Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

ÉL

Me quedo de pie delante de la cabaña. Mi pequeña está destrozada después de tanto caminar.

La veo por la ventana hacerse un café y sentarse a leer delante de la chimenea.

Le doy a Madison el tiempo necesario para que se acomode y descanse lo máximo posible; esta noche va a ser larga.

Cuando lleva un rato dormida, me pongo la máscara y me adentro en la cabaña.

Está acostada sobre el sofá, la manta se ha resbalado al suelo y aprecio sus curvas en su ropa deportiva.

Todavía no me he acercado, pero ya estoy completamente duro.

Pero este es un viaje de descubrimiento para mi conejita.

Así que, sin ningún tipo de duda, avanzo hacia ella. Me caliento las manos en la chimenea antes de ponerlas sobre su cuerpo; no quiero que se despierte antes de tiempo. Cada minuto que paso calentándomelas y no teniéndolas sobre su cuerpo es una jodida tortura.

Acaricio su cuerpo sobre la ropa, y sus pezones se endurecen a través de su camiseta.

Ver cómo responde me insta a continuar con las caricias por debajo del jersey, poco a poco.

Llego a sus pechos y, con una mano en cada uno, comienzo a tirar de sus pezones, que se fruncen más bajo las yemas de mis dedos.

Tiene toda la piel erizada, así que decido ir un paso más allá.

Deslizo sus pantalones y ropa interior por sus piernas.

Sé que mi conejita sigue soñando porque de vez en cuando se le escapa algún pequeño gemido.

Me sitúo entre sus piernas, y veo cómo me llama su coño, cómo está de empapada para mí, lista para recibirme.

No dudo, llevo mi mano derecha a su pecho para que siga jugando con él y me levanto la máscara, que reposo sobre mi nariz.

Levanto un poco su pierna para poder acceder con más facilidad.

Acerco mi nariz y huelo la excitación de mi conejita.

Huele como los jodidos ángeles y eso solo hace que me ponga más y más duro.

Mi polla está apretada contra su pierna y solo el roce de su piel me está volviendo completamente loco, aunque esté vestido.

Y, por fin, después de tantos años, llega el momento que tanto estaba esperando.

Pongo mi boca sobre el clítoris de mi conejita y comienzo a chupar, a lamer; muevo mi lengua por todo su coño, la penetro con ella.

Con cada gemido, la sigo chupando como si mi vida dependiera de ello.

Y sé que no volveré a probar nada igual. Mi conejita es mi comida favorita.

Suelto su pierna e introduzco dos dedos, moviéndolos mientras mi boca sigue chupando, mordiendo, jugueteando con su clítoris.

Y lo noto: su coño empieza a apretar mis dedos, a un paso de correrse, por lo que redoblo mi empeño.

Hasta que la escucho. Lo que quería ser un grito de terror se convierte en el mayor orgasmo de mi conejita hasta la fecha.

Intenta retirarse, pero la sujeto por la cadera, reteniéndola para prolongar su placer lo máximo posible.

Mi conejita forcejea cada vez más, pero su coño me sigue apretando los dedos, cada vez con más fuerza.

Solo la dejo ir cuando la presión disminuye.

Se pone de pie —vestida solo con la sudadera— mirándome asustada.

—Hola, conejita.

—¿Ghostface?

Su cara se descompone y leo sus intenciones de huir, así que me interpongo entre ella y la puerta.

—Hay muchas cosas que tengo que contarte, conejita.

—No tengo nada que hablar contigo, puto psicopata de mierda. ¿Qué coño haces aquí?

Aparecen los primeros signos en un ataque de ansiedad, así que me acerco para intentar calmarla. Huye, pero la arropo entre mis brazos y comienzo a apretar. Su cuerpo se destensa.. Por mucho que lo odie, se siente segura con Ghostface. ¿Se puede estar celoso de uno mismo?

—¿Por qué me has seguido hasta aquí? —Su voz suena entrecortada .

—Ayer me quedé bastante inquieto —me apresuro a explicar—. Me acerque al hotel y me dijeron que estabas de camino aquí. Quería solucionarlo cuanto antes.

Odio mentirle de este modo, pero no puedo soportar que me mire con miedo después de darle el mejor orgasmo de su vida.

No tengo que quitarme la máscara ahora, y si puedo prolongar un poco su sentimiento de seguridad lo haré.

Aunque los celos me estén matando por dentro porque prefiera estar con Ghostface, incluso si somos la puta misma persona.

—Lo siento, Madison, pero no podía quedarme así. No quería. Ayer fue importante para mí.

La giro manteniendo mi agarre en ella. Sigo con la máscara apoyada en mi nariz, por lo que ella puede verme la boca; cómo me tiemblan los labios y las ganas que tengo de besarla. Pero la duda se refleja en sus ojos, el miedo que la atormentaba ayer por la noche. Puedo verlo todo.

—Solo quería aclarar que todo esté bien —digo, bajando la voz—. Me iré por la mañana si eso es lo que quieres. Toma la decisión que necesites.

Nos mantenemos la mirada en un silencio arrollador. Por primera vez, soy incapaz de descifrar a mi conejita. Cada segundo que pasa esperando su reacción ralentiza un poco más los latidos de mi corazón.

​ Y la que toma no es la que yo esperaba .

Me besa.

Lo besa.

Al puto Ghostface, no a mí.

Quería que ella quisiera besarme, pero no así.

Aun así, llevo toda mi vida esperando este momento, así que correspondo con hambre, con pasión. Nos besamos hasta que tenemos los labios rojos e hinchados. Nos separamos solo para coger aire, y volvemos a unirnos.

La guío hacia a la habitación, y me dejo caer en la cama, posicionándola a ella sobre mí.

Noto el nerviosismo en todo su cuerpo.

—Tranquila, Madison. Solo tienes que darme un par de toques en la pierna y me detendré de inmediato, ¿recuerdas?

Asiente con la cabeza. Tiene la respiración acelerada y le tiemblan las manos mientras busca el borde de mi camiseta. La ayudo a quitármela por la cabeza, dejándome la máscara puesta.

—Quítatela —me pide.

—Lo haré. Lo prometo. Mantengamos el misterio un poco más, conejita. Solo un poco más.

Me giro sobre Madison, aprisionándola debajo de mí y comienzo a acariciar su cuerpo, pero ella se queda completamente petrificada.

Mierda .

Recupero la postura inicial y la siento sobre mi erección. Reacciona llevando sus ojos a los agujeros de la máscara.

—No sé dónde has ido, pero quédate aquí conmigo, conejita.

Continuamos besándonos. Llevo mis dedos a su coño, donde compruebo que está más que lista para mí.

Los introduzco y comienzo a masturbarla.

Madison gime, y se mece siguiéndome el ritmo.

Me desabrocho los pantalones, liberando mi polla de la presión de estos.

Madison vuelve a congelarse. Me quedo más quieto de lo que lo he estado nunca.

—¿Qué necesitas?

—Control —responde mientras intenta aguantar las lágrimas.

Señalo con un ademán de la cabeza la mesilla que hay junto a la cama.

—En el primer cajón hay unas esposas.Utilizalas, ten absolutamente todo el control de la situación. —No cuestiona por qué sé que hay unas esposas, demasiado metida en el momento.

Pero accede y me esposa al cabecero de la cama.

—Quítame los pantalones.

Obedece sin dudar .

—Hasta aquí han llegado mis indicaciones, Madison. Soy tuyo para hacer conmigo lo que quieras. Y tú, eres mía para adorar.

—No sé qué hacer —responde con las mejillas rojas por la vergüenza.

—¿Qué te pide el cuerpo? Escúchale a él…

Una ligera duda, y lo siguiente que noto es cómo su lengua recorre uno a uno mis abdominales, dejando un camino de lametones, besos y pequeños mordiscos por todo mi abdomen. Da especial atención a alguno de mis tatuajes, y cuando llega a mi polla, la sujeta.

Me mira a los ojos, valorando su siguiente movimiento.

Solo necesita un pequeño asentimiento por mi parte, y se posiciona, bajando su cuerpo poco a poco sobre ella. Tan despacio que se convierte en una absoluta torura. Me dejo hacer, dándole a ella todo el control, pero es mucho más difícil de lo que pensaba.

—¿Bien? —pregunto alarmado cuando se queda quieta y callada.

—Nunca había sentido algo así. —Levanta la cabeza con los ojos llorosos.

Me mata verla de ese modo, y más ahora mismo. Así que decido aligerar tensión. Necesito alejar como sea esas lágrimas de sus ojos .

—¿Tan mal? —digo, forzando la voz.

Se ríe, y es consigue calmarla un poco. Retoma el movimiento, dibujando círculos con la cadera.

Definitivamente, estoy viendo a Dios en la tierra; sobre mí, montándome y persiguiendo su propio orgasmo, cada vez de un modo más descoordinado y se que está cerca.

Cuando su coño comienza a temblar alrededor de mi polla, no me detengo hasta que se deja ir, y me dejo ir con ella, corriéndonos juntos.

Madison se acuesta sobre mí para poder recuperar el aliento.

—¿Me sueltas? —Quiero ir por algo para limpiarnos.

Se incorpora y me mira fijamente. Frunzo el ceño, porque no consigo entender qué está pasando ahora mismo por su cabeza. Queda sentada sobre mí y, antes de que pueda reaccionar, lleva sus manos a la máscara y tira de ella.

Apenas soy consciente de que ahora mismo Madison me mira a los ojos. No a la tela de la máscara, si no a mí.

—¿Knox?

Mierda.

Con el terror adornando su cara, Madison se levanta y no se lo piensa ni un solo segundo: corre. Sale de la cabaña llevando encima solamente una sudadera.

—¡Madison! ¡Ven aqui, joder! ¡Madison! ¡Vuelve !

Me levanto rápido y quito con la boca el cierre de seguridad de las esposas. Me pongo unos calzoncillos y me adentro en la noche.

—Corre, conejita; voy tras de ti.