Al otro lado del Nilo
© inepub.com
1. CARA A CARA CON DJEHUTY
CARA A CARA CON DJEHUTY
Esta mañana, como las anteriores y las que seguirán, es sencillamente espléndida.
La luz y el calor forcejean por dominar el cielo azul, pero este todavía se resiste y consigue besarte la cara con el frescor de la mañana, impulsado por la suave brisa del norte, que ya se deja notar.
Desde la azotea de la casa, me entretengo observando cómo el verde del campo de cultivo se extiende hasta los pies de la montaña y va tímidamente ganando intensidad, como si dudara de que el despertar sea lo que más le conviene.
Un par de hombres, en cuclillas, se mimetizan con la alfalfa ya crecida, salpicada de garcillas blancas.
De una casa vecina salen dos mujeres vestidas de oscuro que acompañan a un puñado de niños con carteras a la espalda, andando despacio por el camino de tierra hacia la carretera.
La montaña, inmóvil, va cambiando poco a poco —aunque quizás más rápido de lo que uno desearía— de un color gris azulado a un morado rosáceo.
Sin aspavientos, sin excesos, la montaña lo domina todo, en silencio.
Si uno pudiera meter un instante en una botella, este sería el momento mágico que lo resume todo: el amanecer en el West Bank.
Como todos los momentos mágicos, también este es efímero, y Tutu se encarga de ello.
Considera suficiente que yo me haya adelantado un par de minutos y enseguida sube las escaleras en mi búsqueda.
Se acerca sigilosamente por la espalda y comienza a mordisquearme la pierna del pantalón y a tirar de ella; es su forma de dar los buenos días.
Yo le devuelvo el saludo acariciándole la cabeza y, a la vez, protestando por su impertinencia; es mi forma de dar los buenos días, tal para cual.
Bajamos las escaleras y Tutu, desde cierta distancia, mira cómo me preparo el desayuno en la mesa del jardín, preguntándose si le daré algo esta vez.
Su mirada no logra disimular su gran decepción.
Se ha quedado a solas con el más aburrido.
¿Dónde están los demás? ¿Y el resto? ¿Dónde se han metido?
¿Qué ha ocurrido? Tutu no consigue explicarse cómo, de la noche a la mañana, los últimos miembros del equipo se han esfumado, desaparecido.
—Se han vuelto a España, Tutu. Sí, nos hemos quedado solos aquí, en la casa, en Luxor.
Más que tristeza, la sensación es de desconcierto.
En unos cuantos días hemos pasado de ser cerca de veinte a quedarnos él y yo, yo y él.
La casa se nos va a hacer ahora más grande todavía, y más silenciosa.
Con lo que le gusta a Tutu la gente, estar siempre rodeado, ser el centro de atención. Y ahora, ¿qué vamos a hacer?
Asab viene a buscarnos con la furgoneta a la hora de siempre.
Nos espera al otro lado del portón de hierro que corta el camino de acceso a esta parte del pueblo.
No está muy claro cuál es su verdadero propósito, ni quiénes pudieran ser los privilegiados propietarios de su llave.
Son de estas cosas que solo pasan en Egipto y que rápidamente te das cuenta de que exceden la lógica más elemental, aunque sin duda debe haber otra lógica que se te escapa.
Tutu, que de pequeño odiaba la furgoneta y subirse a cualquier coche, ahora salta dentro con ánimo, pues sabe que le llevará al yacimiento, su lugar de libertad.
La furgoneta de Asab es la más destartalada de la zona, la puerta corredera no cierra bien y hay que atarla con una cuerda; la mayoría de los asientos tienen la estructura de hierro doblada y el forro raído, la parte central del volante, donde iría la bocina, está hueca y el pedal del acelerador es un taco de madera que solo el pie descalzo de Asab es capaz de manejar con soltura.
No sabemos cómo lo hace, pero el rais Alí, nuestro capataz, siempre nos consigue los coches más cutres y los conductores más singulares de la zona.
Tutu se sienta en la primera fila de asientos y no retira la vista del camino, como si no se fiara de la conducción.
Salimos a la estrecha carretera que va paralela al canal, con plásticos de colores esperando a que el agua los arrastre y todo tipo de envoltorios y papeles atrapados entre los juncos.
Cruzamos por un puente poco lustroso, pero con unas columnas blancas de capiteles que imitan una flor de loto abierta y que pretenden darle prestancia.
En el cruce, dominado por un control de policía de tráfico, giramos a la izquierda, enfilamos la carretera hacia la montaña y pasamos junto a los colosos de Memnón.
Le pido a Asab que desacelere para sacar una foto con el móvil, aprovechando que por primera vez vamos solos, pero hay tanto autobús y tanto turista revoloteando por la zona que desisto y le indico que siga sin parar.
Otro día. El resto del camino está despejado y, al llegar a Dra Abu el-Naga, se respira un aire de tranquilidad que reconforta.
No hay trabajadores a la entrada, pues la excavación terminó hace unos días.
Solo está el inspector, esperándonos sentado en el banco adosado a la fachada de la tienda Opera Aïda for Alabaster.
Se incorpora al vernos llegar y, tras un breve saludo y unas palabras al conductor, nos abre la cancela de entrada al yacimiento.
Esta vez Tutu no sale disparado hacia dentro, sino que camina lentamente, algo cabizbajo, extrañado de no ver a nadie.
El silencio, que se agradeció en un primer instante, rápidamente se revuelve contra uno.
Cuánto se echa de menos a la gente. El yacimiento no es lo mismo así, solitario.
Trato de animar a Tutu hablándole y silbándole, pero el silencio consigue hacerme callar.
Lentamente, se acerca caminando desde la caseta uno de los gafires .
Le hago un gesto con la mano y le grito que quiero que nos abra la tumba de Djehuty.
Él no se inmuta y sigue caminando a su ritmo, pues lleva ya el manojo de llaves en el bolsillo de su galabeya.
Desde que abrimos las tumbas al público, en 2023, son los guardias de la zona los encargados de abrir y cerrar.
Ni siquiera el inspector tiene llaves. Nos reunimos a la entrada del patio que conduce a la tumba y lo recorremos juntos en silencio hasta alcanzar el gran portón de hierro.
Esos segundos me brindan la ocasión de sentir en la piel la suerte de estar aquí, caminando por el patio de Djehuty, sobre el suelo que él pisó un día, junto al muro de adobes de tres metros de altura, y recapacitar sobre todo el trabajo realizado desde que llegamos por primera vez, hace veinticinco años, cuando no se veía nada del patio, ni de sus alrededores, y la entrada a la tumba se había convertido en el vertedero del poblado.
Y ahora, aquí estamos, con la tumba excavada, restaurada, iluminada y abierta al público.
El edificio moderno que levantamos hace nueve años para proteger la entrada a la tumba es ya de por sí admirable, un verdadero milagro.
Incluso el portón y su cierre son genuino «diseño Djehuty».
No hay nada igual en la necrópolis. Y como casi todos los éxitos, no es obra de una sola persona, sino de varios del equipo, egipcios y españoles, aunque en este caso los tres arquitectos, Nacho, Joan y Carlos, se llevan el mayor mérito.
En la campaña de 2017, decidimos echar abajo el edificio de paredes de piedra y techo de madera que se levantó a la entrada de la tumba de Djehuty en 1909, para protegerla de los saqueadores.
Estos ya habían demostrado estar dispuestos a arrancar de mala manera trozos de las paredes para vendérselos a los turistas europeos que llegaban hasta Luxor y deseaban llevarse de vuelta un souvenir que lucir en sus salones.
La caseta había cumplido su función con suma eficacia, pues desde entonces la tumba no había vuelto a sufrir ningún daño, pero tanto las paredes como el techo tocaban o se apoyaban en parte del monumento antiguo, generando ya a la entrada un ambiente angosto y oscuro, casi tétrico.
Como en el permiso de excavación de esa campaña no estaba del todo claro qué estábamos autorizados a hacer bajo el epígrafe «mejorar la entrada a la tumba de Djehuty», decidimos ser resolutivos, es decir, meter la directa, y hacer el cambio en un abrir y cerrar de ojos, casi literal.
Derribar la caseta, aun con sumo cuidado, nos llevó solo una mañana, fue más sencillo y rápido de lo que pensábamos.
Al día siguiente, nos concedimos un par de horas largas para sacar fotos de la fachada sin protección alguna, a cielo abierto.
Fue un momento verdaderamente emocionante, pues era lo más próximo a cómo se vería el exterior de la tumba de Djehuty en su época: los rayos de sol al amanecer incidiendo sobre los signos jeroglíficos tallados en la fachada y dando vida a los textos que, a un lado y a otro de la entrada, pretendían anunciar a los que deambularan por ahí quién era el propietario del monumento, las tareas que realizó como administrador al servicio de la reina Hatshepsut, su devoción por el dios Amón-Ra, pero, sobre todo, mostrar su dominio de la escritura y su habilidad para integrar las inscripciones en el diseño arquitectónico del monumento, de tal forma que uno no sabe decir si se trata de un edificio decorado con inscripciones o de un conjunto de inscripciones que acaban conformando el edificio que las cobija.