Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Knox

Estamos a finales de Noviembre, y la dinámica entre Madison y yo es cada vez más cercana. Poco a poco va sanando heridas, y se va abriendo más a mí. Tenemos una rutina donde todo gira en torno a ella para que se sienta cómoda conmigo. Ella manda. Siempre. En todo momento.

Y creo que comienza a dar sus frutos, porque Madison se siente completamente relajada a mí alrededor, y me enorgullece decir que nunca la había visto tan feliz.

Lleva una sonrisa permanente en la cara.

Por lo menos hasta que llegan las noches e intento que se acueste conmigo en la cama, pero es muy tajante en ese sentido.

Y todavía no consigo saber el porqué. Tampoco quiero forzarla, porque si no ha querido hablar de ello, es por algo.

Pero el tiempo se termina. No podemos quedarnos aquí para siempre anclados en esta cabaña para el resto de nuestros días.

Ella necesita avanzar en el mundo real, y no solamente en el mundo que yo creo para ella, donde soy el centro de sus días.

Así que, hoy, cuando terminamos de cenar, nos dirigimos al sofá a leer, como todas las noches. Pero esta vez no dejo que Madison se recueste sobre mí; necesito que me mire a la cara. Sigo sin saber cómo decirle esto, pero necesita saberlo para seguir avanzando. Para poder seguir sanando.

Ella fija la mirada en la mía. Reconozco las señales en su cuerpo, como la ansiedad comienza a embargarla. Sé que tiene miedo; ni un solo día hemos roto la rutina.

—¿Qué pasa —pregunta con un hilo de voz.

—Hay algo que debes saber. Algo que todavía no he procesado y que no sé cómo decirte.

Es más retorcido de lo que había podido imaginar jamás —digo mientras me retuerzo los dedos—.

Todavía no tengo pruebas, pero las tendré.

Creo que si algo te he demostrado en el tiempo que llevamos aquí es que puedes confiar en mí. Que nunca te mentiría.

—Me estás asustando, Knox. ¿Puedes soltarlo ya?

—¿Recuerdas que Jake te decía que lo más importante de todo era que las monjas no supieran lo vuestro? ¿Que bajo ningún motivo podían pillaros?

—¿Cómo sabes tú eso? —pregunta, desconcertada.

No sabe por dónde voy, y cada vez me late más rápido el corazón. No sé cómo decírselo, pero tengo claro que no se lo va a tomar bien, y tiene toda la razón del mundo para reaccionar del peor modo posible. No sé qué coño haría yo de estar en su situación .

—Sé muchas cosas, Madison —contesto sonriendo de medio lado—. Pero, ¿recuerdas de lo que te hablo?

—Claro —admite—. Jake decía que era porque soy menor que él. Y no podía quedarme embarazada bajo ningún concepto. Así que…

—¿Así qué…? —indago frunciendo el ceño, porque no sé por dónde va a tirar. Estoy tenso, ansioso, acelerado y necesitando sacar esta información de mi cuerpo—. Puedes contarme lo que quieras, estoy aquí para ti.

Madison aprieta la mandíbula y traga con fuerza, reuniendo el valor para lo que tiene que decir.

—No podíamos permitirnos que me quedara embarazada bajo ningún concepto, porque me dijo que iría a prisión. Así que, varias veces al mes, me daba puñetazos en el vientre para evitar riesgos. Era pequeña por lo que no lo cuestioné ni una sola vez.

⟫Poco antes de irnos del orfanato me colocó en la cama , me sujetó las muñecas al cabecero con unas bridas negras y comenzó a dar puñetazos y patadas en mi vientre. En el momento me desmayé, pero con el paso de los días el dolor no remitía. Tenía mucho sangrado, fiebre…

Una noche nos escapamos y me llevó a un médico.

Nos dijo que las palizas repetitivas en esa zona habían creado adherencias internas, por lo que era muy complicado que me pudiera quedar embarazada.

Eso lo hizo muy feliz, y a mí también, porque significaba que no habría más golpes en el vientre.

O eso creía. Después de esa noche, ya no volvimos al orfanato.

La miro pero no la veo. No sé qué decir.

Estoy aquí, pero no estoy. En mi mente se reproducen imágenes del modo en que voy a torturar a Jake, de cómo le arranco la cabeza del cuerpo y me baño en su sangre, causando todo el dolor posible a ese hijo de puta.

Recreandome en una tortura que va a durar días.

Pero me repongo porque ella me necesita. Y porque, ante todo, yo también le tengo que contar la verdad, su verdad.

—Si algo puedo decirte con seguridad es que voy a matarlo, Madison —le prometo—. Y tú lo harás conmigo. A mi lado. Mano a mano.

Aprieto los dientes conteniendo la rabia, intentando que no se filtre en mis palabras lo inestable que estoy en este momento.

—Quedó en el pasado, Knox, solo quiero dejarlo ir.

—No podemos dejarlo ir. No puedo. Y tú tampoco. Te he sentado esta noche aquí porque no puedo ocultarlo más, aunque no sé cómo decirlo.

—Solo suéltalo ya —exige, exasperada.

—Jake es tu hermano .

El tiempo se ralentiza. El color de la cara de Madison desaparece de golpe.

No se mueve ni habla. Le doy margen para que lo procese.

Me quedo a su lado, sin tocarla y dejo que se tome su tiempo para que su cerebro decida que puede hablar después del jarro de agua fría que le acabo de tirar por encima.

—¿Qué has dicho?

—Tenéis padres diferentes, por lo que no lleváis los mismos apellidos —me apresuro a explicar—. Vuestra madre murió, y los servicios sociales os recogieron de vuestra casa y os internaron en el orfanato. Tú eras demasiado pequeña para tener recuerdos, pero él lo sabía.

Con esto por ahora es suficiente. Ya habrá tiempo para que conozca todos los detalles; sigue en shock y no quiero llevarla al límite.

Se levanta del sofá y, de camino a la cocina, va dando patadas a todo lo que encuentra por el suelo. Coge un cuchillo y, en completo silencio, se encamina a la habitación. La dejo lidiar con el trauma de la manera que necesite, pero me quedo siempre cerca.

Cuando entra al dormitorio, se queda a los pies de la cama.

La observa como quien ve un fantasma. De un instante a otro, más rápido de lo que la he visto moverse nunca, comienza a clavar el cuchillo en el colchón mientras lo insulta, grita, llora, gruñe.

Deja salir toda la rabia, el rencor, el miedo, la tristeza…

Todo lo que lleva dentro. Todas las emociones que la están sobrepasando en este momento.

Lo vomita todo mientras sigue bajando el cuchillo sobre el colchón una y otra, y otra, y otra vez.

Dejo que saque todo lo que lleva dentro. Poco a poco se va moviendo por toda la habitación y va destrozando una cosa tras otra: tira las lámparas y las hace añicos en el suelo, y clava el cuchillo en toda superficie donde consiga hacerlo mientras llora desesperada.

Cuando veo la sangre en una de sus manos, actúo sin pensar. Me apresuro a quitarle el cuchillo. La levanto en brazos y me la llevo al salón, parando a por el botiquín en el camino.

Me siento con ella en el sofá. Intento tranquilizarla mientras curo su herida y le hago saber que estoy aquí.. El llanto la sacude de tal modo que me cuesta incluso sujetarla, pero afianzo nuestro abrazo.

Nunca había visto a nadie roto de este modo. Nunca había visto a nadie sufrir tan profundo.

—Estoy aquí ,conejita. Siempre.