Al oeste de la maldad (Maldito Mundo de Oz 1) 43 Dorothy
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43 Dorothy

C uando salimos de la escalera, la Bruja del Oeste nos da la espalda mientras aviva el fuego que arde en una gran chimenea rodeada de piedra negra tallada con la forma de una cabeza de dragón, cuya boca abierta parece gruñir eternamente.

Las llamas lamen las paredes, dejando hollín a su paso.

—Joder… —dice el Hombre de Hojalata entre dientes.

—¿Qué?

—Obtiene su poder del fuego.

—Y es uno muy grande.

—Exacto.

Ahora se muestra brusco conmigo, y me arrastra por la habitación para mantener las apariencias. Mi corazón late con fuerza, tengo las manos sudorosas. De repente, esto me parece muy mala idea.

Pero estoy desesperada por llegar a casa.

—Dorothy.

Respiro hondo y levanto la vista.

La bruja está justo delante de mí.

A través de los recortes de la máscara, puedo ver sus ojos. Son de color púrpura oscuro, como una nube de tormenta enfurecida.

—Apártate, Hombre de Hojalata —ordena.

Él vacila, con la mano aún rodeando mi brazo. No hemos hablado de los detalles logísticos de este plan. Lo hemos improvisado de forma aleatoria y sin pensarlo apenas.

¿Usará la cantimplora de agua? ¿La usaré yo? ¿Cuánto tiempo debemos esperar para actuar?

Me suelta a regañadientes y se aleja.

La bruja permanece inmóvil en el centro de la habitación, con las manos entrelazadas por delante. Es más alta que yo, pero apenas unos centímetros.

Está vestida toda de negro y oculta el rostro con una máscara dorada. La bruja no solo me parece imponente, sino aterradora.

Trago saliva para contener las náuseas que me suben por la garganta mientras ella nos observa con la mirada entrecerrada y calculadora.

Finalmente, la bruja levanta las manos y se las lleva a la cabeza para desatarse la máscara.

Cuando la retira de su rostro, suelto un jadeo.

Veo un tercer ojo en su frente, y es blanco como la nieve.

Con la máscara en la mano, da un paso adelante.

—Nací con esta deformidad —me explica—. Sufrí una maldición antes de que nadie padeciera una Gran y Terrible Maldición.

O al menos eso es lo que todos decían. Mis padres me obligaban a llevar un pañuelo para ocultarla.

Y durante la mayor parte de mi infancia, así lo creí.

Hasta que me di cuenta de que podía ver.

Da una vuelta detrás de mí y se me eriza el vello de la nuca.

—Veía las tormentas antes de que llegaran. Sabía cuándo un aliado mentía. Veía dónde estaba un niño perdido. Incluso sabía cuándo alguien iba a morir.

Vuelve a ponerse frente a mí y yo intento con todas mis fuerzas no mirar su tercer ojo, pero es imposible ignorarlo.

—También vi cuándo una casa caería del cielo, y cuándo una chica mataría a una bruja.

«¡Dios mío!».

—¿Creías que te saldrías con la tuya tras asesinar a una de las brujas de los puntos cardinales?

—Lo siento, Su… ¿Excelencia? No era mi intención. Fue ella quien vino a por mí.

«Mierda. Mierda. Claro que sabe lo de la Bruja del Este, y por supuesto que está enfadada».

Miro al Hombre de Hojalata mientras ella vuelve a darse la vuelta delante de mí. Abro mucho los ojos, esperando que capte mi mensaje. Ahora sería un buen momento.

Solo que… tiene los dientes apretados y el ceño fruncido. Como si intentara moverse, pero no pudiera.

Como si estuviera encerrado.

—No va a hacer nada —dice la bruja.

El fuego de la chimenea se reduce a la mitad con un fuerte soplo de aire.

El Hombre de Hojalata emite un sonido ahogado mientras comienza a sangrar por la nariz.

—¿Qué le estás haciendo?

Lo veo caer de rodillas.

La sangre le nubla la vista.

—¡Para! —Corro hacia él, pero no hay nada que pueda hacer. Se pone a cuatro patas y vomita sangre.

—Lo estás matando.

La bruja junta las manos detrás de la espalda y me mira con intensidad con sus tres ojos.

—¿Qué quieres? —grito.

El Hombre de Hojalata se derrumba en un charco de su propia sangre.

—¿Puedes… chica? —jadea.

Cojo la correa de cuero y se la arranco del cuerpo. Sin dejar de dar la espalda a la bruja, desenrosco el tapón.

—Sabes, todos tenían razón. Realmente eres una bruja malvada. —Me doy la vuelta y me abalanzo sobre ella, lanzándole el contenido de la cantimplora.

Pero solo sale ceniza.

—¿Qué…? —Agito la botella, golpeo el fondo. Nada. No hay agua—. No. No.

El Hombre de Hojalata se retuerce en el suelo.

—¡Para! ¡Para!

Ella ni siquiera pestañea.

Lanzo la cantimplora a un lado.

—No sé qué quieres ni qué crees que estás haciendo, pero esto no está bien. No pertenezco aquí. No quiero las zapatillas. No quería matar a la Bruja del Este.

El suelo tiembla bajo mis pies.

El viento sopla a través de las puertas abiertas del balcón y el fuego crepita.

—Has matado a una bruja a sangre fría, Dorothy. —Inclina la cabeza a un lado, mirándome como si fuera un insecto—. ¿Crees que mereces ser libre después de eso?

El pánico se apodera de mí.

—No… Fue ella quien vino a por mí.

—¿Tienes pruebas?

—Los campesinos y… ¡Cleo! Cleo estaba allí.

—¿Quién?

—La hemos dejado con Rook en el bosque. Podemos ir a buscarla. Ella te lo confirmará.

—He enviado a Lon de vuelta al bosque. Allí no había nadie.

—¿Qué? —Ahora respiro con dificultad y tengo la boca seca.

—Eso no es cierto. El Hombre de Hojalata mató a Rook. Dejamos a Cleo con el cadáver y…

—No había nadie allí. Ni Cleo. Ni el cadáver. Estás mintiendo.

—¡Digo la verdad!

—Aterrizaste con tu casa sobre la Bruja del Este y, como eso no la mató, te ocupaste tú misma.

—¡No! ¡Ni siquiera quiero estar aquí! ¡Solo quiero irme a casa!

—Nunca irás a casa.

Un suspiro se me atraganta en la garganta. Me zumban los oídos.

El viento se intensifica y el fuego se apaga.

Todas las ventanas se abren de golpe y las contraventanas golpean contra las paredes de piedra.

Me abalanzo hacia delante y agarro a la bruja por las muñecas.

—¡Solo quiero irme a casa!

El agua brota de mis manos y empapa la ropa de la bruja. El humo se eleva de sus hombros y su piel se vuelve cenicienta.

El pelo oscuro se suelta de la pinza y varios mechones le caen sobre la cara.

Vuelvo a ser una niña en el porche de la granja de Kansas, rodeada de un cielo oscuro y tormentoso, de vientos tan fuertes que me duele el pecho.

—No —me lamento cuando me doy cuenta de lo que está pasando.

El color ceniciento se extiende por sus brazos y luego por su cuello. Aparecen grietas a lo largo de su mandíbula y luego en sus mejillas. El puente de su nariz se parte y sale humo.

«Por favor. Cogedla».

En ese momento, cuando me empujó hacia los brazos de Em y Henry, llevaba una bufanda. Una bufanda para ocultar el tercer ojo.

—Eras tú. —Le agarro la chaqueta mientras brota más agua de mis manos. Ahora no puedo detenerla—. Tú me dejaste en la granja.

—Lo siento —dice—. Siento lo que hice.

—¡Espera!

Empieza a desprender cenizas que se lleva el viento.

—Solo podía ver hasta aquí. —Sonríe y su boca se abre—. Dorothy, estás en casa.

Se deshace en mis manos.

—¡No! ¡Espera!

Caigo de rodillas mientras su ropa forma un montón en el suelo, rodeada de nada más que cenizas.

Vuelvo a ser una niña, con relámpagos destellando en la distancia. Ella me grita, pero no se oye ningún sonido.