcido.
El techo estaba concebido para ser de hormigón.
Nacho había calculado concienzudamente las cantidades exactas de cemento, arena, grava y agua que se necesitaban.
Había diseñado también dejar unos tubos para que, posteriormente, pudiéramos pasar los cables de luz dentro de la tumba sin que quedaran a la vista.
Un problema inesperado surgió cuando se nos indicó que en un yacimiento arqueológico no se puede utilizar hormigón.
La prohibición tajante acabó traduciéndose en que tendríamos que hacerlo a la carrera, en un día.
Además, el rais Alí traería al mejor en la materia, y tan bueno era que en su apretada agenda solo disponía de una única jornada para nosotros.
La segunda sorpresa fue que el maestro y su equipo se presentaron en el yacimiento sin hormigonera, supuestamente para evitar llamar demasiado la atención.
Para desesperación de Nacho, las proporciones se harían a ojo, la mezcla se removería con palas manipuladas con cuerdas por varios hombres, y el hormigón se iría echando sobre el encofrado del techo con capazos.
¿Qué podría salir mal? Era un plan sin fisuras.
Como parece confirmarse que la mayor concentración de milagros en el globo terráqueo se da en Egipto, el techo acabó saliendo bien, muy bien, y los pequeños defectos, que los hubo, se pudieron arreglar con buena voluntad y las hábiles manos de Nacho y Joan.
Perros de Dra Abu el-Naga
Ahora el gafir abre como si nada el portón mágico de tres cerrojos y un solo candado, y entramos en este espacio resguardado, acogedor, en el que una luz tamizada baña desde arriba los relieves y las inscripciones, y consigue, casi sin querer, realzarlos en su justa medida.
La primera sensación es de sorpresa, pero la atmósfera invita a moverse despacio y en silencio.
Es evidente que el edificio moderno altera el cuidadoso diseño que Djehuty pensó para su casa para la eternidad, pero también es verdad que no solo la protege de posibles daños o robos, sino que, además, hace que el relieve inciso de las figuras e inscripciones se aprecie mucho mejor que con la luz directa de los rayos del sol, como ocurre en el templo funerario de la reina Hatshepsut en Deir el-Bahari.
Allí, las maravillosas escenas que decoran las paredes casi no se aprecian porque la luz incide directamente y anula el relieve.
A los cuatro o cinco pasos, la vista consigue adaptarse a la luz tenue.
Busco la mesa plegable, la silla de plástico y la pequeña escalera de metal que dejé el día anterior apartadas en una esquina.
Este va a ser mi despacho por una semana.
Después de las seis semanas de excavación, me he reservado una extra para revisar con tranquilidad los dibujos que Carmen, la epigrafista del equipo, ha ido haciendo de las paredes de la tumba de Djehuty.
Los imprimió en papel grande, en A3, y a gran escala, para poder ver los detalles y marcar con rotulador rojo lo que falte o sobre en el dibujo.
No en vano me he ganado desde hace años el apodo de «el monstruo del rotulador rojo».
Carmen traza los dibujos partiendo de una foto perfectamente perpendicular y sin deformaciones, compuesta a base de un mosaico de muchas imágenes.
Esta ortofoto la importa en un iPad y dibuja sobre ella, sentada delante de la pared.
¿Por qué todo esto? Porque la luz con la que tomas las fotos inevitablemente produce sombras y estas pueden engañar y confundir el trazo de una figura o de un signo jeroglífico con una grieta, y al revés.
Por eso conviene dibujar estando frente a la pared, y por esa misma razón es tan importante incluir un minucioso dibujo epigráfico en la publicación científica.
Por extraño que parezca, la fotografía, que tiene un papel fundamental en la documentación arqueológica y epigráfica, a veces no es suficiente y necesita complementarse con el dibujo.
Esto es todavía más cierto en el caso de que la decoración sea en relieve y, sobre todo, si el relieve tiene fracturas o está erosionado.
La foto muestra, con objetividad, cómo se ve la pared con una determinada luz, mientras que el dibujo es esencialmente subjetivo, es decir, que debe ser manipulado para resaltar la información que se considere más relevante según lo que se pretenda: para los egiptólogos serán las inscripciones y figuras, mientras que para los restauradores serán los agujeros, las grietas o las reparaciones antiguas y modernas.
Además, jugando con las distintas intensidades de las líneas y las sombras, el dibujo puede llegar a captar y reproducir la mano del escultor y el valor artístico de una composición o de un detalle casi mejor que la fotografía.
Este es el método de la Epigraphic Survey del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, que acaba de cumplir cien años documentando monumentos en Luxor.
El método de trabajo de la Chicago House se basa, asimismo, en que varios ojos revisen los dibujos, que haya un dibujante y dos o tres correctores.
Nosotros, de forma mucho más modesta, tratamos de seguir sus pasos, y por eso estoy aquí, para hacer de corrector, con los papeles y el rotulador rojo en la mano, y ayudado por una linterna que, moviéndola de un lado a otro, me permitirá observar cada detalle con la luz incidiendo desde distintos puntos.
Se trata de publicar el estado actual de la pared de la forma más completa y exacta posible, pues esta será la base de los futuros estudios que utilicen este monumento como fuente de información.
Me acomodo frente a la fachada para revisar el dibujo de la inscripción autobiográfica de Djehuty y, en ese momento, me doy cuenta de que Tutu no está conmigo.
Se habrá quedado enredando con los perros de la zona, que deben ser sus hermanos o primos.
Salgo y le silbo. Grito su nombre varias veces, pero ni caso, como de costumbre.
Me viene a la mente que tal vez estaría mejor aquí, en su ambiente, libre, pudiendo corretear a su antojo con los demás perros.
Cómo se me ocurriría pensar que estaría mejor conmigo, en un ático pequeño en el centro de Madrid, paseando con correa por calles asfaltadas.
Vale que cuando el equipo comenzó a cuidarle y a traerle comida, estaba solo, totalmente solo, sin madre, ni hermanos, ni nada, y estaba escuálido y temblaba.
Pero al final de esa campaña, habiendo recuperado algo de peso, podría haberse quedado en su sitio, donde nació.
Aunque es cierto que la gente de por aquí no tiene en particular estima a los perros —suficiente tienen con cuidarse ellos mismos—, y los que andan sueltos cogen pulgas, chinches o garrapatas con facilidad, y transmiten enfermedades como la rabia.
Es un círculo vicioso porque, si los cuidaran un poco, la cosa podría ser distinta.
La mayoría les tiene miedo y los desprecia; viene de lejos, dicen que el profeta Mohamed manifiesta su amor por los gatos y su aversión a los perros, aunque eso es falso.
El Corán no menciona nada en contra de los perros.
En realidad, proviene de los hadices , que se redactaron alrededor de dos siglos después de la muerte del profeta.
Sea como sea, en general, los perros están mal vistos y peor tratados en Egipto, y por eso acabé llevándolo conmigo.
Después de acompañarnos durante toda la campaña, no podía dejarle atrás.
Y ahora Tutu ha vuelto a sus raíces, aquí está, de nuevo en Dra Abu el-Naga.
Sus primos o hermanos no parecen entusiasmados con su regreso.
Le deben oler raro, a ciudad, a extranjero.
Pero él insiste y todos los días los busca para jugar, corre y salta a su alrededor, la mayoría de las veces con un resultado distinto al previsto.
Pero su ánimo no decae e interpreta los gruñidos de los demás como parte del juego.
Me canso de silbarle y de llamarle y que no venga, y acabo regresando a la tumba.
Me planto de pie frente a la fachada y comienzo a revisar el dibujo, moviendo la vista intermitentemente del papel a la pared y de nuevo al papel.
Tal vez deba dejar aquí a Tutu y que sea libre.
No quiero tener a nadie atado, condenado a estar conmigo.
En ese momento, entra por la puerta con sigilo, con paso algo cansado y jadeando.
Sin dejar de mirarme, se acerca y se tumba a mi lado. Así se queda el resto de la mañana.