42 Cleo
C leo está corriendo.
No está segura de hacia dónde corre, pero sabe de qué huye.
«Algo no va bien».
Tiene el deber de advertirles, ¿no?
Los árboles se aclaran. El viento se levanta y la hierba alta empieza a susurrar. A lo lejos, las montañas del Oeste se extienden hacia el cielo oscuro, con el pico más alto desapareciendo entre las nubes grises.
Cleo se detiene cuando el camino de baldosas amarillas se bifurca en todas direcciones.
Está en la encrucijada.
Se encorva para respirar profundamente. Tiene el pecho oprimido y las piernas acalambradas. No ha corrido tanto en… bueno, nunca.
Pero se siente bien.
Está mejor que nunca.
Jamás en su vida había tenido una razón para correr. Nunca había disfrutado de la libertad de correr.
Cuando su respiración se estabiliza, se endereza.
Hay un poste de hierro forjado en el centro mismo de la encrucijada con cuatro señales doradas fijadas a él.
Una, una flecha que apunta a la izquierda.
La Ciudad Esmeralda. Otra, apuntando a la derecha.
País del Norte. Una tercera que apunta hacia adelante.
Oeste. La cuarta, apuntando en la dirección de la que acaba de venir. Este.
Respira hondo y mira a la izquierda, hacia la Ciudad Esmeralda, directamente hacia el mago.
Nunca ha visto al Mago de Oz, pero ha oído muchas historias.
Delphine sentía una extraña fascinación por ese hombre.
Todo el mundo lo llamaba todopoderoso y, en lo que a Delphine respectaba, cualquier cosa todopoderosa merecía obsesionarse con ella.
Tenía varios libros en su biblioteca sobre el Gran y Poderoso Mago de Oz.
Cuando Cleo le preguntó si alguna vez había conocido a ese hombre, Delphine puso los ojos en blanco y dijo: «Es prácticamente un dios. Casi nadie lo conoce».
Tenía muchas preguntas que hacerle, pero no se atrevía a planteárselas.
Si es tan poderoso como un dios, ¿por qué no arregla Oz? ¿Por qué no puede destruir la nube oscura que se cierne sobre la tierra? ¿Y por qué nunca sale de la Ciudad Esmeralda?
Da un paso hacia el Sur y luego niega con la cabeza, volviéndose hacia el Oeste. Nunca ha estado en la Ciudad Esmeralda, pero hoy no es el día para visitarla.
Pasa por el poste indicador en el centro del cruce y se dirige hacia el Oeste.
Pero solo ha dado unos pocos pasos cuando el aire crepita y brilla.
Cleo se tambalea hacia atrás y choca con el poste.
El aire se abre y Glinda, la Bruja del Sur, sale de él.
Se le atraganta la boca de letras, pero ninguna de ellas forma palabras. Se hunde de rodillas en el camino de baldosas amarillas e inclina la cabeza. No dice nada más. ¿Qué más puede decir?
—Cleo, ¿verdad? —dice Glinda.
Cleo frunce el ceño mirando al suelo. ¿Acaba de decir Glinda, la Bruja del Sur, su nombre? ¿Cómo lo sabe?
—¿Pequeña?
Cleo levanta la cabeza.
Glinda parece radiante contra las nubes amenazantes.
Lleva un vestido largo y vaporoso de color rosa con metros y metros de tul brillante.
Las mangas son abullonadas y redondeadas como campanas, y el corpiño está tachonado de cristales.
Y en la cabeza lleva una corona con tres puntas y más diamantes de los que Cleo ha visto nunca en un solo lugar, y mucho menos en un solo accesorio para la cabeza.
—Eh… ¿sí?
Glinda sonríe y su sonrisa es tan cálida que Cleo se estremece.
—¿Adónde ibas corriendo?
Cleo permanece de rodillas.
—Al Oeste, Su Excelencia.
—¿Ah, sí? ¿Y para qué?
El dolor se extiende por sus muslos. Le vuelven a dar calambres en las piernas. Cambia el peso de un lado a otro, tratando de encontrar una posición más cómoda. Glinda no parece darse cuenta.
—Yo… bueno…
—Tengo otra idea. —Cleo frunce el ceño y espera—. Dime, ¿Delphine te contó alguna vez los detalles de cómo llegó a ser tu guardiana?
Cleo conoce algunos detalles, pero nunca la historia completa.
—En realidad, no.
Glinda se inclina sobre el camino de baldosas amarillas y le tiende la mano.
—¿Por qué no vienes conmigo y te lo cuento?
Durante todos los años que estuvo con Delphine, Cleo se había preguntado por qué su madre la había abandonado.
Maldita, eso es lo que decía Delphine, y Cleo se acostaba en la cama preguntándose cuándo se manifestaría tal maldición.
En su opinión, no todas las maldiciones eran malas.
Había oído hablar de habitantes del Este que podían convertir el trigo en maíz.
Algunos podían leer la mente. Otros podían transformarse en gatos.
Si Cleo fuera un gato, podría explorar la naturaleza sin que nadie supiera quién era.
Pero no llegó a ella ninguna maldición. Solo el silencio.
¿Quiere conocer su pasado? ¿Quiere saber por qué la mujer que la parió la abandonó?
¿Y es eso más importante que decirle al Hombre de Hojalata que el hombre al que ha matado ha desaparecido?
No le debe nada. En realidad, no. Él la sacó a la fuerza de la granja de Dorothy y le pidió ayuda.
Quizá es hora de que Cleo decida su propio destino.
Se pone de pie, se arregla la chaqueta y desliza su mano en la de Glinda.