CAPÍTULO 20
ÉL
Realmente disfruto viendo a Madison llevarse a la boca un chocolate tras otro.
Se asustó cuando vió el regalo junto con la nota, ; lógico.
Pero como la buena golosa que es supongo que ha pesado más que fueran sus dulces favoritos, al hecho de ser recogidos de un sitio donde no conoce a nadie.
O eso prefiero pensar, porque es demasiado confiada para según qué cosas.
Menos mal que me tiene a mí para cuidar de su seguridad.
He empezado a ver una serie en Netflix , y, evidentemente, me he puesto a verla con ella. Cuando estemos juntos en la cabaña tendremos que terminarla. Pero espero que sea con ella encima, no a mi lado.
Cada vez que la imagen de mi conejita me ronda la cabeza, no puedo evitar evocar el momento de la noche anterior; ella sobre la otomana, montándose la mano como la diosa que es.
No puedo esperar para repetirlo en directo, me da igual que sean sus dedos o los míos.
Pero necesito poder estar cerca de Madison en ese momento.
Pasar mi lengua por su cuello y llevarme con ella su sudor.
Oler su excitación. Pero, sobre todo, que me deleite con los gemidos que lleva reprimiendo tanto tiempo.
Dos segundos de vívida imaginación y ya estoy completamente duro. Va a ser una deliciosa tortura tenerla toda para mí.
Madison despierta bien entrada la tarde, así que se levanta con prisa y comienza a vestirse. Aparto los ojos de las cámaras porque prefiero que el disfraz que ha elegido para presentarse ante mí sea sorpresa.
El mío es sencillo; botas militares, pantalón vaquero y jersey,todo negro.
Y en el último momento dudo… ¿Casco o máscara de Ghostface?
Supongo que Halloween es solo una vez al año, así que voy con la segunda.
Listo para ir por mi conejita. Salgo del hotel y me encamino hacia la calle principal, quedándome en la entrada de la plaza donde se organiza el baile.
Han colocado un montón de pacas de heno alrededor, por lo que da una privacidad total a las personas que estén dentro del recinto.
Lo han hecho de tal modo que parece un laberinto —con recovecos sin salida— calabazas naranjas y un montón de velas crean un ambiente acogedor.
Por no hablar de la gran bola de discoteca que cuelga de la farola en el centro de la plaza y refleja los colores en una pequeña pista de baile improvisada.
Si la intención era que diera miedo, no lo hace. Ni un poco.
Los adolescentes se agrupan en los alrededores de la pista de baile, supongo que para beber antes de entrar.
Entre ellos, varios grupos de chicas están haciendo que pierda la poca paciencia que tengo.
No paran de mirarme de arriba abajo y reírse entre ellas, sonrojándose. Así que, cansado, les grito:
—Tengo dueña. Ni se toca, ni se mira. Volved a los gilipollas de vuestra edad.
Varias de ellas se quedan con la boca abierta y salen despavoridas. No soy mucho mayor, pero, joder, qué pesadilla es tener que relacionarse con la puta gente. Con lo fácil que sería vivir entre las piernas de mi conejita y no salir nunca de ahí.
La felicidad hecha momento .
Comienzo a sentir un hormigueo y el estómago me da un vuelco. No necesito girarme para saber que los ojos marrones de mi conejita están posados sobre mí. Pero lo hago, y la boca me llega literalmente al suelo.
Viene caminando con un pequeño traje de bruja, corto, muy corto.
Los picos que tiene en la parte inferior del vestido consiguen taparle algo, pero deja poco a la imaginación.
Se ha puesto unas medias de liga negras que terminan con un encaje; sus botas de pelito, que no le restan ni un poco de sensualidad; los pechos están apenas contenidos por un escote cuadrado del que no puedo apartar la vista; el vestido negro se amolda a su cuerpo como una segunda piel; y lleva un gorro de brujita puntiagudo.
A medida que se acerca va ensanchando la sonrisa, pero yo estoy congelado en el sitio. No puedo moverme.
—Aunque no pueda ver tus ojos a través de la máscara, no necesito verlos, para saber exactamente dónde miran, fantasma —dice con sensualidad.
Ni siquiera sé qué contestar. Estoy seguro que continúo con la boca completamente abierta. Muevo la cabeza de un lado al otro, intentando recuperar la compostura.
—He visto una brujita, pero cualquiera diría que el que ha visto un fantasma soy yo —le digo haciendo referencia a la película. Me doy cuenta tarde de que probablemente no la haya visto .
Se ríe de mi mierda de chiste. Al menos ya sé que le atraigo; alguien con dos dedos de frente no lo hubiera pillado.