CAPÍTULO 18
ÉL
Veo a Madison salir del baño y se queda parada frente a la televisión. Creo que va a apagarla y acostarse sin más, pero vuelve a sorprenderme cuando, sin apartar los ojos de la pantalla, se sienta sobre la otomana y se queda completamente desnuda de cara al televisor.
Me acerco corriendo al ordenador y cambio la cámara para así tener unas vistas perfectas de la cara de mi conejita. Quiero ver cada una de sus reacciones.
Está ensimismada con lo que tiene delante. Comienza a tocarse los pechos con algo de torpeza, como si no lo hubiera hecho nunca…
—Oh, mi pequeña conejita… Voy a abrirte a un mundo nuevo de placer. Voy a descubrirte el puto universo entero.
Me quito los pantalones y me recuesto sobre la cama, acercándome la pantalla del ordenador para no perder detalle de Madison. Su respiración acelerada y los jadeos de la actriz son los únicos sonidos que captan los micrófonos de la habitación .
Cuando sus pezones ya están duros como piedras, desliza una mano por su barriga. Tiene la trayectoria muy clara; directa a su coño. Se me hace la boca agua, joder.
Abre del todo las piernas, dejándome ver el brillo sobre sus pliegues y cómo la excitación baja por sus piernas. Está empapada. No duda un solo segundo y se mete los dedos. Abre los ojos de par en par y los mueve dentro y fuera con más rapidez; parece sorprendida.
Al mismo tiempo que Madison incrementa la velocidad, yo paso un dedo por el glande, extendiendo el líquido preseminal, y aprieto fuerte. Subo y bajo el puño, masturbándome con la imagen que mi conejita me regala de su coño, chorreando.
No soy gentil; soy rudo, duro, como me gustaría que mi conejita me tomara.
No soy capaz de despegar la vista de la pantalla.
Mi conejita deja de mover la mano y empieza a contonear las caderas sobre sus dedos cada vez más y más deprisa.
Poso mis ojos en su cara, deleitándome con su disfrute.
No puedo contener el placer que sube por mi columna y me dejo ir, mandando hilos de semen por mi mano y la cama.
Gimo con fuerza porque es como si estuviera allí mismo, con mi conejita.
El orgasmo es largo y contundente y me deja completamente ido.
No puedo dejar de imaginar mi semen chorreando por sus piernas después de horas de estar dentro de ella.
Acabo de correrme, pero todavía sigo completamente duro con la imagen de mi conejita montando sus dedos.
Su grito me hace ponerme en pie, dispuesto a salir corriendo hacia ella, cuando la voz del botones se cuela a través de la puerta.
Mierda.
¡Había olvidado por completo que le pedí la cena!
Supongo que no hay mal que por bien no venga. Que se le haya negado el orgasmo solo la deja más cerca de mí. Más caliente; con ganas de tenerme entre sus piernas gracias a los pensamientos constantes sobre lo que acaba de ver.
Se acerca a la puerta y mete el carrito dentro de la habitación. Mira a ambos lados, pensativa. Entiendo que sigue tan caliente que no es capaz de decidir si ser mi buena chica y reservar todos sus orgasmos para dárselos a mi polla, o terminar lo que empezó.
Veo la decisión en su mirada antes de que se encamine a la televisión y la encienda en el canal para seguir con la película. Ah, no, de eso nada.
Resulta que la cámara que está tras la televisión coge la energía de esta, así que decido dejarla con las ganas y apagarla. Madison vuelve a intentar encenderla varias veces, pero se lo impido. Lo siento, conejita.
Se aleja, frustrada. Se encamina hacia la cena con una mirada intranquila, pero prácticamente no se lleva nada a la boca.
Al acostarse —sin dedicar un solo vistazo más al televisor—, da dos mil vueltas en la otomana intentando quedarse dormida.
Cuando al fin veo como sus ojos empiezan a cerrarse no puedo evitar decirle a través de la pantalla:
—Buenas noches, conejita. Un día más es un día menos para que empieces a contarlos conmigo.