CAPÍTULO 16
ÉL
La escucho quejarse de la arena en los pies cuando sube al paseo para ponerse las botas, y no puedo evitar que se me escape una carcajada; dos minutos antes se suponía que estaba disfrutando de su tacto.
Tampoco me pasa desapercibido el resto del comentario, así que me subo a la moto y acelero a fondo para prepararle una sorpresa.
Me paro en la cafetería donde Madison estuvo anteriormente y le pido un chocolate caliente con un montón de nubecitas —con forma de calabaza, por supuesto—.
En cuanto salgo del establecimiento con el chocolate en la mano, me aventuro a la tarea de encontrar un sitio donde vendan bombas de baño. ¿Dónde mierda se compran esas cosas?
Entro a una perfumería cercana, y, por si de casualidad en ella pudiera comprar una. Me acerco a una dependienta, porque si tengo que buscarlas por mí mismo no terminaría nunca.
—Perdona, estaba buscando bombas de baño para mi chica. ¿Puedes ayudarme a encontrarlas ?
Mi estómago da un vuelco cuando lo digo en voz alta. Ni siquiera lo he pensado, simplemente ha salido y ya. Se hace demasiado natural llamarla de ese modo.
Mi chica.
—Claro —responde dándome un repaso de arriba abajo, sonrojada. ¿Es que no le ha quedado claro que son para mi chica?—. Sígame, por favor.
Supongo que desentono un poco del resto de clientes que caminan por el establecimiento, vestido con el traje de cuero de la moto y el casco puesto.
Se lo agradezco y me apresuro a seguirla; mi conejita no debería tardar mucho en llegar al hotel y no tengo ni idea de lo que estoy comprando, así que es posible que tarde en decidirme.
Llego al hotel vigilando en todo momento la ubicación de mi conejita para que no me pille.
Sobre una bandeja de bañera le dejo una bomba para su baño —que para mi sorpresa no fue tan difícil de escoger—, el chocolate caliente y enciendo una vela con olor a calabaza y canela.
Cuando veo como el puntito que la representa en mi móvil se aproxima al hotel, abro el grifo de la ducha y me voy directo a mi habitación.
Me siento delante del ordenador con el pulso acelerado, impaciente por ver la reacción de mi conejita a las cosas que le he comprado.
¿Tendrá miedo? ¡Se me ha olvidado dejarle una nota!
Me planteo mandarle un mensaje de texto cuando se lo encuentre, pero dudo que mire el teléfono en un momento como ese.
Le doy vueltas a cómo puedo hacerlo cuando el ruido de bolsas y de unos pasos apresurados en el pasillo llama mi atención.
Es pequeña, así que no puedo entender cómo consigue caminar tan rápido midiendo tan poco.
Pasa la tarjeta por el lector de la puerta y la veo cruzar el umbral desde el monitor.
Deja las bolsas en el suelo y se va deshaciendo de capas de ropa, supongo que pensando en ese baño del que hablaba.
Son cerca de las ocho de la tarde, por lo que supongo que estará cansada y con los músculos doloridos por la postura en la que ha dormido y el paseo por la ciudad.
Le he pedido a la chica de la tienda una bomba de lavanda porque Google me ha dicho que es relajante. Espero que surta efecto .
Atrás han quedado el abrigo, orejeras, botas y calcetines a medida que se desviste.
Se queda parada a pocos centímetros de la puerta del baño.
Acerca la oreja a esta y noto su nerviosismo a través de la cámara.
Abre la puerta de golpe pensando que hay alguien dentro, cuando se encuentra el baño preparado para ella.
—¿Pero que coño…? —dice en un tono un poco más alto de lo que me gustaría.
Entiendo que no esté acostumbrada a muestras de amor, pero ni que fuera para tanto preparar un baño.
Cierra el grifo y olisquea el chocolate. Mientras lo prueba, mira el agua de la bañera con desconfianza. Supongo que es más probable que alguien te envenene el baño que el chocolate, claro… No puedo evitar poner los ojos en blanco.
Intuyo que piensa que han sido los del hotel, porque vuelve a la habitación, se quita el jersey y comienza a bajarse poco a poco los pantalones. Me muevo para todos lados en la silla. No encuentro postura, pero Madison sigue quitándose una prenda de ropa tras otra.
Fuera sujetador.
Mantengo mi vista pegada a la pantalla cuando sus pechos perfectos rebotan al quedar liberados del sujetador. No puedo apartar la vista de ellos, admirando al detalle su piel tersa; sus pezones marrón clarito erizados poco a poco por el frío .
Dios.
Deja el sujetador sobre la cama y comienza a quitarse el tanga —a juego—, dejándolo resbalar poco a poco por sus piernas. Lo recoge tal cual llega al suelo, dándome la vista perfecta de su culo y ese precioso coño depilado.
Creo que es lo más erótico que he visto en mi vida. Madison es sexy incluso sin intentarlo, incluso cuando cree que nadie la ve.
Estoy duro.
Muy duro.
Mi mano viaja hasta mi pantalón, apretando mi erección por fuera de la ropa. Esta es una tortura con la que no contaba cuando instalé las cámaras. Simplemente pretendía vigilarla, ver que estuviera bien, controlar su ansiedad. No pasarme cachondo el día entero.
Madison se encamina a la ducha mientras me acaricio , pero cierra la puerta del baño. En menos de dos minutos estoy odiando e insultando a todo lo que se me ocurre de pura frustración: la puta cámara de mierda se ha empañado.
Pero de la desesperación nacen las mejores ideas. Varios minutos después de que Madison se meta en la bañera —y yo solo consiga ver un atisbo de su silueta— me cuelo en su habitación y pongo el canal porno de pago del hotel.
Si yo me he quedado caliente, ella también .
¿Es una pequeña venganza por algo que Madison ni siquiera sabe que está haciendo? Puede ser. Pero también quiero ver cómo reacciona mi conejita a lo que se emite en la televisión.