Al otro lado de la oscuridad (Bilogía Oscuridad 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Madison

Acabábamos de aterrizar y ya estaba hasta las narices de esta mierda de viaje.

Un idiota me había asustado en el avión envíandome mensajes.

Yo, como la tonta de turno, me largué corriendo al baño a ver si veía algo raro.

Cuando volví a mi asiento y pude pensar con claridad, caí en la cuenta de que cuando me enviaban un mensaje por WhatsApp, indicaba mi nombre aunque el contacto no estuviera guardado.

Así que mandé a la mierda internamente a ese graciosillo y decidí dormir el resto del vuelo.

Ya tenía los pies en Alaska; no me podía creer que estuviera aquí. Me moría de ganas por empezar mi aventura, pero lo primero era lo primero: debía reservar un hotel y comprarme ropa. No había sido muy inteligente por mi parte llegar hasta aquí con tan poco abrigo.

Mientras camino por el aeropuerto suena el teléfono con un número oculto en la pantalla .

—Hola, Madison. ―No reconozco la voz al otro lado de la línea―. Te envío la dirección del hotel que has reservado con nosotros. Si lo necesitas, uno de nuestros conductores puede llevarte hasta allí.

—Hola, disculpa, no he realizado ninguna reserva con ningún hotel, creo que estás equivocado.

—Vaya, ¿no eres Madison? La persona que va a quedarse en la cabaña.

—Sí, soy yo.

—Mi compañero me indicó que aterrizabas en este horario y que, además de la cabaña, requerías unos días en el hotel hasta que pudieras adentrarte en el bosque.

—Oh, sí, vaya. ―Eso tiene mucha lógica. Me emocioné tanto cuando me comentó lo de la cabaña que ni siquiera le dejé terminar de hablar―. Pues me vendría genial la reserva del hotel. Pero el coche no hace falta. Tengo que hacer unas compras, así que me acercaré en un rato.

—Perfecto. Te llegará un mensaje con la dirección del hotel, el número de habitación y el lugar donde dejaremos tu llave. No es necesario que realices registro al llegar.

—De acuerdo, muchas gracias. ―Genial, me ahorra mucho tiempo, y la verdad es que estoy algo cansada.

Al salir del aeropuerto, el cambio de temperatura me hace temblar de frío y toda mi piel se eriza. Sí, definitivamente, no había sido buena idea venir sin ropa de abrigo .

Cuando levanto la vista, no puedo hacer más que quedarme maravillada con lo que me rodea.

Desde el avión pude ver que el aeropuerto está muy cerca del mar, pero no pude imaginar que tanto. Pero en el momento en el que giro el cuello al lado contrario, no puedo evitar que se me abra la boca de la impresión.

Varias montañas se alzan completamente cubiertas de selva, cedros, cicutas y abetos que suben abruptamente desde la costa.

La nieve decora la parte superior de los picos, volviendo la atmósfera del lugar un poco más oscura, a juego con mis sentimientos.

La niebla que se interna en el pueblo hace que parezca que la montaña llora.

A todo esto debemos sumar el olor del mar combinado con el de los árboles. Huele a sal y madera; huele a libertad.

Si supiera la cantidad de sentimientos que me iban a embargar al salir de mi pueblo, me hubiera ido mucho antes. Ahora mismo, solo tengo ganas de explorar Sitka, de conocer a su gente y sus tradiciones. Que me enseñen a vivir la vida aquí.

Pasa por mi cabeza la idea de pasear hasta que consiga encontrar cualquier tienda donde comprar ropa de abrigo, pero la descarto al sentir la nariz helada. Y eso que llevo menos de 10 minutos fuera del aeropuerto. Así que me subo a un taxi y le pido que me lleve a cualquier boutique .

Un par de pantalones, chaquetón, guantes, orejeras, sudaderas y unas botas de pelito después y estoy lista para empezar a recorrer las calles del centro de la ciudad.

En el último momento decido llevar primero la maleta al hotel y salir a explorar después.

Siento que tengo todo el tiempo del mundo para mí.