Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Madison

Me despierto con los primeros rayos de sol que atraviesan la cortina.

Con la mente tan dispersa no atiné a hacer mucho después de que el botones llamara a mi puerta, así que no la cerré.

No cené. Dormí intranquila, pero al menos no tuve pesadillas.

Y continúo en la otomana, que ya es más de lo que podemos decir de la noche anterior.

Me levanto cuando veo en el reloj ronda las siete de la mañana.

Ni de coña. Voy hacia la ventana, cierro la cortina y me vuelvo a mi lugar de descanso asignado.

Para una vez que no tengo que ir a trabajar, ni hacerle el desayuno a nadie, voy a disfrutar del placer de quedarme acostada mínimo hasta la hora de comer.

Abro los ojos y me desperezo. No tengo idea de qué hora es, pero ya no hay cortina que consiga frenar la luz que entra por la ventana, por lo que supongo que es cerca de mediodía.

Me siento en la otomana intentando hacer memoria.

Realmente no consigo recordar ni un solo día en el que haya dormido hasta tan tarde, lo que me hace levantarme del mejor ánimo posible.

Me enfundo el otro conjunto que me compre en la tienda al llegar: pantalón vaquero, jersey gris y botas de pelo. Las variaciones de color no van del todo conmigo; no tengo la alegría suficiente para llevar ropa colorida.

Abro la puerta de mi habitación y, pegada a ella, encuentro una bolsa en el suelo con un montón de mis dulces favoritos.

Miro a ambos lados en el pasillo. Evidentemente no veo nada raro, pero esto puede llevar horas aquí; cualquiera podría haber puesto a saber qué cosa aquí dentro.

Por otro lado, la reserva del hotel fue tan extraña que ni siquiera conozco los servicios disponibles con la habitación.

Dudo.

Mucho.

Meto la mano en la bolsa y rebusco por dentro. Noto una textura de papel y, cuando la saco. Me quedo intrigada al ver un papel arrancado de alguna libreta, como la que me dejó el servicio de habitaciones. La desdoblo.

Comienzo a hiperventilar; no tengo idea de quién ha dejado esto aquí, no sé siquiera si esto es para mí. Jake nunca me ha llamado de ese modo, ni nadie que yo consiga recordar.

¿Será una equivocación?

Está en mi puerta y son algunos de mis chocolates favoritos…

Kinder bueno, Kinder Delice … ¿Qué mierda?

Siento un hormigueo en la nuca. Empiezo a ponerme paranoica así que, bolsa en mano, vuelvo a meterme en mi habitación. Paso la llave y, solo para que me dé un extra de seguridad, pongo la silla delante de la puerta haciendo fuerza contra el pomo.

Está claro que me estoy volviendo loca; estoy a kilómetros de casa; aquí no conozco a absolutamente nadie; Jake jamás se subiría en un avión o saldría de los alrededores del orfanato. Lo ha dejado claro demasiadas veces.

Tengo que relajarme como sea.

De perdidos al río. Abro un Kinder Bueno y enciendo Netflix .

—Supongo que no hace daño mimarse un poco —digo para mí misma.

Tres capítulos de una serie después y la bolsa que me han dejado tras la puerta completamente vacía, descubro que me encanta acostarme a ver series y comer chocolate. ¿Quién lo diría?

Echo un vistazo rápido a través de las cortinas: el sol ha comenzado a descender. ¡Mierda, el baile! Me apresuro a prepararme para la ocasión.