CAPÍTULO 22
ÉL
Entrelazo mis dedos con los de Madison porque necesito tocarla lo máximo posible. Todo lo que me permita será poco. Si por mí fuera, su cuerpo y el mío estarían unidos siempre. No sé exactamente qué pasó entre Jake y ella, pero le cuesta el contacto físico.
Antes, en la pista de baile, cuando la sujetaba por la cintura y sin ser del todo consciente, mi dedo comenzó a dejar pequeñas caricias sobre su vestido. Se puso a temblar. No habría sido consciente de ello de no estar tan pendiente, pero ese pequeño temblor estaba ahí.
Por su cara no sabría decir si la incomodaba de más con un gesto así. Puede que nadie se hubiera parado a tocarla de ese modo: con amor.
Sinceramente, no sé cuál de las dos opciones me hace sentir peor.
Por un lado, me hubiera gustado que fuera feliz los años en los que no pude estar a su lado.
Pero, por otro, los celos me corroen el alma.
Me hacen hervir la sangre y tengo ganas de jugar a los bolos con la cabeza de Jake.
Cosa que no descarto que ocurra. Ese hijo de puta merece el peor de los infiernos y pienso ser su puto demonio personal.
Pero hay prioridades, y la salud mental de Madison es la primera.
En estos años, su descenso a las profundidades ha sido brutal; ha perdido el brillo en sus ojos. De mi Madison ya solo queda una cáscara, y mi único propósito en la vida es que sea feliz, como debió serlo siempre.
Madison acepta salir a dar un paseo, pero voy tan pendiente de cómo se siente el tacto de su mano sobre la mía y cada una de sus expresiones, que dejo de ver el camino que tomamos y terminamos perdidos en medio del laberinto.
Su respiración se acelera. Supongo que le asusta adentrarse en un puto laberinto con un enmascarado cuya identidad desconoce. Pero todavía no estoy preparado para desvelarla; seguro que saldría corriendo si supiera quién soy.
—Nos hemos perdido, ¿verdad? —pregunta en apenas un susurro.
Su voz me saca de mis pensamientos, y me giro para mirarla a esos preciosos ojos marrones, aunque ella no pueda ver los míos.
—Pues no te voy a mentir, me temo que sí. Pero mi orgullo de hombre me impedía decirlo en voz alta —respondo, intentando aligerar un poco el ambiente.
Una pequeña risa escapa de entre sus labios. Siento que se le ha escapado, y eso me hace todavía más feliz .
—No pasa nada, busquemos la salida juntos —responde mientras tira de mi mano hacia un camino a mano derecha.
Cuando nos adentramos en el camino, la luz va desapareciendo poco a poco. En medio de la penumbra, llegamos a un gran círculo que tiene varias pacas de heno a modo de banco, y otras tantas apiladas que lo rodean formando paredes, lo que hace que sea un lugar bastante íntimo.
Nos disponemos a rodearlo, para ver si hay alguna calle de salida tras él, cuando lo escuchamos: un gemido.
Agarro más fuerte la mano de Madison para poder sacarla de aquí rápido ya que esto no estaba planeado y no sé cómo va a reaccionar. Odio que las cosas me pillen de sorpresa y esta ha sido una muy grande.
Cuando intento tirar de Madison para salir por donde hemos entrado y alejarnos de donde ha venido el sonido, encuentro resistencia. Está congelada, con la vista fija en el lugar de donde proceden los ruidos. Escuchamos otro gemido y su respiración comienza a acelerarse.
—Hay una pareja ahí.
No tengo nada claro qué hacer, si arrastrarla lejos de aquí o dejar que Madison sea quien marque el ritmo. Algo me dice que no ha tenido posibilidad de elegir demasiado en su vida, así que opto por que sea ella quien tome la decisión.
—¿Y qué quieres hacer, brujita ?
Me coloco tras ella y comienzo a acariciar su brazo, arriba y abajo, erizando su piel.
—No… no lo sé —tartamudea al contestar. Me he dado cuenta de que es algo que hace cuando está nerviosa.
—Tenemos dos opciones, brujita —le susurro al oído—. Podemos continuar con nuestro camino como si no hubiéramos visto nada, te acompaño a tu hotel y te vas a dormir —intensifico mis caricias—, o podemos quedarnos y ver qué hace que ella gima de ese modo.
No se mueve ni un solo centímetro, ni da ninguna señal de querer salir de aquí, por lo que llevo mi otra mano a su muslo y comienzo a trazar pequeños círculos.
—¿Qué va a ser, conejita?