CAPÍTULO 4
Madison
Salgo de la cafetería con un nudo en el pecho. No sé si hago lo correcto o si estoy siendo egoísta. ¿Debería volver a casa y pedir perdón a Jake? Me siento tan sola sin él.
No tengo a nadie que me espere, nadie que se preocupe si me pasa algo.
Sarah es mi mejor amiga, pero generalmente viaja mucho por trabajo, así que no puedo contar con ella para estar a mi lado.
Vuelvo a estar sola, como siempre.
Giro la cabeza a un lado y a otro, debatiéndome qué hacer. Sopeso si intentar buscar la felicidad sabiendo que la soledad la acompaña de la mano es mejor que volver a lo conocido. Aunque no sea lo mejor del mundo; aunque usada, al menos no estaré sola.
Cuando ya casi he tomado la decisión de girar a la derecha y volver a Jake, una moto atraviesa la acera, cerrándome el paso.
Una R1 negra, preciosa. No miro quién va encima, me centro solo en la moto.
Y me lo tomo como otra señal más que me lleva en dirección contraria a Jake; a encontrarme a mí misma.
—Supongo que me voy a Alaska —le digo al viento, que se lleva mis palabras—. Sola.
Llevo mi mochila al hombro con las pocas cosas que saqué esa noche de casa de Jake.
No es la ropa más adecuada para Alaska y menos para caminar entre sus bosques, pero supongo que lo compraré todo cuando llegue.
Haré un viaje de bajo presupuesto, así que no quiero llevar, ni comprar cosas innecesarias.
Las temperaturas en el Tongass National Forest en octubre son más bien bajas y llueve la mayor parte del tiempo, por lo que lo primero que necesito es un chubasquero sí o sí.
Lo siguiente es encontrar algún guía local que me dé indicaciones para poder acampar libremente.
He visto que hay centros donde acampar, pero necesito aislamiento y pensar que estaré sola en medio de la nada.
Necesito conocerme y saber quién soy.
Comienzo a andar hacia algún transporte que me lleve al aeropuerto, mientras voy buscando en el móvil todo lo necesario para el viaje.
Después de un buen rato en taxi llego al aeropuerto, con la información que necesito, y llamo por teléfono.
Hablo con un tal Shawn, quien me dice que no es posible acampar por mí misma, y me redirige al centro de acampada que yo ya había encontrado.
Le cuelgo algo abatida, pero lo entiendo.
Un bosque sin explorar y una chica de pueblo.
Las probabilidades de que me pierda son inmensas y nadie quiere hacerse responsable.
Supongo que llegado el momento tomaré la decisión.
Mientras espero para embarcar me suena el teléfono; número desconocido.
—¿Diga?
—Hola, ¿Madison?
—Sí, soy yo.
—Ha hablado con un compañero para acampar por su cuenta.
—Sí, así es.
—Mire, hay un vecino de la zona que alquila su cabaña para casos como el suyo —explica—.
Está fuera de las acciones que realiza la empresa, así que le agradezco la discreción.
Pero quiero hacerle saber que se ubica en una zona frondosa del bosque.
Estará sola. Sin nada, ni nadie alrededor.
El dueño le dejará instrucciones en la encimera de la cocina y un sobre donde debe poner el dinero del pago…
—Acepto. —No lo dejo terminar, no necesito saber más. El sitio es justo lo que andaba buscando.
—Perfecto. Recibirá un sms con toda la información que necesita .
—¡Genial!
Por fin parece que la vida me sonríe.
Me subo al avión, más feliz que en mucho tiempo.
Cuando me despierte será en Alaska y empezaré a vivir de verdad.