CAPÍTULO 39
Knox
Llevamos a Jake a la casa que mi jefe nos ha facilitado para ello y donde tengo todo preparado para este hijo de puta. Pertenece a un hombre al que le debe bastante dinero, así que nos viene de perlas.
Madison sigue en trance. Sabíamos que verle la arrastraría de vuelta a sus peores temores, que volvería a encerrarse en sí misma, pero era necesario. Pero veo rojo por que mi conejita sufra de este modo.
Acuesto a Jake sobre una mesa de metal. Anclo sus pies a esta y, por si quiero ponerlo de pie más adelante, ato sus manos a unas cadenas que he conseguido colgar en el techo.
El puto imbécil sigue inconsciente, así que le tiro un cubo de agua fría para hacerlo espabilar. Despierta boqueando, desubicado, pero en cuanto sus ojos se fijan en mí y es consciente de que su cuerpo está atado, comienza a suplicar.
—Todavía no te he tocado, ¿y ya estás pidiendo clemencia? No empezamos con buen pie, me temo …
Me acerco y hago un corte en su brazo. Que duela. Quiero que sufra por encima de todo.
—Te diré lo que quieras —grita—. Te daré mis clientes y me haré a un lado, pero por favor no me hagas daño.
—No quiero tus mierdas, Jake. Solo quiero venganza.
Que pases el triple de dolor que ella pasó, hijo de puta.
De una mesa auxiliar donde tengo colocado todo lo que creo que puedo necesitar, cojo unas tenazas.
Me acerco a Jake, lo descalzo y le arranco una a una las uñas de sus pies, deleitándome con sus gritos y cada gota de sangre que consigo que salga de su mierda de cuerpo.
Jake se desmaya por el dolor. Será nenaza…
Madison, que esperaba en la habitación más alejada de la casa, se acerca temerosa por la intensidad de los gritos.
La tranquilizo y le pido que se marche, pero quiere quedarse.
No le negaré a mi conejita ver sufrir a su agresor, así que acepto con la condición de que se vaya si es demasiado para ella.
Como el imbécil no vuelve en sí, coloco una toalla sobre su cara y empiezo a tirarle agua.
Se despierta con la sorpresa de la privación de aire.
Retiro la toalla una y otra vez para que respire un poco, pero enseguida repito el proceso una y otra vez hasta que su cuerpo parece que va a colapsar y entonces lo dejo descansar. No va a librarse tan fácilmente .
Por desgracia no tenemos todo el tiempo del mundo, porque la casa no es nuestra; mañana al anochecer deberemos de estar fuera de aquí. Pero a Jake le quedan las peores veinticuatro horas de su mierda de vida.
Después un buen tiempo de descanso —más para Madison que para Jake—, volvemos a entrar en la habitación donde todavía se encuentra inconsciente.
—Madison, porfavor —le digo, en un intento de hacerla entrar en razón y evitarle la dantesca imagen—. Va a sangrar mucho. Va a gritar y pedir clemencia. Necesito que salgas si es demasiado, promételo.
—Necesito estar presente, Knox: necesito ver como sufre.
Y esas palabras me hacen ponerme en marcha.
Suelto los pies de Jake de la mesa metálica y tiro de la polea para ponerle de pie.
Con esfuerzo consigo dejarlo de tal modo que todo el peso de su cuerpo repose sobre la punta de sus dedos desunglados.
En el momento que lo nota, comienzan los gritos.
El dolor debe de ser intenso, pero no más de lo que está por venir.
Jake levanta la cabeza y la ve. Fija sus putos ojos en ella. En ella, que es un regalo para la puta vista que él no merece.
—No la mires .
—Madison, porfavor —suplica entre llantos—. Sácame de aquí, me está haciendo daño. Yo lo he dado todo por ti, sácame de aquí. Por favor.
—Cuando Mike me violó, ¿hiciste tú algo además de ayudarlo, Jake? —suelta sin ningún tipo de emoción—. No tengo más que decir. Pero te he traído un regalo.
Miro sorprendido a Madison, que me tiende la bola que el hijo de puta le metía en la boca cuando se la follaba.
Esa es mi chica. Incluso en los peores momentos, consigue aflorar.
La recojo de su mano mientras la beso y los gritos de Jake se incrementan.
—¡No la toques!
—Ya veo que hay cosas que duelen más que la tortura física —comento entre risas y una idea comienza a formarse en mi mente.
Coloco la bola que Madison me da sobre la boca de Jake y me encamino a la mesa para decidir cuál será el próximo paso.
Me decido por un bisturí y vuelvo al hijo de puta, que sigue con la vista fija en Madison, y comienzo a hacer cortes precisos para poder levantar la piel, dejando el músculo expuesto para maximizar el dolor.
Literalmente voy a arrancarle la puta piel a tiras .
La verdadera tortura no estaba en arrancar la piel, sino en la sensación de dejar la carne expuesta, completamente desnuda hasta los nervios.
Hasta la esencia misma.
La sangre chorrea y va formando un charco a sus pies.
Paso toda la noche haciendo cortes a lo largo del cuerpo de Jake. Cada vez que quiere rendirse, le inyecto adrenalina para volver a comenzar.
Cuando Madison decide que es suficiente y se dispone a salir de la habitación para descansar un poco, Jake comienza a emitir sonidos inteligibles.
—Knox, quítale la bola. Quiero saber qué quiere decir.
Obedezco a mi conejita sin dudar. Pero sabiendo, que nada bueno puede salir de esa boca, y menos ahora mismo, cuando el dolor recorre cada nervio de su cuerpo.
—Te lo he dado todo durante toda tu puta vida y pedí muy poco a cambio. ¿De verdad me merezco esto?
—¿Y yo? ¿Me merecía todo lo que me has hecho? ¿No me merezco dormir en una puta cama si quiera?
—No. Mamá lo dejó muy claro siempre: la cama es para complacer al hombre. Para nada más.
—¿Mamá?
Por la blancura en su cara, supongo que Madison aún tenía la una pequeña esperanza de que no fuera real.
—Sí, hermanita. Mamá .
Jake nota su incomodidad y continúa; si tiene opción de romperla no va a dudar en hacerlo.
—Nuestra madre vendía su cuerpo para poder comer y drogarse. La casa en la que vivíamos solo tenía una pequeña cama y una silla al costado donde tú dormías. En la puta silla. La mierda que merecías hasta que pudieras trabajar también.
⟫Mamá siempre atendía a sus clientes del mejor modo y yo aprendí así a cuidar de ti. Se los follaba conmigo acostado a su lado, enseñándome lo que tenía que hacer para ser un buen adulto, un buen hermano. Y siempre lo fui para ti.
⟫Alguno de los hombres que mamá traía a casa me tocaban cuando me ponía duro.
Era muy pequeño para saber por qué, aunque con el tiempo lo entendí.
Mamá me hacía chupar su pecho como tú hacías (salía un líquido asqueroso).
A ellos les encantaba vernos y cuando lo hacía comíamos mejor.
Después me dejaba a un lado y se follaba a quien estuviera allí, gritando, gimiendo y jadeando.
A veces gritaba mi nombre, y yo veía como ellos movían su polla en el coño de mamá una y otra vez.
Gordas, finas, grandes y pequeñas. Todas entraban allí.
Todas nos daban de comer. Tú siempre estabas relegada a la silla porque lo que había entre tus piernas valía más que lo que yo tenía entre las mías.
Aunque eso no evitaba que hombre tras hombre te pintaran con su semen .
Se masturbaran tocando tus pechos inexistentes y viendo como mamá me tocaba la polla mientras yo chupaba sus tetas. A veces, mientras lo hacía, ella se metía los dedos en el coño y se masturbaba para ellos. Otras, ellos la follaban conmigo encima.
Así que sí, te he cuidado bien. Te he dado todo lo que merecías y todo lo que necesitabas. Nadie que yo no permita va a meter nada en tu coño, Madison. Porque me perteneces. He cuidado de ti como mamá cuidó de mí.
Lo último que esperábamos era una confesión como esta. Madison no tiene ni un tono de color en su piel y no para de temblar. La cojo en volandas y la saco de la habitación mientras la risa estridente de Jake resuena a nuestras espaldas:
—Te la he roto, Knox. No será mía, pero tuya tampoco.