Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 21
51%

CAPÍTULO 21

Madison

Voy caminando por la calle principal cuando lo veo de espaldas. Le dice algo a unas adolescentes que salen corriendo inmediatamente después, cosa que me hace reír. No necesito más que su espalda,para saber que es él.

No creo que en esta ciudad, existan muchos más hombres con unos hombros tan anchos y un aura tan oscura.

Cuando se da la vuelta, se queda en completo silencio.

No sé si le ha gustado mi disfraz y ya noto el calor subirme a las mejillas.

Así que por, una vez en mi vida, decido romper el hielo, porque está claro que él no va a dar el primer paso.

Hace un chiste que creo que no tiene ni una pizca de gracia pero que me provoca una risa nerviosa.

Me hace sentir cosquillas en el estómago que me vea de ese modo.

—¿Vamos? —me invita mientras me tiende una mano. Mi corazón comienza a acelerarse en mi pecho.

—Será un placer —contesto mientras la acepto y entrelaza nuestros dedos.

El estómago me da un vuelco y siento como una corriente que ha iniciado en mi mano y desciende por mi cuerpo. No sé si es que con Jake sentía demasiado poco, pero me asusta la intensidad con la que este chico me hace sentir con el más mínimo roce.

Nos adentramos en medio de las pacas de heno y vamos directos al centro, donde suena música lenta.

Se me acerca demasiado.

—¿Puedo? —me pregunta, mientras insinúa que quiere rodearme la cintura con la mano. Intento mirarlo a los ojos, sin resultado alguno.

—Cla… claro… —respondo, tartamudeando. Se acerca y posa su mano a la altura de mi cintura.

Yo coloco la mía en su hombro, y pega su cuerpo al mío en un movimiento de lo más natural.

Nos mecemos de un lado a otro, y es como si lo hubiésemos hecho miles de veces.

Me siento cómoda en sus brazos, y es una sensación que nunca había tenido hasta este momento. Seguridad, confort, paz.

No sé si sonreír o llorar por ser consciente de ello.

Bailamos en silencio, pero no siento que sea un silencio incómodo, si no, todo lo contrario. Hasta que el sonido de su voz me saca de ese lugar de paz:

—¿Qué tal tu paso por la ciudad? ¿Qué te trae por aquí? —No puedo saber cuáles son sus intenciones con la pregunta, ya que con la máscara puesta es imposible leerlo. Pero sus brazos me proporcionan tanta seguridad que no dudo en responder .

—Necesitaba un cambio de aires. Reencontrarme conmigo misma.. Básicamente, necesito saber quién soy.

—¿Y qué has descubierto hasta el momento? ¿Algo que puedas confesarme? —Levanto los ojos a los agujeros negros de la máscara, sintiendo como el calor que acude a mis mejillas se extiende por todo mi cuerpo… Parece que lo hubiera preguntado a propósito.

—Eh… eh… He descubierto que me gusta ver series comiendo chocolate.

—¿No lo habías hecho nunca?

—Entre el trabajo y la casa no tenía demasiado tiempo libre —contesto, mientras me acaricia con el dedo que tiene apoyado en mi cintura arriba y abajo.

En un primer momento el movimiento me tensa; me trae recuerdos de otras manos tocando mi piel. Pero levanto la vista y, al devolverme la mirada, soy consciente de que no es el mismo tipo de caricia. La suya, lejos de asustarme, me enciende. Activa de otro modo las reacciones de mi cuerpo.

—Y ahora, ¿cuánto de ese tiempo libre vas a dedicarme? —Me tiemblan las piernas, pero no tengo del todo claro que sea por los nervios.

—¿Acaso te lo has ganado? —contesto con una valentía que estoy lejos de sentir .

—Por lo que acabas de decir, has disfrutado mucho de los chocolates que te llevé, brujita. ¿O debería de decir conejita ?

Me quedo parada en medio del baile, lo que hace que otra pareja choque con nosotros.

“Fue él”.

Estoy asustada, pero también…

Doy dos pasos atrás con afán de irme.

—Perdona —se excusa, impidiendo que me aleje—. Te vi entrar en la cafetería y mirar con deseo los chocolates… Lo siento, quizá me extralimité.

—¿Cómo sabes dónde me alojo?

—Te seguí al hotel y dejé la bolsa en recepción. Me dijeron que lo entregarían en mano. Supongo que no estabas.

Vale, tiene lógica. Estaba dormida y por eso el personal del hotel la dejó en el suelo. Aunque alguien podría haberlo robado, pero después de cómo han estado actuado ya nada me extraña.

—¿Damos un paseo? —Extiende otra vez una mano hacia mí. Lo miro con algo de desconfianza, pero no quiero dudar siempre de las intenciones de todo el que me rodea.

—Claro.

Salimos del centro de la pista y, no sé cómo, pero terminamos en medio de los callejones simulados —sin salida— de las pacas de heno. Su mano sostiene la mía con fuerza. No me suelta en ningún momento, y siento como el hormigueo va bajando desde el estómago.

Mis ojos se quedan ensimismados con las venas que adornan sus brazos; en la forma en la que aprieta mi mano contra la suya y la seguridad con la que se mueve. Con todo el conjunto, me paro a imaginar, por primera vez en mi vida, cómo se moverían esos dedos en mi interior.