Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Madison

He pasado una jodida noche de mierda. Asustada por cada puto ruido que había a mi alrededor, me atrincheré en la tienda de campaña en cuanto el sol empezó a desaparecer, y no he vuelto a salir hasta que ha sido completamente de día.

Estoy jodidamente segura que los ruidos de esta noche no podían ser de animales.

Era obvio que había alguien cerca, porque cuando llegué al campamento el fuego estaba encendido, y se ha mantenido así incluso con la salida del sol.

Eso sí, lo he agradecido mucho porque he pasado un frío jodidamente horroroso.

He apagado el fuego antes de salir, ya que me ha dado miedo dejarlo encendido sin vigilancia alguna.

Llevo varias horas caminando, y solo puedo pensar en llegar a la dichosa cabaña.

Mi cuerpo funciona por la inercia del cansancio infinito.

Moverme está siendo una absoluta tortura, por lo que intento despistarme con las cosas que tengo alrededor.

Ya no puedo llamar a nadie por teléfono porque a estas alturas no hay cobertura.

Solo puedo servirme del mapa que llevo en la mano, pero que no consigo entender.

Cada dos minutos escucho ruido entre los árboles y cambio la ruta, porque me da miedo que salga un oso o una mierda similar, ni si quiera se si hay osos aquí, pero no sabría qué mierda hacer si eso pasa.

Supongo que el señor del hotel tenía razón en no querer que me adentrara tanto en el bosque yo sola, siendo una persona que no ha puesto un pie en un puto bosque jamás.

Pero ya es demasiado tarde para echarse atrás, así que sigo hacia delante cruzando todos los putos dedos que tengo en el cuerpo.

Las vistas que me rodean son impresionantes.

La espesura del bosque es tal que cuando levanto la vista al cielo solo veo las copas de los árboles que tengo a mi alrededor, ni un solo trozo de cielo azul, por lo que voy caminando con una luz bastante escasa.

Llevo una linterna en la mano que solo enciendo en las partes más oscuras.

El suelo está lleno de raíces que se montan unas sobre otras.

Es un sitio que no muchas personas han pisado, por lo que la naturaleza es completamente salvaje.

Hay ramas, hojas, raíces, por todas partes.

Tengo que ir con más cuidado del habitual, ralentizándome para alcanzar mi destino.

He perdido la cuenta de las horas que llevo caminando porque mi teléfono lleva mucho tiempo apagado.

El mapa sigue en mi mano junto a la linterna, pero es imposible identificar absolutamente nada, así que solo rezo por estar yendo por el camino correcto.

Sigo escuchando ruidos a mi alrededor que me hacen desviarme a un lado y a otro.

En esta zona la niebla está muy presente.

Tengo todo el vello de punta y la sensación de que alguien me sigue se está haciendo cada vez más difícil de ignorar.

Es el día de Halloween, y la gente se vuelve completamente loca imitando a algunos asesinos famosos.

Esta noche dejan salir a la peor parte de sí mismos, y ese pensamiento hace que mi imaginación cree caras en sombras donde no hay nada más que aire. No puedo evitar estar asustada.

He perdido la cuenta del tiempo que he pasado adentrada en la parte más espesa del bosque pero, cuando los árboles comienzan a separarse un poco más entre sí y la luz natural hace acto de presencia, parece que estoy cerca de mi destino.

Después de varios minutos, distingo al fondo una casa fabricada con troncos.

No parece demasiado grande, pero se ve muy bien cuidada para encontrarse donde está.

Tiene un pequeño porche con dos sillas y una mesa, todo fabricado en madera.

Me resulta impresionante que alguien pudiera construir algo así en medio de la nada .

Cuando me acerco a la puerta, veo un sobre encima de la mesa del porche que me da algunas indicaciones de como encender el fuego, la llave para poder entrar y me desea una feliz estancia.

Así que me aventuro y paso. Por dentro es preciosa y está cuidada con mucho mimo.

Al entrar, accedes a una estancia diáfana con una chimenea en medio.

Hay un sofá de madera con cojines y varias mantas encima.

Aparte de la entrada solo hay dos puertas más: un baño con todo lo necesario y una habitación con cama de matrimonio.

Está todo decorado de forma muy rústica, pero siento que le da un toque extra de personalidad.

Me quito la ropa, me pongo un chándal más cómodo y me aventuro en la tarea de encender el fuego.

Una vez lo tengo —y gracias a dios que fue bastante fácil—, abro la ventana de la habitación para que ventile un poco; se nota que hace tiempo que la cabaña no está habitada y el ambiente se siente algo cargado.

Y al fin llegó el momento: me preparo un café, cojo una manta, un libro y me siento delante del fuego a leer un poco y descansar.