Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Madison

Me giro con la respiración acelerada. Me tiemblan las manos y mi pulso late descontrolado.

No sé si ha sido la máscara o quién estaba tras ella, pero me ha puesto nerviosa. ¿Para bien o para mal? Todavía no lo sé.

Pero me ha hecho sentir. Algo. Por mínimo que sea.

Cuando su dedo enguantado me ha tocado el cuello, he sentido la electricidad que viajaba tras él y me he congelado. No he sabido reaccionar ante ese toque. Supongo que por eso le he dicho que me lo pensaría. De otro modo hubiera sido un no rotundo.

Aunque no puedo sacar de mi cabeza el sentimiento de intensidad con el que sus ojos me miraban.

No necesito conocer a nadie que vaya a causar más dolor en mi vida.

Jake siempre me ha dejado muy claro el motivo por el que un hombre se acerca siempre a una mujer. Todas y cada una de las veces hay mierdas ocultas y, casi siempre, suelen ser sexuales .

He sufrido suficiente, no quiero más.

Jake pasaba muchas noches en los bares por su trabajo como camarero y estaba cansado de ver escoria tras la barra.

A hombres que las drogan.

A grupos que las acosan.

A personas que se las follan y no las quieren volver a ver.

El resultado siempre es el mismo: nunca las tratan bien.

Siempre sufren. No quiero ser parte de esas mujeres y si está en mi mano evitarlo, lo haré.

Por lo que me he sorprendido a mí misma con ese ⟪me lo pensaré⟫. ¿Será uno de los pasos para el cambio?

Me pongo nerviosa al saber que él puede estar al final de la calle, sin quitarme el ojo de encima. Persiguiéndome. Por lo que me meto en una cafetería mientras pienso qué leches de disfraz me voy a poner en la fiesta de mañana. Porque sí, quiero ir.

Me acerco a la barra y me pido un café con leche, normal.

Soy consciente de la época del año en la que estamos, pero no puedo entender la necesidad de poner calabaza a todo.

Me lo sirven y ocupo una mesa cercana a la ventana, desde donde puedo ver a los transeúntes pasear disfrazados con su paraguas en la mano.

Ha dejado de llover, pero las calles y el ambiente continúan húmedos.

Me quedo un rato observando, y para cuando me quiero dar de cuenta el café, que me espera sobre la mesa, se ha quedado frío y mi mente lleva un rato en blanco. Así que decido irme.

Antes de salir, me acerco a la camarera.

—Perdona, ¿hay algún sitio por aquí cerca donde pueda comprar un disfraz para el baile de mañana? —Mantengo la vista clavada al suelo, con las mejillas rojas por la vergüenza.

—Al final de la calle hay dos tiendas que puedes visitar —contesta risueña la camarera—, aunque cierran a mediodía.

Pero puedes ir sobre las cinco a ver si tienes suerte y encuentras algo.

Levanto la cabeza y echo un vistazo al reloj que hay tras la barra.

El tiempo se me ha pasado volando y no era consciente de que fuese tan tarde.

Supongo que no haber madrugado no ha ayudado, tampoco.

—Oh, claro, gracias. ¿Puedes servirme un sándwich para llevar?

—Enseguida.

Unos minutos después, salgo del local con mi sándwich en la mano. Camino, sin ruta fija, dejando las tiendas de disfraces a mis espaldas, pero teniendo claro el final del trayecto.

El mar. La playa .

Después de unos quince minutos de caminata, consigo llegar a un paseo que hay junto a la arena, desierto a causa de la lluvia. Me centro en el movimiento y ruido del mar; me dan paz.

Creo que nunca había tenido un día para mí de este modo.

A riesgo de congelarme los pies, me quito las botas y me pongo de pie sobre la arena. Y respiro. Hondo. Despacio. Cojo aire hasta que mis pulmones están a máxima capacidad y lo voy soltando poco a poco, intentando dejar ir el peso que llevo sobre mis hombros con esa exhalación.

Muevo los dedos de los pies y amo la sensación de cómo la arena se cuela entre ellos. Húmeda. Dura.

Agarro mis botas con una mano y el sándwich con la otra y camino de forma paralela al mar, admirando las vistas y respirando el inconfundible olor de la salitre que, hasta ahora, no había tenido el placer de conocer.

Después de un rato intentado despejar una mente que, por una vez, volvía a unos agujeros negros con una mascara blanca y no aun sitio que me rompía, me siento en la arena a comer.

El rugido de una moto me despierta de la ensoñación. Puede que me estuviera quedando dormida sentada en la arena, así que no sé si debo de agradecer el susto que me he llevado, o todo lo contrario.

Me levanto con movimientos descoordinados y atontada por el sueño, pero emprendo mi camino hacia la tienda. Cuando salgo de la playa y me siento para limpiarme los pies y calzarme, ya no tengo claro que me guste tanto la sensación de la arena entre los dedos.

—Dios, qué horror la puta arena. Qué ganas de un baño… Quizá con un chocolate caliente, incluso —digo para mí misma.

Miro alrededor. Solo veo un manchurron negro que emite un gran estruendo acelerando calle abajo, y vuelvo a ser consciente de que estoy sola.

Sola.

Otra vez.

Otra vez sola.

Como siempre.

Comienzo a caminar por la calle principal, volviendo a imaginar mil escenarios donde nada sale bien; donde vivo y muero sola .

Me planteo si no estaba mejor con Jake que en medio de toda esta incertidumbre y la poca felicidad que sentía comienza a apagarse. Después de un largo paseo, donde casi la totalidad de mis pensamientos han sido negativos, estoy echa polvo.

Cuando llego al escaparate de la tienda me pienso si pasar o dar la vuelta.

Halloween no es para mí.

La felicidad no es para mí.

Bajo los ojos al suelo con la intención de marcharme, cuando un cosquilleo me recorre toda la nuca. Me doy la vuelta y busco cualquier cosa que me llame la atención, pero no consigo ver nada. Ha sido una sensación muy extraña, pero ha conseguido sacarme del bucle en el que estaba cayendo.

Supongo que era el incentivo que necesitaba para entrar en la tienda.