Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) EL HOMBRE DETRÁS DE LA CORTINA Lacosta
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EL HOMBRE DETRÁS DE LA CORTINA Lacosta

H e estado en el Palacio Esmeralda una docena de veces.

Y, sin embargo, mi corazón late con fuerza. Me tiemblan las manos.

Entro en las sombras de la bulliciosa galería y respiro hondo.

Puedo culpar de esto al poder que corre por mis venas, a mi corazón acelerado y a mis manos sudorosas, ¿no? He tenido que fundir dos docenas de lingotes de oro solo para llegar hasta aquí; he preferido la rapidez a la ruta más práctica y económica del caballo y el carruaje.

Hoy tengo una misión.

Hoy voy a pedirle al Mago de Oz que se case conmigo. ¡Oh, dioses! Solo de pensarlo me dan ganas de vomitar. Pero si no soy yo, ¿quién lo hará entonces?

Las cosas están cambiando. Lo noto. Hay que formalizar alianzas.

No voy a esperar a que otra persona decida de qué lado estoy.

Cometí ese error con la Gran y Terrible Guerra.

No soy una gran admiradora de Delphine, pero a ella y a mí nos tocó la pajita más corta.

Todos los demás tenían un plan y nosotras solo nos dejamos llevar.

Pero no ocurrirá más.

Ahora veo el panorama general y quiero estar al frente.

Y le caigo bien al mago. Lo sé. La última vez que estuve aquí para una Gala Esmeralda, pasó catorce minutos conmigo, hablando de las peculiaridades de los metales y de los minerales mientras se metía uvas en la boca y las aplastaba con los dientes con un estallido.

—El oro es mi favorito —le dije—. Lo que más me gusta es quemar oro.

—Oh, claro —dijo él, asintiendo con un movimiento de cabeza y una sonrisa—. Y el oro te queda muy bien.

¿Me sonrojé? Por supuesto.

Recibir un cumplido del Mago de Oz es como recibir un cumplido de los propios dioses.

Tiene una forma de mirarte… como si fueras las estrellas y la tierra y todo lo que hay entre ellas.

Como si no hubiera nada más interesante.

Siempre me han acusado de ser superficial e insustancial.

Pero es porque me gustan las cosas brillantes.

¡Es lo que quemo para obtener poder! Nací así.

Lo he explicado tantas veces… y, sin embargo, ¡la superficial Lacosta, siempre persiguiendo el oro y la plata! , me dicen.

Cuando era niña, me obligaban a asistir a la Academia Gillikin, donde me quitaban todos los objetos metálicos en la puerta.

Yo era bruja y el resto de los alumnos no. Por eso no se me permitía acceder a mi poder; se consideraba una ventaja injusta. Durante los siguientes cuatro años, toda mi ropa tenía botones. No me permitían cremalleras ni broches. No podía llevar joyas, aunque todos los demás podían y lo hacían.

Ni siquiera podía usar el polvo brillante en los párpados como las demás chicas.

Se suponía que debía ser una chica normal y, sin embargo, me redujeron a un arbusto del desierto, sin ningún adorno a la vista.

Estoy harta de que la gente me diga lo que puedo y no puedo hacer. Por eso estoy aquí, sin la bendición de las demás brujas de los puntos cardinales.

De todos modos, el mago no necesita su permiso. Es el más poderoso de todos.

La galería del Palacio Esmeralda siempre es un hervidero de actividad. El mago no se divierte con sus súbditos muy a menudo y, sin embargo, atrae a la gente como las polillas a la luz.

Me encanta estar en la Ciudad Esmeralda. Me siento bien. Cuando la visito, no quiero irme.

Por supuesto, disfruto de mi territorio. El Norte y su ciudad, Eisvale, tienen su lugar en el mundo de Oz. Hay oro en las montañas, plata en las estribaciones y una franja de aguas termales que atraen a la élite de Oz en busca de ocio y relajación.

Pero hace frío. A veces, es insoportable. No soy una mujer hecha para la nieve. No me quedan bien las pieles y la lana. Prefiero los tejidos más ligeros hechos para el verano, o mejor aún, para la Ciudad Esmeralda, donde el aire siempre es cálido y la brisa fragante.

Y me queda bien el verde, si se me permite decir. Mires donde mires en la Ciudad Esmeralda, todo es verde.

Los empleados del mago visten libreas de su color con ribetes y costuras doradas. No sé quién decidió que el dorado sería su color de contraste, pero no puedo evitar pensar que firma nuestro destino.

Verde para él, dorado para mí. Si nos casáramos, seríamos la pareja más poderosa de todo Oz, un ejemplo de riqueza y elegancia.

Y me lo merezco.

Cuando mi respiración se estabiliza, salgo de las sombras que proyecta una de las muchas estatuas de mármol que se alzan alrededor de la galería. Todas las estatuas carecen de rostro, pero todo el mundo sabe que simbolizan al mago. Él siempre está observando.

Dos guardias de la Ciudad Esmeralda me ven enseguida y se inclinan profundamente.

—Bruja del Norte. Bienvenida a la ciudad.

—Gracias. Sé que mi visita es inesperada, pero esperaba poder hablar con el mago, si está disponible.

Los guardias, enderezándose tras su reverencia, intercambian una mirada.

He calculado mal algo. ¿Qué se me escapa? ¿Tengo pimienta entre los dientes? ¿Una mancha en las zapatillas?

Me miro los pies por si acaso. No, no hay nada fuera de lugar.

Siento un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa? —pregunto finalmente.

—Es solo que… —comienza el hombre de la izquierda.

—El mago tiene ahora mismo una audiencia con la Bruja del Sur —lo interrumpe una mujer a su derecha, explicándome la situación.

«Glinda».

—¿Ah, sí? ¡Qué casualidad! —No, no lo es. ¡No, joder, no lo es! Ahora no puedo echarme atrás. Me han visto, lo que significa que mi presencia será comunicada tanto al mago como a Glinda y se preguntarán por qué estaba aquí. Tengo que hacer algo.

Observo los uniformes de los guardias.

Llevan las chaquetas de lana propias de su cuerpo y las charreteras doradas de los oficiales de mayor rango. Pero son los tres triángulos dorados en la solapa los que me indican que la mujer es una teniente.

Me dirijo a ella como la de mayor rango de los dos.

—¿Podría acompañarme hasta ellos?

Aunque no me hayan invitado, los oficiales no van a negar la petición de una bruja de los puntos cardinales.

—Por supuesto —acepta la mujer.

—Por aquí —dice el hombre.

Me conducen a través de la galería y por el salón principal. Por visitas anteriores, sé que vamos a pasar por la biblioteca, la sala de música, uno de los diez salones para llegar, al final, a la sala de recepción del mago.

La sala se encuentra en la parte trasera del palacio y da al estanque reflectante del mago y a sus Jardines Esmeralda.

Mientras caminamos, mi mente sigue agitada.

¿Sigo adelante con mi plan? Glinda se enterará tarde o temprano, incluso si el mago me rechaza. Sé que él es el más poderoso de todos, pero sería un tonto si no viera el potencial de nuestra unión.

Pero Glinda intentará disuadirlo, porque no soporta la idea de que alguien esté por encima de ella, y mucho menos alguien como yo.

Pasamos por la biblioteca, cuyas puertas dobles de cristal están abiertas de par en par.

La biblioteca tiene dos pisos, y el segundo se abre al resto de la sala, rodeado por una barandilla de hierro forjado retorcido con formas geométricas.

He oído que hay más de cien mil libros en las estanterías, algunos de los cuales se remontan a los primeros tiempos, cuando los dioses gobernaban los puntos cardinales.

Sin embargo, no me interesa el pasado. Solo el futuro.

Seguimos caminando, las duras suelas de las botas de los guardias resuenan en el suelo de piedra oscura.

Finalmente, llegamos a las altísimas puertas dobles que conducen a la sala de recepción del mago.

Mi corazón vuelve a acelerarse.

«Cálmate, Lacosta. Respira».

Llevo meses preparándome para esto, analizando los pros y los contras, calculando las variables. He practicado mi magia, refrescado mis conocimientos de etiqueta y estudiado a fondo los rituales de la realeza.

Estoy preparada para esto. Tengo el control de mis emociones.

Pienso con lógica. Y vale, sí, técnicamente estoy locamente enamorada del mago.

¿Quién no lo estaría? Es tan guapo que casi duele mirarlo.

Podría tener literalmente a cualquier hombre o mujer de los cuatro puntos cardinales.

Pero lo más lógico es que se alíe con una bruja de los puntos cardinales.

Es decir, conmigo.

Viajar mediante la magia y la dimensión invisible a menudo me pone hiperactiva y errática, por lo que puedo sentir la magia aún ardiendo en mis venas.

Otra respiración profunda. Puedo hacerlo.

Me lo merezco.

La teniente llama dos veces a la puerta y espera a que le den permiso para entrar.

La voz del mago resuena desde el interior.

—¿Qué pasa?

Juntos, los guardias empujan las puertas, revelándome con mi mejor vestido, el de suave tela azul con una falda ondulada, el corpiño acentuando mis pechos y mi estrecha cintura. Diamantes con forma de estrellas están cosidos a la tela.

Estoy radiante.

Si yo no estoy destinada a ser reina, ¿quién lo está?

—Lacosta… —Glinda pronuncia mi nombre de la misma manera que dijo «guiso de cebolla» la última vez que asistimos a la Gala Esmeralda, es decir, con desdén y un poco de sorpresa.

—Hola. —Entrelazo las manos delante de mí y avanzo por la alfombra verde esmeralda que va desde la puerta hasta el estrado donde se encuentra el trono dorado del mago.

No está sentado en él, sino apoyado contra él, con un pie cruzado sobre el otro a la altura del tobillo, y una ciruela a medio comer entre el pulgar y el índice.

He oído a simples mortales describir la experiencia de mirar al mago como impactante y ligeramente incómoda.

Por esa razón, a veces recibe al público con una pesada cortina verde esmeralda cerrada entre él y ellos para no abrumarlos.

Cuando sale, utiliza su poder para que resulte difícil mirarlo directamente. No le gusta causar dolor a sus súbditos.

Pero yo puedo soportar mirarlo.

De hecho, no quiero apartar la vista. Pero tengo que hacerlo. Tengo que mostrar mis respetos al hombre que quiero que sea mi marido.