Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

ÉL

Camino un poco por detrás de Madison, dando márgen a que pueda girarse sin verme, pero escucho todas las quejas y palabrotas que van saliendo por su boca. No puedo resistirme, y una amplia sonrisa decora mis labios en todo momento. Es tan mona cuando se enfada de ese modo.

Sabía que para ella no iba a ser fácil subir incluso llevando un mapa en la mano, por eso, entre otras cosas, lleva el localizador.

Mi conejita se perdería aun teniendo que seguir solamente un sendero marcado con flechas.

Cada vez que va a tomar una ruta equivocada, me adelanto y hago ruido entre los árboles, lo que la asusta y hace que elija otra ruta. De ese modo la guío por donde quiero.

En cierto momento llama a Sarah y, aunque me encanta que tenga una amiga fuera de los círculos de Jake, no tengo del todo claro que sea lo mejor para ella, ya que le miente de forma descarada. Al menos siempre es un apoyo para mi conejita.

Como va distraída al teléfono puedo acercarme un poco más y consigo escuchar algo de la conversación, que no podía girar en torno a otra persona… Por supuesto, el puto Jake.

Escucho como Madison le insiste a Sarah que no ha recibido ni un solo mensaje o llamada de Jake, y me siento sumamente orgulloso.

He desviado el teléfono de Madison al mío.

Espero que mi conejita nunca tenga que leer algunos de los mensajes que le ha enviado.

El hijo de puta va a llorar sangre por decirle esas cosas a mi chica.

Sé que ha estado armando bastante jaleo pero, siempre que se mantenga en su mierda de pueblo, me sigue dando margen para llevar a mi conejita allí donde quiero.

Mi jefe tiene a varios hombres vigilando a ese cabrón.

Sé que llegado el momento tendré que pagar demasiado caros los favores —como darme el tiempo suficiente para sacar a mi conejita de esa casa y darle una vida mejor—, pero mi conejita no tiene precio.

He tardado demasiado en poder venir a buscarla, y no pienso irme sin ella.

Madison no lo sabe, pero su hogar está a mi lado.

Salgo de mis pensamientos cuando recita ciertas palabras que me hacen hervir la sangre.

—Supongo que tendré que plantearme llamarlo y hablar con él.

Por encima de mi jodido cadáver. No me importa si tengo que descubrirme y arrebatarle el móvil antes de llegar a la cabaña; no se va a poner en contacto con ese hijo de puta .

Nunca.

Más.

Por. Encima. De. Mi. Jodido. Cadáver.

Los celos me recorren el cuerpo, aprieto los dientes y le doy un puñetazo a un árbol. Decido mandarle un mensaje a Madison aprovechando que todavía tenemos cobertura.

Yo: Muerto el perro se acabó la rabia. Y al perro cada vez le quedan menos horas.

Madison: Ahora el bicho raro es poeta, ¿o es alguna mierda de acertijo que tengo que adivinar?

Yo: No jueges con fuego, Madison. Porque ahora mismo solo necesito una pequeña chispa para prenderlo todo, y tú todavía no estás preparada para lo que tengo que darte.

Nada más darle a enviar el texto, recibo una llamada de un número que generalmente solo me envía mensajes, así que me pongo alerta en ese mismo momento.

—¿Qué ocurre?

Me mantengo más alejado de Madison para poder hablar con calma, pero la veo leer el mensaje, y no sabría identificar su reacción desde tan lejos. ¡Mierda! Madison deja el teléfono y acelera el paso, o lo intenta, porque desde aquí distingo lo que le cuesta mantenerse en pie.

—Tengo noticias, y no son precisamente buenas. Hemos descubierto mucha mierda de la que hace Jake, pero hay algo que ha resaltado por encima de todo lo demás. Es sobre Madison, y no te va a poner nada contento, amigo.

—Suéltalo ya.

Comienzan a hablar al otro lado del teléfono, pero no consigo procesar toda la mierda que estoy escuchando. Es imposible que alguien haga algo así. Me confirman que ella no sabe absolutamente nada. Quedan en enviarme un informe sobre alguna de las cosas que han descubierto.

—Perderé la cobertura en breve y no podré contactar contigo hasta que llegue a la cabaña y tenga el teléfono satelital, pero ponte en contacto solamente si es una gran emergencia.

Cuelgo el teléfono sin despedirme. No he podido si quiera decir nada al respecto de la información que me han dado; estoy completamente en blanco. Voy a guardar el teléfono, cuando este vuelve a vibrar con la información de la que me hablaban.

Solo puedo dar gracias de que estamos a menos de diez minutos del campamento donde haremos noche, porque ahora mismo no creo siquiera poder identificar el puto camino.