CAPÍTULO 37
Knox
Esta vez, el viaje de vuelta en avión se hizo mucho más ameno al poder tener a Madison entre mis brazos todo el trayecto. Todavía no me puedo creer que estemos a punto de terminar con la vida de ese hijo de puta.
Una vez tuvimos cobertura pude ponerme en contacto con mi jefe, que me puso al día de todos los tejemanejes de Jake. Entre ellos, ha comprado a compañeros de trabajo de Sarah para que le avisen si Madison se pone en contacto. El cabrón no lo sabe, pero va directo a nuestra trampa.
Hace varias horas que aterrizamos, y lo primero que hace Madison es ponerse en contacto con Sarah y avisar que está de vuelta y fija una cita con ella para esta misma noche en el café donde suelen ir siempre.
La llama en horario de trabajo, para que todos los compañeros la escuchen hablar con ella.
Tenemos un plan, y es importante no saltarnos ningún paso si queremos que todo salga bien.
Después de hablar con Sarah, llevo a Madison al apartamento que tengo aquí alquilado. No es muy grande, pero no necesitaba mucho más; en cuanto terminemos con lo que hemos venido a hacer, nos largamos para no volver.
Cuando Madison entra en el apartamento, lo recorre con curiosidad. A mano derecha hay un salón cocina y hacia el lado izquierdo dos puertas, una que lleva al baño y otra a la habitación, que supongo que no usaremos. Una pena, porque mi sofá es incómodo de cojones.
La dejo conociendo el lugar mientras me encamino al parking y compruebo que mi moto sigue donde la dejé.
Para mi sorpresa, después de tantos meses sin uso, sigue encendiendo, por lo que me subo, y voy a comprar un casco para Madison; me niego a que no vaya segura.
Le compro uno exactamente igual al mio, un Shoei NXR , negro y con visera oscura.
No me la juego con la seguridad de mi conejita.
Tenía bastante claro lo que quería, por lo que en menos de media hora estoy de vuelta en el apartamento.
Lo hago sin quitarme el casco y llevando el de mi conejita en una caja de regalo.
Se sorprende cuando me ve llegar, y encuentro en sus ojos un brillo que antes no estaba ahí.
—Tengo un regalo para ti, conejita.
—Si el regalo eres tú follándome con el casco puesto, la respuesta en un sí.
Giro la cabeza y sonrío de medio lado. Tenía claro que a mi conejita le ponía mucho que llevara mi máscara —que se ha quedado esperándonos en la cabaña hasta el próximo Halloween—, pero estoy seguro de que mi casco puede hacer exactamente la misma función.
—Será un absoluto placer, conejita. No tengas duda de ello. Pero antes me gustaría que abrieras el paquete.
Rápidamente las rodillas de Madison chocan con el suelo y gatea hacia mí. Joder.
—No me refería a ese paquete —digo con una voz más grave de lo usual—. Pero no voy a decirte que no. Nunca.
Ella se ríe y se pone de pie. Me quita la caja de las manos, se sienta en el sofá y le da vueltas observándola desde todos los ángulos.
—Si le quitas el papel de regalo suele ser más fácil saber qué hay dentro.
Me mira con mala cara, pero rasga el papel y sus ojos se abren de par en par.
—¿Es el mismo casco que llevas puesto?
—Exactamente, conejita. Si quieres montar conmigo debes ir segura. No es negociable.
Le ayudo a sacar el casco de la caja. Se lo enfunda, pero cuando va a abrochárselo, meto la mano por la parte baja del casco y tiro de ella hacía mi, levantándole la cabeza y abrochando yo la hebilla.
Bajo mi mano a su cuello, y lo rodeo. No aprieto, pero no es necesario, mi conejita ya está inquieta.
—Vamos, tengo algo que enseñarte.
Se sorprende al escucharme por el intercom .
—¡Hostia! ¿Tú también puedes escucharme?
Asiento y salimos del apartamento. Es hora de que mi conejita ponga ese precioso culo sobre mi R1. Necesito verla sobre ella. Cuando llegamos a donde la he aparcado, Madison mueve la cabeza de arriba abajo, dando su aprobación.
—¿Puedo montar? —pregunta emocionada.
—Antes de montar la moto tienes que montar al motero, conejita.
Me subo pasando una pierna por encima y le doy le tiendo una mano para ayudarla. Madison se encamina a la parte trasera, pero la atraigo hacia mí y la siento de frente. Empujo un poco su pecho para que se deje caer sobre el tanque, colocando sus piernas alrededor de mis caderas.
La he imaginado así tantas veces, que no me puedo creer que realmente esté aquí.
Siento la intensidad de la mirada de mi conejita y levanto la cabeza, dejando vagar mis ojos sobre su cuerpo. Cuando llego a la altura de su pecho, sus pezones me reciben marcados en la camiseta. Guío allí una mano, la otra se mantiene en su cintura, sujetándola con posesividad.
—Ya estás encima de la moto, conejita. Ahora, ¿qué?
Acto seguido noto cómo el coño de Madison se restriega contra mi polla por encima de la ropa.
—Fuera pantalones. Ya .
Es complicado, pero consigo quitárselos sin bajarla al suelo. Cuando mis ojos aterrizan en sus bragas hayan una gran mancha de humedad. La muy descarada…
Bajo mis pantalones lo justo para liberar mi polla, que está lista para encontrar el calor de Madison. Ella no duda y se empala sobre mí, consiguiendo que jadeemos al mismo tiempo.
El coño de Madison me aprieta y es como estar en el puto cielo.
Comienza a moverse sobre mí medio recostada en la moto.
Las acometidas son tan fuertes que me cuesta mantener el equilibrio.
Mi vista se posa en ella adivinando lo que necesita y no se lo niego.
Una de mis manos va directa a rodear su cuello, sin apretar, pero haciéndole saber que está ahí.
Encamino mi otra mano hacía el punto que la lleva al cielo y comienzo a ejercer presión en círculos.
Madison comienza a apretarse a mi alrededor y se humedece más si es posible.
Los movimientos se vuelven más erráticos, por lo que tomo el control y doy varios empellones duros, rápidos.
Se corre y me lleva con ella. Nuestros jugos combinados llegan al asiento de la moto y juro no volver a limpiar el asiento en la puta vida.
Bajamos de la moto y la ayudo a vestirse. Subiéndole las bragas, veo cómo mi semen resbala por sus muslos, por lo que me pongo de rodillas y encamino mis dedos hacia sus pliegues. Lo recojo —interrumpiendo el camino que impone la gravedad— y lo vuelvo a meter dentro de su coño.
—Esto debe de quedarse donde pertenece. —Le subo del todo las bragas—. Quiero que me sientas dentro toda la noche, Madison. Que notes cómo mi semen va saliendo de ti y mojando tu ropa, cómo te vas humedeciendo cada vez más al saber lo que llevas dentro de ti. Siendo mi buena chica.
No la veo, pero tampoco lo necesito para saber qué las mejillas de Madison se tornan rosas. Sé lo que le encantan los elogios y no desperdicio ninguna oportunidad para decirle a mi chica lo buena que es, lo bien que se porta.
Nos adelantamos un poco y subimos a coger un par de cosas para después dejar a Madison en su cita con Sarah, que ya va tarde.
Mientras toman algo, yo me voy al lugar que mi jefe nos ha conseguido a dejarlo todo a punto.
Preparo una mochila que me echo a la espalda y vuelvo a la cafetería a vigilar a mi chica.
Después de hablar con Sarah por teléfono, le mandó un sms adelantando su cita una hora para darme margen para tenerlo todo listo antes de que él llegue. Esta noche es la noche.