CAPÍTULO 17
Madison
Llevo un rato a remojo en la bañera. El chocolate se ha quedado frío, aunque la vela sigue ardiendo con ganas.
Pero tengo las manos demasiado arrugadas, así que decido salir.
Me pongo el albornoz del hotel y dejo que el agua desaparezca por el desagüe.
Soplo la vela pidiendo un deseo, como siempre, mientras pienso en desmaquillarme y hacer mi rutina de cremas de noche.
En cuanto quito la música relajante que había puesto en mi teléfono, comienzo a escuchar gemidos al otro lado de la puerta.
Me quedo perpleja; los ruidos parecen provenir de mi propia habitación. Nunca había escuchado gemir así a una mujer.
En el hotel anterior, escuchaba las camas chocar contra la pared pero no a ellas, nunca a ellas, y siento como el sonido reverbera por todo mi cuerpo.
El estómago me da un vuelco; el corazón se me acelera; se me endurecen los pezones .
Es una sensación similar a cuando pillé a Jake con esa mujer en mi cama. No puedo ver nada, pero no lo necesito; puedo imaginar mil y una posturas para que esa mujer consiga disfrutar de tal modo.
Me miro en el espejo, con el pelo recogido y el rojo de mis labios todavía perfecto, y me siento empoderada.
Así que tomo la decisión en una fracción de segundo.
Salgo del baño y voy decidida hacia la habitación.
Todavía no he llegado cuando escucho otro gemido.
Levanto rápidamente la cabeza hacia la izquierda y me congelo.
Alguien ha puesto el canal porno en mi habitación. Dudo que haya sido el servicio de habitaciones, como la comida o el baño.
¿Se habrá encendido solo? Imposible.
Mi mente comienza a viajar por mil posibilidades, pero mis ojos vuelven una y otra vez a la televisión. No consigo apartar la imagen de mi mente pero no puedo pensar en quién ha podido hacer algo así; solo puedo concentrarme en la pulsación entre mis piernas.
En ver qué le hacen a esa mujer.
En ver como lo disfruta.
En ver como yo nunca he disfrutado de un modo similar.
Me acerco lentamente hacia a la otomana sin apartar los ojos de la pareja en la pantalla. Ella, sentada sobre un sofá con las piernas abiertas, dándole la bienvenida a un hombre rubio, arrodillado, penetrándola con dos dedos mientras le come el coño de un modo salvaje.
Mi corazón comienza a acelerarse al ritmo de mi respiración.
Siento la necesidad de apretar las piernas y cómo la humedad empieza a hacer acto de presencia. Me gusta lo que veo y mi cuerpo me lo hace saber.
Me acomodo en la otomana cara a la televisión, con las piernas completamente abiertas, y dejo que el albornoz se deslice poco a poco por la espalda. El tacto de la tela al caer va dejando un rastro de piel de gallina.
El hombre acaricia una de las tetas mientras sigue entrando y saliendo de ella.
Intento imitarlo y, con poco tiento, arrastro mis uñas por mi pezón y lo pellizco, lo que hace que se ponga duro y todavía más sensible.
Cuanto más juego con él, más humedad se acumula entre mis piernas.
Paso al otro, repitiendo el mismo proceso, hasta que ambos están duros, muy duros.
El coño me palpita y no puedo aguantar más la necesidad de llevar mis dedos allí.
Me está gritando por atención y no puedo ignorarlo durante más tiempo.
La imagen en la pantalla cambia, ella se corre sobre la cara de él gritando sin ningún tipo de contención y, en medio del orgasmo, él no duda y la penetra de una estocada.
Jadeo .
Me tenso, anticipando lo que viene, pero él no la gira. Sigue follando mirándola a la cara, y ella cada vez grita más. Es algo que me desconcierta por completo; nunca había visto algo así.
Aunque para mí es algo desconocido, parece que ellos lo disfrutan, y eso se traduce en más jadeos que no hacen más que avivar lo caliente que me encuentro.
Así que sigo mi camino hacia abajo. Dejo una mano en mi pecho, y meto la otra entre mis labios, muy resbaladizos.
Nunca había estado así. Tanteo la entrada, con las piernas completamente abiertas, e introduzco dos dedos.
Estoy muy mojada. Los dedos me resbalan. Comienzo a moverlos dentro y fuera, como le he visto hacer anteriormente.
Aparece el placer. Me retuerzo encima de la otomana. Necesito más presión; que me llenen más. No sé exactamente el qué, pero más.
Siento cómo un hormigueo empieza a formarse en la base de mi columna. He dejado de mover la mano; ahora directamente soy yo quien se mueve sobre ella, inclinada hacia adelante y con las piernas algo más cerradas, aumentando el placer.
Sigo, porque creo que estoy cerca de algo.
El placer es embriagador .
Cuando estoy a punto de alcanzar ese pico de placer, alguien llama a la puerta. El grito que emito no es fruto de ese placer, sino del sobresalto.
—Disculpe que la haya asustado señorita, le traigo la cena —grita un ¿botones? al otro lado de la puerta—. Si me abre se la preparo en la mesa de la habitación. Mierda. Joder. ¿En serio? ¿Tenía que elegir exactamente este puto momento?
—No, gracias. Ahora salgo a por ella —contesto acalorada.
Levantándome, me pongo el albornoz y me encamino hacia la puerta. El botones se ha ido, así que meto el carrito con la comida en mi habitación. Cuando me giro, encuentro la televisión apagada. Me acerco e intento volver a encenderla, pero no lo consigo ni con repetidos intentos.
Es un pequeño detalle que me deja intranquila, otro más que se va sumando a la larga lista.
Pero decido sentarme en la mesa de la habitación a cenar e intentar despejar mi mente, ignorando el pulso que siento entre las piernas y que no me deja pensar con claridad.Después de darle muchas vueltas a la hamburguesa con patatas que me ha subido el servicio de habitaciones, me acuesto en la otomana para intentar dormir.
Mi cuerpo y mi mente van a dos mil por hora, pero en direcciones completamente opuestas.
Mi mente me dice que debería de estar avergonzada, que esto no es algo que yo debería hacer.
Pero mi cuerpo me pide que termine con lo que estaba haciendo.
Que vuelva a meter mis dedos entre mis pliegues y busque ese punto final.
La última imagen que decora mis pensamientos antes de quedarme dormida es la de una máscara blanca con dos profundos agujeros negros por ojos.