Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) Epílogo Hombre de Hojalata
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Epílogo Hombre de Hojalata

A penas estoy consciente.

Me duele todo, joder, y, sin embargo, parece que no puedo conectar mi cerebro con mis extremidades, como si mis piernas y mis brazos pertenecieran a otra persona.

Sé que él está aquí.

Quizá siempre supe que nos dirigíamos directamente a este punto.

Un ser despiadado tiene más difícil elaborar estrategias, pues hay que preocuparse para hacer un plan.

Pero debería haberlo adivinado. Y Oeste debería haberlo sabido. Y deberíamos haber sido capaces de prever al maldito Mago de Oz.

Probablemente se esté riendo de nosotros. ¡Qué jodidos idiotas!

Sus pasos cruzan la galería.

Creo que estoy temblando, pero no estoy seguro.

El frío se me mete en los huesos y me pesan los párpados.

Primero veo sus zapatos. De cuero negro con suelas negras.

Luego, unos pantalones negros a medida. Ropa de fiesta.

Joder, claro. Ha estado con Dorothy todo el tiempo, el misterioso desconocido al que he matado con el hacha en el bosque.

Si me hubiera parado a pensar, me habría dado cuenta de que era él.

¿Por qué coño no me detuve unos segundos para identificar el cadáver antes de dejarlo con Cleo?

Se agacha frente a mí. Tiene la máscara dorada con cara de mono en la mano.

—Hermano —me saluda—. Cuánto tiempo sin verte.

—Que te jodan.

Me cuesta mucho esfuerzo pronunciar esas palabras. Pero parecen importantes. Debe saber que sigo odiándolo, joder.

Se ríe, en voz baja, entre dientes.

—Tan encantador como siempre.

«Tú me has hecho así», quiero decirle, pero no tengo aire ni energía para pronunciar las palabras.

—Me decepciona un poco que no hayas atado cabos —comenta, y hace girar la máscara entre sus dedos—. No puedo predecir el futuro como hacía Oeste, pero sabía que Dorothy era la única forma de conseguir la máscara y a Gabriel.

—No.

—Sí. Ha llegado el momento de que sepa de lo que es capaz.

—No. —La palabra sale ronca. Es la única que consigo pronunciar.

—Necesito encontrar a los dioses —explica él.

Apretando los dientes, concentro cada gramo de fuerza y energía que me queda y alargo la mano hacia la máscara.

Pero él es demasiado rápido. No está bloqueado como yo y no pierde sangre por segundos.

Se pone de pie.

—Sé que vendréis a por mí cuando despertéis. —Hace una pausa—. Los dos.

¿Dorothy sigue viva?

No ha dicho nada desde que él la ha apuñalado.

—Y cuando vengáis, estaré esperándoos.

Sus pasos se desvanecen cuando desciende hacia el calabozo. Se me cierran los ojos.

Necesito aceite.

Lo necesito con rapidez.

Creo que me estoy muriendo.

«Levántate, Dorothy —pienso—. Levántate, joder».

Pero ella permanece en silencio, inmóvil, rodeada de un charco de su propia sangre.

Me hundo en la oscuridad.

Y en la distancia, casi como en un sueño, oigo el rugido de un león.

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